À travers des images et des extraits de ses carnets d’affût, Vincent Munier nous dévoile les coulisses de sa quête photographique au Tibet, sur les traces de la panthère des neiges.
Pienso en el leopardo de las nieves. Lo imagino agazapado entre los ruidos de su noche callada que contrastan con el barullo de carros y motos y música de Juan Gabriel que sube hasta mi terraza. Lo imagino alucinado bajo la luz de las estrellas que refleja en la cima de los montes con la tenue elegancia de la que carece la torre del centro comercial que en el morro frente a mí cambia de color (rojo-verde-morado-naranja) como una domesticada y nada estimulante aurora boreal. A lo mejor lo que en realidad tengo es envidia del leopardo de las nieves, de su condición de buen animal: categoría a la que aspiro y que, sin embargo, a veces me parece tan lejana como las estepas heladas donde, entre el halcón y el yak, el leopardo de las nieves se esfuma entre los riscos, apenas una sombra de luz en el paisaje.
Leí las crónicas de Vincent Munier y su viaje en busca del leopardo de las nieves. Si en este mundo enamorado de los viajes y el turismo toda narración de la experiencia del territorio se debe a la invitación y a la réplica, que Munier escriba un libro y capture bellísimas imágenes con el propósito de convencernos de no seguirlo, de disuadirnos del viaje, resulta en una deliciosa paradoja. En cierto sentido porque a Munier le preocupa que la belleza que captura en sus fotografías pueda seguir siendo libre, pues sólo puede existir en libertad. Respetar esa existencia significa no ser intrusos en ella; no comprar paquetes turísticos como “Mi fin de semana con el leopardo de las nieves”, o “Conoce al elusivo felino rey de las tundras”, o “El leopardo de las nieves te espera”; contentarse con saber que existe, e imaginarlo, y pensar en él; y leerlo y verlo en las imágenes que Munier creó para nosotres. “No hace falta que viajen”, dice el fotógrafo, “yo ya viajé por ustedes”. Y nos trajo, de regalo, libros como este.
Una lectura superficial de lo anterior puede dar lugar a cierto y fácil sentimiento de injusticia. Alguno, con tibias nociones de imperativo categórico, podría preguntarse: “Si él pudo viajar y acampar en las montañas para ver y fotografiar al leopardo de las nieves, ¿por qué no puedo hacerlo yo?”. Permítaseme contrariar al incauto con tres breves consideraciones.
1) Viajar en las condiciones de Munier implica, lo dice la crónica, enfrentar problemas con las autoridades chinas, y aunque lo referido en los textos a esa tensión política es poco, es, también, escalofriante. No recomendaría intentarlo sin contar previamente con algún reconocimiento mundial y documentos que acrediten la ciudadanía francesa. 2) Las condiciones de alojamiento de Munier incluyen una cueva sin fuego y la carpa de un pastor nómada cuyos perros ladran toda la noche para mantener a raya a las jaurías de lobos. No son escenarios aptos para quien necesite dormir más de tres horas en su vida cotidiana. 3) La transgresión de Munier al habitar un espacio que no es suyo se exorciza, en parte, porque trae de regreso belleza. Belleza capaz de transmitir la belleza que la engendra. Hacer ese acto de traspaso no es fácil: antes de reclamar injusticia puede intentar sacar una foto, incluso una selfie, que sea una décima parte lo bella que cualquiera de las que Munier comparte.
Podría sumar una cuarta consideración, si las tres anteriores no son suficientes: 4) La vida no es justa, y entre más pronto abandonemos esa delirante idea de que el mundo nos debe justicia, mejor podremos disfrutar de nuestro paso por él. En la oración anterior empleo el término “justicia” con sentido irónico, refiriéndome a la enferma concepción que algunos de los animales humanos tienen de que la naturaleza les debe su cuota de emoción, placer y disfrute, respondiendo a la lógica de que tiene que doblegarse ante nuestra especie pues ésta representa el pináculo de las cadenas evolutiva y alimentaria. Usualmente, quienes creen lo anterior son los mismos que resuelven el calentamiento global con proyectos para colonizar Marte…
Pero no se sienta mal si, al finalizar la lectura, sintió envidia de Munier. Es apenas lógico que ante el asombro de lo excepcional despierte en nosotras el deseo de emularlo, y olvidemos que, aunque discreta, la lectura es ya una forma de emulación y que, entonces, ya estuvimos allí y vivimos la espera y el hallazgo, la maravilla y el terror. Releamos las historias; miremos nuevamente las fotografías, y, si alguien se suma a mi proyecto, desplacemos el foco de la envidia y no envidiemos al fotógrafo viajero, sino, más bien, al leopardo de las nieves, del cual espero, por mi parte, aprender a habitar mi terraza con la misma sencillez con la que él habita su misterio.
