No soy lector de cómic. De hecho, habré leído tres o cuatro tebeos, a lo sumo, en toda mi vida. Nada sé de composición, trazo, disposición de las viñetas; este es un comentario desautorizado desde el punto de vista técnico, un comentario de alguien que, sencillamente, ha leído una historia y esa historia le ha emocionado.
Como hijo, como padre —pero también como nieto, como hermano— La casa me ha trasladado al paraíso perdido de la infancia, territorio universalmente compartido a pesar de la geografía particular presente en la memoria de cada uno. Roca consigue algo tan difícil y tan admirado por mí como es mostrar la belleza de lo sencillo, de lo cotidiano, ya sea una comida familiar, las faenas del hogar o la tormenta estival. Todo ello sin redundar en la narrativa ni meter una imagen de más. Resulta imposible no encariñarse con ese padre cuya vida solo podemos reconstruir a partir de sus hijos; un hombre que, en un principio, parece alguien ajeno, distante, encerrado en su mundo particular, y que poco a poco va adquiriendo color y brillo hasta transformarse en una persona tierna y admirable... y, sin embargo, nunca del todo conocida, nunca del todo comprendida.
La literatura, el cine, el cómic, y todos los demás formatos son cada día más una fuente de entretenimiento, de evasión, de cultura, un carburante social. Pero, en raras ocasiones, una determinada obra cruza la frontera y se convierte en Arte. La casa, de Paco Roca, es sin duda una de esas excepciones.