Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Madrid con una tesis sobre Leopoldo Alas Clarín como narrador. Mientras hacía las prácticas de la milicia universitaria en Oviedo, escribió su primera novela, Cerca de Oviedo, que quedó finalista del Premio Nadal en 1945, en la segunda edición del premio, tras la primera ganada por Carmen Laforet con "Nada", quién precisamente animó a García Pavón a presentarse al citado premio literario. Profesor en la Escuela de Arte Dramático de Madrid. Cultivó la novela, el ensayo y la crítica teatral, pero destaca en especial por sus relatos, en los que era un maestro que hay que situar al lado del otro gran modelo de este género en su época, Ignacio Aldecoa. Están narrados en un cuidado estilo de raigambre cervantina y atentos al detalle costumbrista. Con ellos ha ganado varios premios, en especial uno de El Correo Literario, otro de Meridiano y el de la revista Ínsula, por citar solamente algunos.
El público lo apreció, sobre todo, como creador de un peculiar detective literario en la figura del Jefe de la Policía Local de Tomelloso, conocido por Plinio; éste, con la eficaz ayuda de su "Watson" particular, don Lotario, veterinario del pueblo, resuelve eficazmente todo tipo de casos que se presentan en la localidad manchega y alrededores, desde asesinatos a robos de jamones. Enfoca el género conocido como novela policíaca como una mezcla de lo estrictamente policíaco con elementos costumbristas y crítica social hasta donde era posible en la época. Eso le da pues un particular lugar en la historia de la novela negra española.
Dentro de la serie de Plinio destacan: Relatos de Plinio; Vendimiario de Plinio; Las Hermanas Coloradas (1969), Premio Nadal, novela que versa sobre la ocultación de un perseguido político tras la Guerra Civil española en la España de posguerra; El rapto de las Sabinas, novela que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica también en 1969; Voces de Ruidera; El Reinado de Witiza, etc. Este personaje llegó a ser muy popular tras emitirse una serie de televisión con sus aventuras, protagonizada por el actor Antonio Casal.
Otras obras suyas, fuera del género policiaco, son Cerca de Oviedo (1945), primera de sus novelas y donde se satiriza la vida en una ciudad provinciana. Empezó a recoger sus relatos en Cuentos de mamá (1952), Cuentos republicanos (1961), Los liberales (1965), Los nacionales (1977) y El tren que no conduce nadie (1979). En ellos aparecen personajes, recuerdos y semblanzas de su vida. Por otra parte, La guerra de los dos mil años (1967) constituye un acercamiento al género de la ciencia-ficción.
El edificio de la Facultad de Letras de Ciudad Real (Universidad de Castilla-La Mancha) se llama Francisco García Pavón.
Un instituto de educación secundaria lleva su nombre actualmente.
El Ayuntamiento de Tomelloso concede anualmente el Premio de Narrativa Francisco García Pavón.
En Las hermanas coloradas, primitivo antecedente de la novela policiaca en España, lo importante no es la resolución de un misterio, sino el fresco social de la España de finales de los años sesenta. Pese a que se nota de qué pie cojea el autor (el tratamiento a los homosexuales o la valoración de la mujer, si bien son los propios de la época, nunca están justificados), la novela resulta simpática y entretenida, no buscando en ningún momento trascender en la narrativa tardofranquista. Vamos, que García Pavón escribió un divertimento a conciencia, sin más pretensiones, y lo hizo bien. Personajes como Plinio, jefe de la GMT (Guardia Municipal de Tomelloso) y el detective de turno, Don Lotario, viejo veterinario y un «Watson» campechano, o el Faraón son verdaderamente entrañables. Para quien busque una lectura ligera, la recomiendo sin duda.
No le puedo poner más de tres estrellas porque es machista a rabiar. Alguien dirá que hay que separar al autor de la obra, pero una cosa que creo que es todavía más difícil de hacer que eso es separar a la obra de la misma obra. Yo lo siento pero una cosa es que un personaje diga "la mujer no es tan inteligente como el hombre" y otra que lo digan todos los personaje y el narrador omnisciente.
Lo que me ha gustado es el estilo (recargadísimo, eso sí), el léxico (mucho mancheguismo y un montón de vocabulario que no es que se haya perdido en estos 50 años pero sí que ha dejado de ser de uso común), la ambientación (manchegos tomelloseros en el Madrid de finales de los 60) y buena parte del costumbrismo. Muy gracioso cuando están con unas estudiantes extranjeras que dice "pequeñito" y le dice uno de los personajes "pequeÑICO, eso de -ito es jerga madrileña".
La trama policiaca me ha gustado también por ir un poco a la contra de lo que suele ser habitual. No es superchunga al estilo del noir francés o americano que he leído anteriormente; es chunga al estilo posGuerra Civil: un novio republicano desaparecido, un detective que piensa todo el rato en que echa de menos a su mujer, que se ha quedado en el pueblo, y mucho rato sentados en una especie de Casa Manchega de Madrid viendo reflexionando y viendo a los abuelos jugar al dominó.
