El día en que su hermano le contó que la Tierra era redonda como una naranja, Juanita aprendió a pensar. Desde la curiosidad de sus cinco años comienza a narrar, con la chispa de un juego de niños, el mundo que la rodea. Cuando aprendí a pensar, publicado por primera vez en 1962, convirtió a Pilarica Alvear Sanín en una promesa de la literatura colombiana. Más de cincuenta años después se reedita esta obra que, en palabras de su autora, es un libro de chiquitos escrito para grandes.
Laguna Libros nos regala cada tanto a sus lectores la posibilidad de conocer escritores y escritoras que, por distintas razones, han quedado en el olvido. Es el caso de Pilarica Alvear Sanín, quien nació en Medellín (Colombia) y a los 20 años escribió este libro, que podría catalogarse como una novela corta.
En 'Cuando aprendí a pensar' encontramos la voz de una niña que nos narra, desde la espontaneidad e inocencia de la infancia, su realidad y la de quienes la rodean. Es bellísimo. Hay unas reflexiones tremendas sobre la vida, la adultez y la familia.
Al inicio hay una frase que lo condensa todo muy bien: "Existen muchos libros de grandes escritos para chiquitos: yo he querido escribir para los grandes un libro de chiquitos".
Memo personal:Después de leer "Los peligros de fumar en la cama" por Mariana Enriquez, publicado por Laguna Libros, me interesó saber qué más servía la editorial. Busqué todos los libros en su sitio web y decidí probar este pequeño y dulce libro. Empecé a leerlo en el spa del Hôtel Bella Tola et Saint Luc y lo terminé pocos días después en Zermatt. Es el tipo de libro que podrías leer en un día.
Este libro es tan dulce como su narradora—Juanita, una niña de 5 años. Un día, su hermano mayor le enseña, "que la Tierra es redonda y se mueve." Usando una naranja del frutero, "empezó mi hermano a abrirme el universo. Hacía volar la naranja, con ruido de moto." Lo de la naranja fue el momento en que aprendió a pensar. Juanita nos relata sus observaciones del mundo que le rodea. Su razonamiento infantil provoca algunas filosofías bastante conmovedoras...
Por ejemplo: "Cuando dos señores grandes se encuentran, a veces preguntan: ¿Cómo van tus cosas? Los grandes hacen muchas cosas. Compran y venden, discuten, dicen discursos, escriben novelas. Son gerentes, carpinteros, albañiles, pianistas. Los chiquitos son niños. No hacen cosas, hacen «cositas»: juegan. Juegan «tiendecita», «escuelita», «escondidijos»… Se preparan para cuando estén grandes. Porque los grandes juegan toda su vida. El maestro juega escuelita; el gerente, oficina; las mamás, muñequero y visiticas. Juegan de verdad, mientras que los chiquitos juegan «de mentiritas», esa es la diferencia. O tal vez sea al contrario: sean los grandes los que juegan de mentiras, porque no saben jugar."
Pero sus filosofías son bastantes graciosas también: "Y mientras tomábamos leche en el establo, salía el sol. Subía el sol. Porque yo sabía que por la noche el sol se acuesta en el mar. Lo había visto chiquita, cuando fuimos a la costa con papá. Se pone el cielo rojo —porque el sol está cerquita y se ve toda su luz—. Luego, va cayendo lentamente al mar… Como el sol es tan caliente, le gusta dormir en agua."
La niña también es bastante intuitiva.
Me encantaron especialmente sus técnicas para hablar consigo misma y superar su desafíos—hablando con el perro y con sí misma en el espejo, con la Princesita."Yo quiero a Princesita y le doy besos que empañan el cristal del espejo o juntamos las narices, o nos sacamos la lengua y no reímos. O conversamos[...] Y con Princesita hablo de todas las cosas mías. Hablamos de las cosas de nosotros. Princesita tiene muchas cosas: todas las cosas que yo tengo y las que quiero tener." Puedo imaginarme a mí misma de niña frente a mi propio tocador.
Este libro—"para los grandes un libro de chiquitos"—es precioso y me gustó muchísimo.
Me gustan los rescates editoriales y aplaudo, siempre, la labor de las editoriales al publicar historias que tal vez, solo tal vez, no superaron el umbral de su tiempo por algún motivo. Sobre esta novela (?) resalto su fluidez, elegancia y vocabulario: sin duda nos transporta a un pasado (no sé si autobiográfico, supongo que sí) colombiano, inocente, tranquilo y lleno de nuevos descubrimientos que alumbran los ojos de la joven narradora de seis años. Sin duda estamos ante una narración que nos muestra ese momento de la niñez donde se aprende a pensar y a correr el velo de la realidad. Sin embargo, no gusté de la verosimilitud de algunos elementos de la narración: el perro bien aparece al inicio del libro como un catalizador de la infancia (porque qué infante no quiso una mascota) y se pierde toda la narración y durante todo el desplazamiento y los cambios de la vida de la narradora no sabemos nada de él, pero sí retorna al final como un perro enorme del que el lector no supo nada por cien páginas (¡el libro tiene 120 páginas!); otro elemento que me causó ruido fue el tema del padre, sí me quedó la incógnita de su destino y de por qué su ausencia tan prolongada y por qué tantas consecuencias directas sobre la vida y el establecimiento de su familia. Salvo lo anterior, la narración sin duda logrará conmover a varios lectores y ser espejo de sus infancias.
Risa de humo, risa rodada, risa que hace morirse a raticos. Deliciosa narración, entre el dulzor de la caña y la buena luz de los cocuyos sobre las cosas y cositas de la infancia, el juego de verdad de los niños, el juego de mentiritas de los grandes. Sobre cómo se va moldeando la realidad en la mente y los sueños, a través de la complicidad de las conversaciones, la libertad de las ideas, la anhelada repetición de lo placentero, la memoria de las sensaciones. El entorno, el espejo, las promesas, las sombras, el aire, la visión sobre los adultos, los ancianos, se vuelven referencia de cada creencia que habilita el mundo, y lo llena de ráfagas de vida, adivinando en el miedo, en la noche, en el silencio, lo que se cuenta y lo que no, esencia toda para crear el bastión del pensamiento.
Este libro es una joya, lo disfruté de principio a fin. Juanita nos lleva a su mundo infantil embargado de inocencia. Como lectora, disfruté de sus travesuras y las de su hermano Luis. La autora logra apersonarse de la infancia y nos transporta a esa etapa del descubrimiento y el asombro. La narrativa nos atrapa en un mundo en el que las ideas, los disparates y los significados se juntan para dibujar una sonrisa tierna desde el rostro de los personajes hasta el desarmado lector. Muy buen trabajo.
En este libro se ven reflejados miles de infancias de los niños colombianos, de las tardes de juego, de los domingos de misa, de los fines de semana en el pueblo. Es como volver a adentrarse en ese niño que se dejó atrás, llamarlo a qué nos vuelva a enseñar a pensar como antes.
Como dice la autora : es un libro de chiquitos para grandes. El mundo visto y contado por una niña de 7 años que parece que no entiende, pero entiende. Hay que leerlo.