¡Oh, mis cosas preciosas!
Miro los objetos cotidianos de mi casa: un tocador del siglo XIX y su pesado espejo amarillento, donde mi bisabuela, con el pelo recogido en un moño, practicaba la sonrisa para su prometido; un sillón que conserva en su regazo las conversaciones de visitantes de hace cien años; el retrato estudiado y solemne de algún desconocido cuya sangre aún corre por mis venas; el piano de Pleyel, proveedor de Chopin, que llegó por los ríos y bosques del Orinoco; muñecas de miembros flexibles esperando a ser recogidas. Todo esto provenía de una casa que ya no está, de damas con vestidos de miriñaque y virtudes, y de caballeros que tuvieron mala suerte en la guerra. Me observan, estos objetos cotidianos, manipulados por tantos de mi propia sangre antes que yo, y me envían señales íntimas que intentan hablarme de cosas enterradas, cosas de amor, de rupturas, de risas, que hicieron posible que esta noche pudiera nombrarlas en un poema.
Poemas que en su mayoría traen una carga tan gris, lúgubre y pesimista. Qué fácilmente podrían interpretarse como partes de un testamento de la poeta y nosotros como lectores, pasamos a ser una especie de albacea.
Disfruté su mayoría a pesar de no ser lector de poesía, pero si un amante confesado de la tragedia adyacente en los clásicos de la literatura.