Reconozco que, durante buena parte de la lectura de esta novela, me preocuparon más los hongos que debió consumir el autor para llegar a desarrollarla en su cabeza que los propios fungus de la historia.
Sánchez Piñol utiliza un tono semejante al de los cuentos tradicionales para contarnos su fantástica —por ser del género ídem, no por ser maravillosa— historia de hongos vivientes. Como casi todos los cuentos tradicionales, tiene personajes de personalidad muy definida y con poco desarrollo; mucha fantasía; y alegorías y mensajes subliminales por todas partes. En eso, no tengo problema.
Sí lo tengo con que, efectivamente, Sánchez Piñol debería haber escrito un cuento, y nos ha legado una novela de 416 páginas que se hacen tan largas como los mismos Pirineos.
Porque sí, aunque no es ninguna maravilla, el autor desarrolla algunas ideas interesantes sobre el poder, la ambición, los ideales, la capacidad destructiva de la frustración, el conflicto de clases o el daño que infligimos a la Naturaleza. Pero todo eso lo podría haber solventado en menos de cincuenta páginas, así que podéis imaginar en qué invierte el superávit de papel.
No, no lo invierte en desarrollar los personajes o en hacerlos más grises (en el sentido de complejos). No lo invierte en ampliar el conocimiento del mundo literario que ha creado o su sistema de magia, ni en mejorar la descripción y la ambientación de la novela (y mira que los Pirineos dan para mucho en ese sentido). Básicamente lo que hace es alargar y alargar las acciones de los personajes, saltando como una chinche de uno a otro sin mucho sentido, e intercalando historias que no aportan gran cosa, hasta que lo que se debería de haber solucionado en tres zancadas se convierte en una peregrinación en toda regla.
Los únicos personajes realmente interesantes de la novela son “Tuerto”, “Chiquitín” y el fotógrafo, que tienen un cierto desarrollo de su personalidad. Pero, con todo, tiende a desaprovecharlos. Y claro, si juntas una trama que te aburre con personajes que no te importan…
Un ejemplo claro de situaciones innecesarias es el choque contra los militares españoles primero y los franceses después. Es, esencialmente, lo mismo, y sólo sirve, si es que se puede llamar servir, para que introduzca algunas frases diciendo que Francia es más que España. A nivel de trama, podría haber eliminado a los españoles, a los franceses, o intercambiarlos, que daría igual. Curiosamente, dos personajes interesantes como eran los líderes de ambas soldadescas quedan completamente desaprovechados y son eliminados sin mayor preocupación por parte del autor.
Sé que muchos quieren creer que han leído una gran novela filosófica, en la que se entretejen misterios insondables y un pensamiento deslumbrante detrás de su aparente simplicidad. Señores, no se engañen y no nos traten de tontos, que Sánchez Piñol explica MUY explícitamente al final de la obra cuál era su intención con ella y cuál era el mensaje subyacente. Que está muy bien, que no le quito mérito. Lo que habría que haberle quitado son las 350 páginas que no sirven para nada de su libro.
Para quien me acepte un consejo, lean “La piel fría” mejor. Y lo digo con precaución porque la leí hace mil años, pero tengo buen recuerdo.