Por estas historias de uno de los maestros de la literatura contemporánea, transitan asesinos, prostitutas, pobres… marginales. Cuentos con un estilo crudo y brutal. Descarnados. Como la vida misma. La biografía del autor está entreverada con sus Rubem Fonseca fue comisario policial y sus libros hablan de ese mundo. Sólo que en sus páginas el bien tiene perdida la partida siempre. Por ello su producción se podría clasificar dentro del género negro. Sin embargo todos estos relatos son sorprendentes y de una belleza perturbadora tal, que sólo es posible leerlos uno tras otro. En este último tomo se reúnen 5 libros que dan cuenta de su producción en un género que, decía Cortázar, se debía ganar por nocaut. Y estos cuentos son un golpetazo directo a la cabeza. Todo ello con un dominio impecable del lenguaje, humor y exuberancia expresiva. -TOMO Los prisioneros/Feliz año nuevo/Lucía McCartney/El collar del perro/El cobrador. -TOMO Novela negra y otras historias/El agujero en la pared/La cofradía de los espadas/Historias de amor/Del fondo del mundo prostituto sólo amores guardé para mi puro -TOMO Secreciones, excreciones y desatinos/Pequeñas criaturas/Ella y otras mujeres/Axilas y otras historias indecorosas/Amalgama. Cuentos con un estilo crudo y brutal. Descarnados. Como la vida misma.
A pesar de haber cursado un pregrado en estudios literarios, no soy un buen crítico, ni teórico, ni siquiera puedo preciarme de ser un buen lector. Tengo mala memoria y he olvidado a casi todos los filólogos, estetas, literatos y lingüistas que he leído. Ese es el tipo de lector que soy: agarro lo que sea que se me atraviese y lo devoro sin pensarlo mucho, me alimento de literatura, armo mi máscara de espejos con los fragmentos de los libros y dejo en cada uno de ellos un trozo de mí. Y me funciona. ¿Cómo poder hablar sobre lo que nos supera? Desde nuestra propia pequeñez y finitud. Y esa es la gran revelación que habita en Fonseca: la del encuentro de mis propios límites. La principal sensación que me acompaña cuando me entrego a la lectura de sus relatos es la de regocijo, un placer riente, la alegría de reencontrarse en el bar, en medio de humo y perfumes baratos, con aquel amigo de la infancia que conoce el fondo de nuestras grietas. Fonseca, antes que hacerme pensar en La Literatura (con mayúscula), me hace pensar en mí mismo, me revela rincones ocultos de mi mundo, de mi personalidad. Parece en ocasiones jugar con mis miedos y frustraciones, con mis fantasías, con mi vida. Pero sé que no es así. Lo que hace tan grande a Fonseca es su naturalidad, su (el adjetivo es inapropiado) crudeza, su visceralidad. En ocasiones veo en sus páginas a Fernando Vallejo, en sus poemas a Bukowski, en sus relatos a Carver, a Ford, a Berlin, en sus silencios veo mi rostro y no puedo saber si las lágrimas son de alegría. Y todos esos autores que he mencionado habitan un lugar en el interior de mi pecho. Pero Fonseca va más allá. Hay en sus ciudades (suciedades) una precisa representación del atraso y la desigualdad latinoamericana. Su Rio de Janeiro es Bogotá, sus favelas son nuestras comunas, sus asesinos a sueldo, sus prostitutas, sus estafadores, ladrones, policías corruptos, psicópatas y demás miembros de ese sombrío vodevil están aquí, afuera, en las calles. Basta con mirar por la ventana. Y claro, están los ricos, a quienes no podemos ver a menos que nos estén empleando (esta vez el adjetivo es apropiadísimo). A cada momento el autor exhibe (sin alarde) ese bagaje impresionante de conocimiento callejero, esas mañas de policía de los bajos fondos y de buen lector de género negro, y en ningún momento se percibe impostura ni pretensión, sino que percibimos la literatura (esta vez sí, así, en minúscula) como vehículo tragicómico de juego y denuncia. Para Fonseca no hace falta tomar una posición para hacerla clara. Sus narraciones son concisas, objetivas, muchas veces presentadas desde los perpetradores de toda clase de infamias, y es eso lo que nos acerca a ellas. Nadie predica, solo vemos, pero lo hacemos de forma tan contundente y directa que no podemos sino predicarnos a nosotros mismos, reconstruirnos, reflexionar sobre la normalización de innumerables horrores. Y en alguna calle solitaria en sus ciudades de letras, yo habito y muero.
He olvidado a Machado de Assis, a Mário de Andrade, a Jorge Amado, a Caio Fernando Abreu, a José Mauro de Vasconcelos, pero Fonseca vuelve como un soplo de viento norte, como un golpe de Alí. No solo es descarnado y astuto en su escritura, también alcanza momentos de gran sensibilidad y constantemente demuestra (ya lo he dicho) su profundo sentido poético, su conocimiento de los recursos narrativos, su capacidad inventiva despreocupada y juguetona; incluso en sus textos más recientes sigue presente ese espíritu rebelde, quizá acentuado, incapaz de acomodarse a cualquier categoría, sobresaliente por la agudeza de sus reflexiones y la pertinencia de sus objetivos. Pienso que la literatura (mi literatura, esta literatura) es inevitablemente política, y una de las posiciones más acertadas para el examen sociocultural de la sociedad postcapitalista (el termino es de un optimismo casi grosero) es la que Fonseca presenta en sus relatos, esenciales, a mi parecer, para el lector latinoamericano. La decadencia de Brasil es nuestra decadencia: nos cubre el humo de sus llamas.
Rubem Fonseca cierra esta antología dando muestra de que ha pesar de los años (96 años de vida) sigue siendo una voz fresca y honesta sobre la cruda realidad latinoamericana y la neurótica guerra de clases.
La mayoría son relatos muy breves, se compendian 6 de los libros de cuentos más recientes en la obra de Fonseca. Sin duda tiene un talento especial para narrar lo mórbido de la sociedad, crímenes, perversiones y además algunas consecuencias de la desigualdad. Tiene algunos personajes recurrentes en más de una historia como el pistolero Pepe, esto le da un tinte de serie policiaca que permite darle solidez a la personalidad del protagonista. En algunos cuentos el final es muy abrupto y de golpe se acaba la historia, en otras tienen una estructura similar entre sí y la mayoría de los personajes del autor llegan a ser despreciables pero irónicos hasta la risa.