Este libro debería ser de lectura obligatoria en las escuelas. Más que enseñarnos a pensar, enumera de forma bastante detallada todas las veces que no pensamos, todas las veces que nos dejamos llevar por nuestros prejuicios, nuestras ideas preformadas y nuestros sesgos, dando vía libre así a la llamada posverdad. No es menor el hecho de que la autora se ocupe de enfatizar que absolutamente todos estamos alcanzados por estos errores que afectan nuestro razonamiento, y, aunque suele parecer más fácil observar estos vicios en los demás, demuestra que la introspección deviene imperiosa.
¿Qué ganamos, entonces, al reconocer que los mecanismos de pensamiento que usamos todos los días están llenos de errores y baches? ¿Hay alguna forma de solucionar este problema para evitar convertirnos en vehículos o vectores de información dudosa o falsa? Lo primero que hay que entender es que conocer la situación nos da la ventaja de todo diagnóstico: si pensamos mal por default, tal vez nos convenga comenzar a ejercitarnos en métodos alternativos. David Foster Wallace dijo en su conocido discurso This is water que el acto de pensar no tiene nada que ver con nuestra configuración de fábrica. Pensar no es tener ocurrencias, sino más bien someter esas ocurrencias a un análisis minucioso, entender los porqués, cuestionarlos. Conocer los problemas que nos ocasiona nuestro modo default de procesar información y elaborar una opinión respecto de ella constituye una herramienta fundamental para evitarlos. Si sé que el tribalismo es tan fuerte como irracional, la próxima vez que una idea me genere un sentimiento tribal, podré al menos intentar separar mis intereses y posturas prefabricadas y analizarla de la manera más objetiva posible. Esto debe ser un acto consciente, y en él, creo, radica gran parte de nuestra responsabilidad. Si no somos capaces de hacer el esfuerzo de ponernos en la vereda de enfrente, ¿seremos capaces de construir algo alguna vez?
Hay dos temas en particular en los que insiste la autora y que me parecen muy importantes: abrir el debate implica enriquecerlo; contrastar ideas propias con las ajenas (individuales o grupales) es una forma de generar más y mejor conocimiento, y dar lugar al intercambio muchas veces nos lleva a acercarnos a la verdad. Nogués habla de los peligros de quedarse solo con lo que piensa el propio grupo, ya que es posible que eso propicie las cámaras de eco, como las llama, y que nos lleve a convencernos de que lo que pensamos nosotros y los de nuestro grupo es, efectivamente, la verdad. Por otro lado, sostiene que es hora de comenzar a construir puentes entre las ciencias sociales y naturales, que, lejos de ser opuestas, como muchos pretenden instalar, son complementarias, y podrían enriquecerse muchísimo mutuamente si se diera esta colaboración.
Algunas frases que no puedo dejar de resaltar:
«La realidad no se vota.»
«El plural de anécdotas no es datos.»
«Una de las maneras más sencillas de engañarnos es no reconocer nuestras creencias irracionales en temas fácticos. Para evitar eso, podemos hacer el ejercicio de preguntarnos si existe evidencia capaz de hacernos cambiar de opinión. Si nos respondemos que sí, podemos buscar las evidencias y valorarlas, buscar dónde está el consenso y ajustar nuestra postura. Si nos respondemos que no, entonces lo que tenemos es una creencia irracional.»
«(...) a priori, las personas merecen respeto y tienen derecho a expresar sus ideas; (...) con las ideas es distinto: con ellas, parto de no respetarlas, y tienen que ganarse ese respeto.»
Si bien es cierto que alguien que tiene algún conocimiento sobre el tema tal vez no se encuentre con muchas novedades, creo que lo más valioso que tiene este libro es su vocación pedagógica. Ojalá logre llegar a mucha gente. Creo que como sociedad nos lo merecemos.