La diáspora no es solo la primera novela de Horacio Castellanos Moya, con advertencia incluida. Es una perorata emocional de la salida masiva y silenciosa de miles de salvadoreños durante los 80’s mientras el país se convertía, igual que toda América Central, es un territorio intervenido, violentado, agredido con una revolución hecha añicos. A partir de historias fragmentadas, en conflicto con las de otras nacionalidades, el eco violento reside en la migración irregular, precaria, paranoica y en la supuesta búsqueda de oportunidades a partir del asilo político en Canadá. En ese diálogo sordo, las cicatrices de la huida son más notorias que los discursos de orden revolucionario y el oportunismo es inoperante, solo una trampa para intensificar el miedo por la fuga más allá del territorio salvadoreño. Eso, en efecto, es la diáspora: un ejercicio consciente y angustiante de la certeza de que en cualquier esquina global algún otro adversario estará esperando para vengarse. O quizá solo para perpetuar animadversiones en una revolución revolcada, truncada.