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Murillo

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En 1682, en su Sevilla natal que pocas veces abandonó, Bartolomé Esteban Murillo nos cuenta su vida en primera persona, en una novela intimista que también nos permite disfrutar de la vieja Hispalis romana en el siglo xvii, de sus costumbres y forma de vida cuando era la ciudad más poblada del Imperio español, puerto de entrada y salida de la Flota de Indias, cordón umbilical que unía la metrópoli con sus inmensas colonias.



Así, Murillo nos habla de su formación como pintor ―su obra se cotizó en vida del artista, dentro y fuera de nuestras fronteras, como la de ningún otro―, sus amores de mozo y su boda con Beatriz, el amor de su vida, o su amistad con Velázquez y Zurbarán. Murillo fue un gran sevillano, que, junto a personajes como el conde duque de Olivares, Justino de Neve o Miguel Mañara, sacaron a la ciudad de la postración en que se hallaba tras la dramática peste de 1649.

193 pages, Kindle Edition

Published June 5, 2018

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Antonio Cavanillas de Blas

30 books6 followers

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1,152 reviews760 followers
March 10, 2025
⭐⭐⭐⭐

Más que una novela histórica, se puede considerar una “ficticia” autobiografía novelada confeccionada por Antonio Cavanillas (y no es la primera que escribe), como si el mismo Murillo hubiese decidido dejar constancia de su vida por escrito. En ese sentido, no esperéis grandes aventuras, sino un relato bastante sosegado e intimista contado por el propio genio.

Por lo tanto, solo os la puedo recomendar si lo que buscáis es eso. Si buscáis aventuras, amoríos, lances a espada y demás zarandajas, no los encontraréis aquí.

El estilo es bastante lineal, que no aburrido. Me han encantado las descripciones de la Sevilla del Siglo XVII, cuando la ciudad bullía con el oro que llegaba de las Américas y el tráfico de esclavos necesario para levantar todo lo que allí se estaba gestando. Estremecedores los pasajes de la terrible plaga de peste que asoló esta y otras muchas ciudades en 1649, y que dejó las poblaciones terriblemente diezmadas. El lenguaje narrativo se ve salpicado de “palabros” de la época, pero no creo que tengáis que recurrir a diccionario alguno, ya que la mayoría se siguen usando (o al menos conociendo) en la actualidad, sobre todo si eres tan boomer como yo.

Pero pudiera ser que a estas alturas os estéis preguntando que quién diablos era Murillo. Lo intentaré achacar al sistema educativo actual, que tan privados nos tiene de lo que realmente es necesario. Murillo fue un pintor sevillano de los que pasaron a la historia meramente por su trabajo, pues su vida, si no aburrida, podría decirse que fue bastante formal. Su genio es prácticamente comparable al de su contemporáneo Velázquez, que además fue paisano suyo. La importancia de su creación pictórica fue tal que, a día de hoy, no hay prácticamente nadie que se le compare. Y tampoco hay nadie que tenga tantos cuadros repartidos por todo el planeta. Eso sí, muchos de ellos expoliados o vendidos con muy malas artes (empezando por el inefable Fernando VII, que regaló bastantes obras del pintor para ganarse el favor de los poderosos de su tiempo. ¡¡¡Mal galardón le dé dios!!!). Y no creáis que el genio sevillano se dedicó solamente a las Inmaculadas, que son las que le dieron renombre y fama internacional (amén de muy buenos ingresos), pues el ilustre artista se dedicó a pintar todo lo que se le pasaba por delante. Es una delicia contemplar los cuadros de la chiquillería zarrapastrosa que pintó desde su querido Arenal. Por no hablar de sus retratos y demás producción pictórica. Eso sí, la Iglesia era la que cortaba el bacalao (aún más que hoy en día), y las peticiones para engalanar y decorar todo tipo de edificios religiosos fueron una constante en su vida. Y bien que cobraba su trabajo. Y además siempre intentó (y consiguió) que la Inquisición no se fijara en él.

Para mayor redundancia, en aquella época no son muchos los casos en los que un pintor pudiera disfrutar en vida de su fama, y vivir gracias a ella. Murillo pudo hacerlo, pues se le quería por igual en la corte o por los vecinos de su barrio (en aquellos tiempos a eso se llamaba collación). Tuvo que abrir varios talleres y contratar a multitud de ayudantes. Y los encargos de pedidos desde el Nuevo Mundo crecían sin parar. Todo el mundo quería poseer alguna de sus bellas Inmaculadas. Y todo eso sin internet ni redes sociales.

Por lo tanto tuvo una vida bastante feliz, por raro que parezca. Disfrutó de fama, dinero y amigos de toda condición. Y tuvo mujer e hijos, sin conocérsele amantes ni escándalos que pudieran ponerle en un brete con la Santa Inquisición, como ya he reseñado un par de párrafos atrás. Por eso os reitero que no busquéis aventuras, que Murillo no las tuvo. Ni falta que le hicieron. Vivió soso y murió soso.

Murió por causa de una caída de un andamio cuando trabajaba en Cádiz (pintando un monasterio, claro, no iba a ser un burdel). Se le enterró con mucho llanto y mucha ceremonia en su querido barrio de la Santa Cruz, …… hasta que llegaron los gabachos de Napoleón y arramblaron con iglesia y ataúd. Hoy en día una pequeña lápida conmemora que está enterrado en algún lugar de su queridísima plaza sevillana, como Cervantes y como tantos otros que acabaron igual.

Aprovecharé mi próxima visita a la capital hispalense para rendirle un merecido homenaje y deleitarme con su obra. Amén de pasearme por las calles que le vieron crecer. Voy a disfrutar ¡una jartá!

⭐⭐⭐⭐
Cuatro estrellas
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