Los cuentos de Quiroga ofrecen una narrativa con una premisa interesante pero ejecutada con una mediocridad tan evidente y una prosa tan aburrida que termina por socavar su propio encanto y mensaje. La historia de la abeja haragana, por ejemplo, que, tras ser expulsada de la colmena, enfrenta una noche de peligro y aprendizaje con una serpiente, contiene los elementos clásicos de una lección sobre la ética del trabajo y el valor de la perseverancia. Sin embargo, la construcción del relato y, sobre todo, su desenlace moralizante, son tan rígidos y predecibles que la lectura se asemeja más a un sermón ilustrado que a una fábula capaz de seducir y convencer por su propia virtud narrativa.
El estilo literario es el primer punto flaco. La narración oscila entre un tono que busca ser accesible (“la abejita”, “la culebra burlona”) y pasajes de diálogo filosófico que suenan forzados e impropios de los personajes. El intercambio sobre la justicia y la inteligencia entre la abeja y la culebra, aunque pretende ser profundo, cae en la simplicidad (“¿Tú crees que los hombres, que les quitan la miel a ustedes, son más justos, grandísima tonta?”). Este diálogo no surge de manera orgánica del conflicto, sino que parece creado artificialmente por el autor para insertar su lección, rompiendo la inmersión y exponiendo los hilos de la moraleja antes de tiempo.
La prueba de ingenio entre los dos animales, la serpiente haciendo bailar un “trompito” de eucalipto y la abeja “desapareciendo” al esconderse en una hoja, es el segmento mejor logrado, con un destello de imaginación y ritmo. No obstante, incluso aquí la resolución es mecánica. El descubrimiento de la abeja (escondida en una planta) depende más de un conocimiento externo que de un verdadero ingenio por parte del personaje, lo que debilita la celebración de la “inteligencia” que el cuento pretende enaltecer.
El mayor problema, sin embargo, es el desenlace y su mensaje final. La transformación de la abeja de “paseandera haragana” a modelo de explotación es tan abrupta y absoluta que carece de verosimilitud. Pero lo verdaderamente contraproducente es la lección moral que pronuncia en su lecho de muerte: “No es nuestra inteligencia, sino nuestro trabajo quien nos hace fuertes. Yo usé una sola vez de mi inteligencia, y fue para salvar mi vida. No habría necesitado de ese esfuerzo, si hubiera trabajado como todas.”
Este mensaje es problemático en varios niveles. En primer lugar, establece una dicotomía falsa y peligrosa entre inteligencia y trabajo, como si fueran facultades excluyentes y no complementarias. En segundo lugar, desvaloriza por completo el ingenio y la astucia que, de hecho, salvaron la vida del personaje, enviando el mensaje de que el pensamiento creativo es solo un recurso para emergencias causadas por la irresponsabilidad, en lugar de una herramienta valiosa en sí misma. Finalmente, la reducción de la filosofía de vida a un “ideal” de trabajo colectivo (“la felicidad de todos”) resulta tan abstracta que anula cualquier complejidad interesante que la historia hubiera podido generar.
En resumen, esta compilacion de cuentos, si bien tiene una estructura clásica, está narrada con una narrativa poco inspirada y cargada de un moralismo tan explícito y simplista que termina por ser condescendiente con el lector (especialmente si se trata de un público joven). En lugar de permitir que la moraleja emerja suavemente de una historia bien contada, la grita desde un altavoz, sacrificando el matiz, la credibilidad de los personajes y, en el fondo, la posibilidad de una reflexión más profunda.