Hay novelas que son como un puñetazo en el estómago, o mejor, como un cúter que nos abre las tripas, novelas que lejos de ofrecer complejos artificios argumentales son más bien un escupitajo a nuestras convicciones, a la seguridad de nuestras ordenadas vidas de ciudadanos del primer mundo. “Cabezas cortadas”, de Pablo Gutiérrez (Seix Barral, 2018), es en mi opinión una de esas novelas. Impactante. Directa. Demoledora. Pero sobre todo extraordinariamente bien escrita, requisito fundamental de toda obra literaria. No hay excusas ni mentiras que valgan, parecemos extraer de sus páginas. (Cada lector extrae lo que quiere o lo que necesita extraer, lo que le sirve para edificar su propia excusa; yo extraigo las mías). “Cabezas cortadas” cuenta las reflexiones de una chica emigrante en un país extranjero (aunque extranjero no sea únicamente el país sino el entorno donde se desenvuelve, esté donde esté) en tiempos de violencias terroristas y barbarie yihadista. Es una mirada que ni plantea preguntas ni busca explicaciones: es más bien una mirada desubicada que percibe, que siente, que trata de escapar del cúmulo de falsificaciones que casi todos necesitamos construir a nuestro alrededor, que deviene visceral y por ello hermosa y terriblemente poética. Y también dura. Y también desconsolada. Una novela que es al mismo tiempo una radiografía de la lucha de clases moderna, del poder que otorga la posición social y el dinero, de las diferentes expectativas que nos ofrece como individuos, e incluso una lúcida reflexión sobre el espejismo de la prosperidad o, si se prefiere, sobre cómo sobrevivir —o no— sin mentirse más de la cuenta.