Decía Jean Paul Sartre que el infierno son loz otros. Y siempre me pareció una explicación demasiado conveniente, casi políticamente correcta: Yo no fui, ha sido el otro, la otra, los demás: Dios, el diablo o cualquiera de sus otros nombres. Carlos Selva sabe, porque lo ha ido descubriendo poco a poco, a medida que crecía y leía -que a veces es lo mismo-, que el infierno somos nosotros. Y también el cielo, si somos capaces de barrer la basura que lo tiene anclado a la tierra con su peso de culpas supuestas. Pero sobre todo, somos nuestro propio laberinto.