Empiezan las fiestas de diciembre y uno de los hijos de Alicia no llega a casa. Su hermano emprende un viaje para encontrarlo. "El agua clara se hace turbia. Muevo brazos y piernas en busca de aire, pero no alcanzo la superficie y estoy lejos del fondo para impulsarme hacia arriba. Grito. Mi voz se deshace en burbujas. Un vacío sube desde el vientre. Me sacude y me lleva a buscar la manera de salir antes de que se acabe el aire. Rayos de luz, luego sombras. ¿Eso que siento es una mano, un brazo que me cruza el pecho y jala hacia arriba? Alicia me regaña, jadea y llora. Nos abrazamos. Pregunto dónde estás".
"...Celebraciones elogia la persistencia trágica del amor fraternal, algo que en la historia de la violencia de Colombia hemos aprendido por las demandas de los muertos al otro lado de la tumba: a buscarlos incesantemente hasta poderlos llorar; hasta restituir, con el cuerpo apaleado por la búsqueda, nuestra propia vida". ―Felipe Sánchez Villarreal, Revista Arcadia (Colombia)
Estás leyendo estas páginas y escuchas de la voz de quien no está, la voz aquella: arrebatada, alterada y callada. Y terminas preguntándote: ¿acaso no todos vivimos dentro de la misma fosa?
Esta vez, la historia en muchos sentidos es solo una ficción, pero de esas que nomás están ocultando —llevando en sí el dolor, los nombres olvidados, tachados de la historia, de los registros.
Dios… siempre termino así, en ruinas, cuando el libro toca el tema. Si yo, siendo un don nadie, un extranjero, ando llorando por la injusticia, imagínate las familias que perdieron a sus hijos, padres, hermanos…
Qué manera tan maravillosa de narrar la historia a través del fantasma (¿o no sé qué?) de Andrés, el pelao trabajador que se fue a Brisas para camellar, y donde lo mataron los paracos hijueputas y lo tacharon como un terrorista en todos los registros, enterrándolo en un lugar más aleatorio para que nadie encuentre su cadáver.
O sea, sí: es un libro escrito desde la segunda persona. Andresito, tuteándonos, nos mete en los zapatos de su hermano y su búsqueda del cadáver.
Ese constante “tú, tú, tú, tú, tú”, describiendo al hermano, hizo su efecto: yo fui el hermano. Sentí la desesperación. Sentí la misma rabia por la injusticia, la conspiración del gobierno. PARACOS HIJUEPUTAS.
No entiendo cómo un libro tan corto logró hacer más que El libro del duelo. Justo eso me faltaba —y no lo digo por el morbo, no—: ver diálogos, levantar el papeleo, trámites, ver qué tan hijueputa es el gobierno con mis propios ojos es otra cosa, marica.
¿Y el final????? DIOS. Qué belleza. Sin spoilers, sin nada, solo digo que es como mezclar Los ejércitos, El libro del duelo y Crónica de una muerte anunciada.
Un libro muy importante, y uno que debería ser clásico mínimo por su contexto histórico en la historia colombiana.
Un libro con una historia pulcra y muy buen lograda sobre un joven que va en busca del cuerpo de su hermano, que fue víctima de los mal llamados "falsos positivos". Escrito en un lenguaje muy colombiano y con la carga emocional que tiene relatar el conflicto desde el lugar de quienes lo sufren día a día.
Los tiempos y los eventos son manejados de una forma muy interesante. De hecho, Leonardo logra crear suspenso con situaciones que parecen cotidianas, manteniendo al lector pegado a la historia y con ganas de seguir leyendo. Por otra parte, los personajes que van apareciendo a lo largo de la historia aportan giros inesperados, anécdotas o claves para que la novela sea muy entretenida y fácil de leer.
Sin embargo, la historia es más bien difícil de digerir. Y es que, aunque todo en ella es ficticio, logra ponerle un color al fenómeno de los falsos positivos, que no se ha logrado con otras versiones más "cercanas a la realidad". Es decir, el drama retratado desde el punto de vista de quien sufre siempre va a aportar un sentimiento de empatía y un desprecio aún mayor por esta práctica tan ruin de desaparecer jóvenes y mostrarlos como guerrilleros.
Dos hermanos, Guillermo y Andrés, viajan a lo profundo de los llanos orientales con una misión: recuperar el cadaver de Andrés, asesinado como "falso positivo" y sepultado en una fosa común. El viaje lo narra Andrés, en segunda persona, como un fantasma que acompaña a Guillermo y describe sus acciones y sus pensamientos. Esta decisión narrativa es atrevida y puede ser confusa al inicio; debo decir que a mí me cuesta mucho la voz extensa en segunda persona y tuve que forzarme a concederle verosimiltud de tanto en tanto. La novela logra expresar el horror y el absurdo de la guerra en Colombia, mientras acorrala a los personajes, y a los lectores, en un escenario en el que no puede confiarse en nadie. Algunos personajes secundarios parecen hechos únicamente para servir a la historia y hacerla avanzar: el periodista judicial sacado del molde de la novela negra, el viejo encontrado al azar para dar voz a las víctimas. No sé si por la crudeza misma del tema, pero me costó hallar un subtexto literario y no sentirme por momentos cerca del registro periodístico.
En Celebraciones, se narra cómo Andrés se convierte en víctima de los “falsos positivos” y cómo su hermano Guillermo emprende una búsqueda incansable por descubrir la verdad detrás de su muerte.
La narración en segunda persona, junto al contexto de la historia, crea una profunda conexión con el lector, permitiéndole sentir el horror de la violencia colombiana desde la perspectiva de sus víctimas, y especialmente de las familias que cargan con un dolor interminable.
La obra transmite una sensación de tensión e impotencia en muchos momentos, lo que la convierte en una lectura impactante y conmovedora. Aunque no es fácil de digerir, es un libro necesario para reflexionar y comprender uno de los capítulos más oscuros de la historia del país.
Muy bien contado. Una historia dolorosa que contagia el miedo que de alguna manera todos los colombianos llevamos dentro: el de la posibilidad de cruzar una delgada línea fronteriza y caer en ese lugar en el que la violencia domina todo. ¿Cómo se llega a tal situación? Lo abrumador es que puede ser por pura mala suerte.