Siempre he sentido que la realidad se fragmenta en múltiples verdades, deslizándose y cambiando según la mirada que las recoge. No es que estemos envueltos en una oscuridad que nos impide ver; más bien, nuestros ojos están teñidos por el bagaje que, con cada paso, hemos llevado sobre nuestros hombros. Sin embargo, el problema no es cómo vemos esa realidad, sino cómo la contamos.
En “El cielo según Google”, Marta Carnicero concibe una historia de celos, paternidad, despedidas amargas y verdades que danzan en la frontera de la manipulación. A través de mis ojos, quizá embargados por sensibilidades intensas, percibo matices de violencia vicaria. Es un grito silente que nos recuerda la triste realidad de progenitores que, en su dolor, enredan a sus hijos en sus conflictos, olvidando que, aunque un matrimonio pueda fracturarse, la esencia de la paternidad permanece eterna e inquebrantable.
Naïma, adoptada por Júlia y Marcel, es el punto central de esta historia. Su vida, influenciada por relatos y percepciones distorsionadas, la lleva a cuestionar su identidad y lugar en el mundo. La novela subraya el impacto devastador de las verdades a medias y de lo no dicho, pero también nos enseña lo fácil que es repetir patrones interiorizados.
La narrativa de Carnicero destaca por su habilidad para sumergirse en la psicología de los personajes. A través de su lente, vemos cómo los recuerdos pueden ser trampas engañosas, y cómo la confianza en una única versión de los hechos puede tener consecuencias desastrosas. Y es aquí donde las palabras de Carnicero resuenan fuertemente: “Separamos los recuerdos que queremos conservar y los construimos a medida, matizándolos para limar las aristas afiladas y hacerlos asumibles, convirtiéndolos en guijarros que nos llenan los bolsillos con el peso de los años”. La autora desafía nuestra percepción de la honestidad, haciendo que nos preguntemos si realmente deseamos conocerla o si estamos más contentos aceptando aquella versión que se adapta a nuestras propias narrativas, o como ella misma lo coloca, “No hay más verdad que la que fabricamos para convertir el pasado en un lugar habitable al que poder volver sin peligro”.
Lo que es particularmente impresionante es cómo Carnicero logra presentar temas universales y cotidianos con un enfoque tan refrescante. Su maestría en el lenguaje y su aguda percepción de la condición humana se combinan para ofrecer una novela que es a la vez familiar y sorprendentemente novedosa. Recomiendo la lectura.