P.D: Es innecesario elogiar la bellísima edición de Errata Naturae, pero como estas líneas virtuales no pesan, que quede aquí el agradecimiento por un libro hermoso, bien hecho, y que será relámpago de luz en mi biblioteca.
Un libro bellamente editado que plasma las cinco expediciones de Vicent Munier al Tibet para observar al fascinante y escurridizo leopardo de las nieves. Un libro que transmite en cada página la importancia de la paciencia, de disfrutar del paisaje y de cada momento de observación y, especialmente, su amor hacia la naturaleza. Las magníficas fotografías ponen el broche de oro a un magnífico libro.
Aquest llibre és una mescla preciosa de poesia vital i d'experiències d'un equip de naturalistes que proven d'adaptar-se al medi, de fondre's amb la muntanya, la neu i les roques per formar part d'elles, perquè no més així podran accedir com cal al món del animals salvatges que vivuen en l'altiplà tibetà. Una lliçó sobre com acostar-se a la natura, sobre els principis ètics que ens han de fer viure la vida en el medi natural amb respecte per les seves criatures i pensones. Però no és una lliçó des de la trona, sinó des de la narració humil i diària de l'experiència en aquests hàbitats extrems.
Inmensamente bello, no solo por las fotografías que te hacen sumergirte en un mundo de auténtico camuflaje en el Tíbet, sino también, por el texto que acompaña, a modos de diario de viaje, las imágenes. Imágenes que te hacen detenerte en ellas, para poder a preciar la belleza de la vida salvaje en un rincón increíblemente recóndito y duro. Palabras que te sirven de meditación sobre la vida en el planeta y hacia dónde vamos como sociedad aparentemente moderna y civilizada. Aguardo, espera, belleza, camuflaje. Es un libro tesoro.
Au delà des mots révélant la difficulté de l'affût, la satisfaction de la capture ou de la fugacité d'un échange de regards entre le vivant et l'humain "prosaïque", ce sont les superbes photos de Munier qui font de cet ouvrage une époustouflante fenêtre sur les hauts plateaux tibétains, à la manière d'"Où est Charlie ?" on détecte avec une joie candide les fulgurances de la panthère des neiges. Une réussite qui complète le beau documentaire (presque bavard).
Munier escribe este libro y se preocupa de que sus fotos lleven a que toda una nueva generación de fotógrafos invada el paisaje virgen de sus imágenes.
Me hice con este libro meses después de ver el documental que se grabó durante la última expedición que aparece aquí narrada. Mi impresión sigue siendo la misma -las meditaciones del fotógrafo, Munier, resultan sumamente más interesantes que las del 'famoso' escritor y viajero, Sylvian Tesson. Es irónico que la exhortación final de Tesson me resulte irritante, se queja de los tours, de las personas que invaden esos espacios tan sagrados. Y nos ofrece como ejemplo el inagotable Munier y sus tantas expediciones.
Usando esa misma lógica, ¿no es él mismo, Tesson, un intruso en una de esas expediciones? ¿no es él, un turista más, alguien que ha acudido allí atraído por esa promesa de lo invisible? Me resulta tan irritante aquí como durante el documental, este hombre que se cree que por su trayectoria profesional se merece ese viaje y esas observaciones insípidas que solo consiguen desmerecer el documental y dejarme con un amargo sabor de boca al acabar el libro.
Quizá mi animosidad venga dada por mi obsesión personal con el objeto de este libro. Desde que era pequeña una de mis pasiones han sido los animales, tenía al menos 3 o 4 enciclopedias, y aún recuerdo en aquella en la que contemplé por primera vez este animal. Mi interés en los grandes felinos venía de antes, pero al conocer al leopardo de las nieves se cimentó como parte esencial de mí. Han pasado 20 años desde el inicio de aquella obsesión y hasta ahora únicamente me he podido permitir contemplarlo a través de los ojos y palabras de los demás,¿tan malo es soñar que algún día pueda acudir a su encuentro?