Cómo se hizo la investigación periodística que develó cómo el kirchnerismo recaudaba millones de dólares de empresarios corruptos para financiar su aparato político y enriquecer funcionarios.
902 páginas 10 años de recaudación ilegal 43 compañías involucradas 112 funcionarios y empresarios mencionados 36.000 millones de dólares en efectivo La trama secreta del caso de corrupción más importante de la historia argentina
El 1 de febrero de 2005, Oscar Centeno empezó a escribir un diario de sus tareas como chofer de Roberto Baratta, el principal recaudador de dinero negro del kirchnerismo. Página a página aparecen funcionarios, empresarios y miembros del círculo gubernamental, hoteles y domicilios adónde se retiraban paquetes enormes de billetes. Desde los pedidos de helado para el ministro Julio De Vido -la cabeza del sistema recaudador al servicio de Néstor Kirchner- hasta las facturas de los bolsos para transportar sobornos millonarios que se dejaban en la Casa Rosada, la Residencia de Olivos y el edificio del matrimonio presidencial.
Una década después, Centeno había completado 8 cuadernos y un anotador. Cuando llegaron a sus manos, Diego Cabot se dedicó a chequear uno a uno los datos que allí se consignaban. Meses más tarde, esa pesquisa minuciosa y secreta se transformó en la primicia más espectacular de la historia y dio pie a la mayor causa anticorrupción de la que se tenga memoria en el país.
En Los Cuadernos, Cabot revela al fin toda la verdad de una investigación sin precedentes que generó cientos de especulaciones, operaciones y contra operaciones, arrepentidos, denuncias, encarcelamientos y traiciones y que cambió para siempre la forma de hacer política en la Argentina.
Comencé la lectura de este libro motivado por mi interés en las causas de corrupción que afectan a mi país. La investigación del periodista es impecable y merece reconocimiento. Sin embargo, la redacción del libro me resultó problemática. No logra definirse: no es una novela policial, pero tampoco un texto legal, el cual nadie leería. En ese limbo narrativo, el texto pierde sentido y se llena de contenido que parece de relleno.
Las transcripciones de chats de WhatsApp, por ejemplo, parecen reescritas para exhibir un léxico sofisticado, lo que las vuelve poco creíbles. Además, hay descripciones de situaciones cotidianas que no aportan al desarrollo del relato y entorpecen la lectura.
A pesar de todo, no desacredito el trabajo del periodista. Mi crítica apunta únicamente a la forma en que decidió encarar el libro, que me pareció confusa y poco efectiva.
Si tienes información que puede provocar la cárcel de políticos y empresarios, qué haces? Lanzas la exclusiva o se la traspasas al poder judicial? El desenlace de esa sabrosa disyuntiva hace que valga la pena leer a Cabot.
Entretenido el libro. Pero lejos de un imprescindible.