«—¿Cómo puedo casarme con él si tiene esa cicatriz? ¿Cómo puedo? Dímelo.»
Esta es la primera novela que publicó Faulkner y si, lo que está en esa pequeña cita es el núcleo del drama en el que gira la obra: el soldado Donald regresa a casa tras la Primera Guerra Mundial ciego, gravemente herido y marcado en el rostro por una cicatriz imborrable. Su familia y prometida, que lo daban por muerto, se enfrentan a la desconcertante realidad de su supervivencia. Sin embargo, bajo este conflicto aparente, Faulkner teje una red de tramas secundarias donde la guerra opera como una excusa poderosa para indagar en las relaciones humanas (entre hombres y mujeres, padres e hijas, novios y prometidas) revelando cómo el trauma histórico resquebraja los cimientos íntimos de la sociedad.
Los conflictos que surgen en torno a las mujeres, y los conflictos internos de estas mismas, constituyen a mi juicio lo más logrado de la obra. Faulkner presenta a sus personajes femeninos en un estado de desesperanza, como seres con pocas vías de comunicación auténtica, incapaces de encontrar un lugar donde sentirse valiosas en una sociedad rígida. El autor sugiere cómo las estructuras de dominio masculino, cimientos de la sociedad occidental, han buscado atrofiar los vínculos entre mujeres. No es casual que entre los personajes femeninos reine la desconfianza, como ocurre entre Margaret Powers y Cecily Saunders, las dos figuras centrales, que se odian mutuamente pero parecen dos caras de una misma moneda: se rechazan porque en la otra se reconocen a sí mismas. Faulkner parece preguntarse —y responde con crudeza— hasta qué punto el patriarcado ha mutilado la naturaleza femenina. La respuesta, encarnada en Cecily, la prometida del soldado desfigurado, es desoladora: atrapada entre la presión familiar y las expectativas sociales, esta joven belleza estalla en una histeria causada por el peso de las apariencias. Se convierte en víctima de manipulaciones que buscan convertirla en la doncella sacrificada, un bálsamo simbólico para la herida del héroe mutilado
A través del personaje de Cecily, dotado de juventud y belleza, Faulkner reflexiona también sobre el encanto femenino y el misterio de su belleza. Explora el porqué de ese gesto íntimo en el que las mujeres se miran las uñas y las liman hasta la perfección. ¿Por qué les importa tanto tener unas uñas hermosas? Porque saben que sus manos serán observadas; porque el hombre no puede resistirse a mirar las manos de una mujer bella.
Frente a ella se alza el que es, a mi gusto, el mejor personaje de la obra: Margaret Powers, la joven viuda de guerra que conoce a Donald en el tren de regreso y, conmovida por su destino, lo acompaña a su pueblo. Margaret, cargada de una culpa íntima por la muerte de su esposo y movida por una piedad profundamente femenina, decide casarse con el soldado ciego. En ella Faulkner explora la otra cara del sacrificio femenino, casi un eco de la Tía Tula unamuniana, pero también algo más: la piedad como fundamento civilizatorio. Margaret encarna la posibilidad de un orden social distinto, menos cruel, basado en la compasión y el cuidado. Quizá por eso, sugiere Faulkner, los hombres encuentran a las mujeres indescifrables: porque mientras la lógica masculina tiende a resolver los conflictos mediante la fuerza y la imposición, esa misma que desata guerras y convierte a jóvenes en despojos, la femenina opera en un registro que desafía la simple transacción del poder.
El soldado Donald, ciego, moribundo y marcado por una cicatriz que le cruza el rostro, funciona como una alegoría potente de un Estados Unidos que perdió su inocencia infantil tras la Gran Guerra. Es el país que emerge como potencia mundial pero que, como Donald, ha dejado parte de su alma en las trincheras europeas, regresando a casa transformado, irreconocible incluso para los suyos. Faulkner, demuestra la profundidad de su mirada, semejante a Balzac, pues no se conforma con el realismo superficial; hurga en las heridas sociales con la misma precisión con que describe las cicatrices físicas.