Existen ciertas teorías que otorgan un alma al mundo. Buscan describir la arquitectura energética que sostiene y da impulso a los cuerpos: todo lo que nos rodea tendría una conciencia propia. Como una de esas teorías, el “animismo Henderson” enciende la existencia. No se trata de una poeta que hace hablar al mundo, como a veces se define al genio lírico. No anima su entorno porque expresa su yo mediante las cosas. Esta es una poeta que deja hablar al mundo, y que se deja tomar por las voces más inaudibles: el porvenir signado en la juventud que va de la mano, la fragilidad imbatible de los más viejos, la sapiencia inmemorial de los animales, la impavidez de un color fulgurante, la luz de la ruta que va peinando al espíritu en viaje. Incluso se deja tomar por aquello que aún no puede definir, pero que siente con fervor y convicción: El espíritu de la noche me despertó/ y me honró con una responsabilidad. Ese mandato indecible sintetiza la naturaleza de la actividad poética.
Parecería que actuar es lo opuesto a dejarse estar. Como manifiesta poeta, Daiana supera esa contradicción: actúa dejándose estar, permitiendo que lo demás hable, birome en mano/ como si algo importante se agazapara/ adentro del gramaje del papel, armonizando plena concentración y dichosa dispersión, tomando apuntes de una métrica mutable y vivificante. Afortunados nosotros de estar enardecidos sin necesidad de movernos de lugar, pero habitando un nuevo universo: este libro es el secreto.
Daiana Henderson nació en Paraná en 1988. Ahora vive en Rosario, donde estudia Comunicación Social y codirige el fanzine de poesía Pegaláctico. Publicó Colectivo maquinario (Ediciones Diatriba, 2011), Verao (Ediciones Neutrinos, Entre Ríos, 2012), El gran dorado (Iván Rosado, 2012) y A través del liso (Determinado Rumor, 2013).
Poemas que hablan sobre ausencias, tanto como de pájaros, perros y gatos, insomnio, lo mismo que la regla (o indisponerse, como sea que se diga en cada lugar), o momentos de la cotidiana (desayunar, tomar mate o café, estar enferma, ir a comprar el chino), o el clima. Me gusta que usa lenguaje inclusivo en algunos poemas, hay algo que sucede ahí, como de que el lenguaje se puede mover y adaptar, tanto como las temáticas de cada generación. Algo que se quiere decir, y que es un gesto, más que una letra dentro de una palabra, y ¿qué mejor lugar para practicarlo que en la poesía?
"Qué lindo ser un perro, sentarse en la plaza tarasconear una mosca al vuelo revolcar el lomo en la playa en invierno quedar con el hocico rebosado de arena olisquear entre los peces muertos y la basura que expulsa el río subir por la veredita la barranca a trote ligero flashear con la isla."
"Alguna vez te vas a sentir inspirada pero no vas a tener el impulso de mover un dedo. A los poemas que adentro tuyo se repiten solos hasta llevarte al sueño qué más les podrías pedir?"
Y uno más, que me suena mucho a canción:
"En el asiento de adelante va sentado el amor que perdí. Es de noche y surco la distancia entre la provincia en la que vivo y en la que nací. La intermitencia de las luces amarillas proyecta sombras corredizas sobre los cuerpos dormidos cada vez más pausada. Alguien se sube en un punto de la ruta sin precisiones, un aire húmedo y mullido entra y refresca el microclima del colectivo. El amor que perdí está entrando al monte y la noche. Casi lo escucho respirar Está muy cerca de mí paradójicamente."
(me mató eso del amor que perdí, como ausencia presente ❤️❤️)
Poesía de intuiciones intensas y versos luminosos. Hay una tristeza agitada que se transforma en felicidad y vuelve a mutar. Las categorías se disuelven, como quería Deleuze. Los versos rompen el lenguaje, como querían los poetas malditos. Sin embargo, la base estética de Henderson es humanista, hay un honesto respeto por el ser humano, por el mundo que nos rodea, por lo grande y por lo pequeño. Habla de sí misma, pero no cae en la fascinación narcisista. Sus versos miran dentro y miran fuera, como si no hubiera discontinuidad. El fondo es chestertoniano, irse es otra forma de quedarse. Es poesía femenina, inclusive tiene toda una teoría sobre la relevancia de la menstruación para la poética. Hay algo también de diario personal, de confesionario íntimo que hace un poco de ruido en mi opinión. Sin embargo, el conjunto brilla. Una clave: “así de contradictoria es la belleza” (p. 14). Entre lo familiar y lo extraño, entre lo obvio y lo inasible, entre la bondad y la malicia, hay un espacio difuso donde viven estos versos inquietos. Se leen de cerca y se leen de lejos: “Un avión atraviesa / el hueco oscuro del cielo” (p. 39). Creo que voy en ese avión leyendo este libro.
No soy un conocedor nato de lo que se llama poesía. Pero este año, me propuse leer más poemas porque Fabián Casas dijo: “El escritor que no lee poesía, es un casi analfabeto”.
Dicho todo esto, paso a contar mi experiencia con este libro. Que me gustó, sobre todo aquellos poemas que tenían un mensaje o una historia. O por lo menos entendía las imágenes que evocaba. Anoté ciertos versos en un cuaderno que me llamaron la atención, como “Que administres mejor / tu obstinado deseo de subsistir”.
Me hubiera gustado que todos los poemas fueran como el último. No solo en longitud, sino porque cuentan un cuento.
Poemas hermosos sobre la belleza cotidiana, la compasión por la debilidad del cuerpo. Me gustan los poemas estrictamente pulidos como piezas de artesanía, pero también me gustan los poemas con versos largos-como los de este poemario-, que son puro despliegue de sensibilidad con palabras sencillas, y que parecieran estar nada o muy poco editados. Igual quizá sea mi suposición, porque las cosas más simples y bonitas son las más difíciles de lograr.
“Alguna vez te vas a sentir inspirada pero no vas a tener el impulso de mover un dedo. Y está bien. A los poemas que adentro tuyo se repiten solos hasta llevarte al sueño qué más les podrías pedir?”.