Es difícil explicar el hipnotismo que provoca Zukovsky, su prosa es como una bruma que envuelve y hechiza; suave, embelesadora, y al mismo tiempo aturrulladora, dispersa, misteriosa; es capaz de pasar de la reflexión concreta a la ambigüedad romántica y esquiva en la misma frase, el mismo párrafo; es como si fuese dando saltos de aquí para allá, sin brusquedad, con levedad y delicadeza, transportando al lector junto a su relato, salpicado de disgresiones y reflexiones acerca de la vida (niñez, familia, guerra, amistad, etc.), poderosas imágenes que se forman inevitablemente en la mente del receptor, sensaciones que experimenta y transmite el protagonista con el narrador como intermediario. Se pasa del tiempo preciso al más inconcreto y difuso, uno parece anclado en la cabina de un barco que navega apaciblemente sobre el cielo, no quiere despegar los ojos de la seductora prosa, ni desea alterar la mente de la mágica atmósfera en la que el autor le ha inmiscuido.