Si alguien tiene interés en el castellano y en la variante manchega, o interés en conocer la España de la posguerra (tremendo que los personajes vayan a bares en los que yo he estado hace menos de un mes, en serio), pues palante con esto. En otro caso, te lo puedes saltar.
En un lugar de la Mancha cuyo nombre es Tomelloso, no ha mucho tiempo que vivía un guardia municipal de los de sable en cintura, gorra de plato y pitillo en labio. Con esta burda y sacrílega imitación no quiero significar paralelismos entre dos figuras literarias (¡que la musa Calíope me libre!, y ya aviso que me queda por hacer otra equivalencia blasfema) siendo una de ellas un emblema como Don Quijote, que además ambas tienen poco en común: región de nacimiento, cierta similitud física (asimismo incluyo a sus acompañantes) y sus andanzas como desfacedores de entuertos, sino que deseo relacionar la importancia que tuvieron en las letras españolas; obviamente sin entrar en comparaciones de transcendencia y repercusión con la magna obra de Cervantes. El personaje de Plinio, dentro del denostado y menospreciado género policiaco español, es el pionero en nuestra narrativa protagonizando una serie de novelas y relatos.
El género detectivesco o policiaco, centrado en resolver un enigma criminal, tuvo su origen en los relatos de Poe interpretados por Dupin en 1841, pero hay críticos que declaran como verdadero padre del género a Balzac con “Asunto tenebroso” escrito a principios del mismo año. Personalmente, y siendo puristas con esta variedad narrativa, considero al norteamericano como el genuino fundador. Más tarde, finales de los años 20 y también en EE.UU., este estilo sufre una evolución o, mejor dicho, una transformación: surge la novela negra donde el leitmotiv pasa a ser la crítica social y el análisis de personajes, además de otras propiedades peculiares. En España este recorrido es infructuoso y variopinto, aunque lo cultivan esporádicamente en relatos autores de renombre como Alarcón, Galdós o Pardo Bazán. En los años 20 y después de la guerra civil se publicaron novelas populares de escasa calidad que se mezclaba con el género típico de aventuras, y no es hasta la aparición de García Pavón, con su policía a finales de los 60, quien le da una dignidad y cierto empaque a esta rama novelística.
Anteriormente a esta novela había leído dos libros: sus inicios en tres textos breves (“Plinio. Primeras novelas”) y un luego un tomo que agrupa sus cuentos. Desde la primera novela corta ya me atrapó el personaje, el mundo particular que le rodea y el estilo humorístico con sus buenas dosis de crítica (quizá sea al revés, estilo crítico con sus buenas dosis de humor, el resultado es el mismo) de García Pavón. Aunque debo confesar que mi primer pensamiento me indujo que era una parodia de las aventuras de Sherlock, al trasladar el par protagonista de un Londres cosmopolita a los hábitos rústicos de un pueblo y convertido en un dúo extravagante: un perspicaz municipal acompañado de su fiel amigo Don Lotario, el veterinario, que al igual que Watson profesa la medicina. Esta correspondencia, superada la inicial impresión, permite sospechar en un guiño, homenaje o broma del escritor, pues ahondando en la lectura se verifica que la construcción de la trama, la creación de personajes y la ejecución de la prosa tienen su propia naturaleza y sustancia yendo más allá de una mera caricatura.
García Pavón pretendió, desde un principio, dotar a la novela policial española de identidad propia y para ello acudió a los recuerdos, vivencias, anécdotas y costumbres que conocía, los de su propio pueblo de Tomelloso. Engendró a su paisano Manuel González, alias “Plinio” (ni el propio autor es capaz de explicar el porqué del mote), con reminiscencias físicas y ademanes, no de talento, de cierto jefe municipal que conoció de chico y que le hizo cierta gracia. En estos primeros relatos, el pueblo en sí: la topografía del municipio y sus gentes tomadas como una colectividad común, son un personaje más y de capital importancia. Este detalle sería suficiente para calificarlos de costumbristas, no obstante, los localismos no merman su dimensión universal al retratar situaciones y personajes movidos por pasiones (amor, poder, sexo, ambición, maldad, honor, etc.) que no se circunscriben a un lugar determinado o nacionalidad. La condición humana no tiene bandera. Otra característica es la propiedad de “hibrido”: la narración contiene mayoritariamente elementos detectivescos (el hilo conductor siempre es el crimen con su posterior investigación) y detalles de novela negra como la crítica social que apunté al principio. La novela negra española, con sus componentes de acción, violencia, corrupción, drogas y sexo, no surgió hasta después de la dictadura con autores como Montalbán. Podría decirse que las aventuras de Plinio hacen de eslabón que permite surgir de forma natural el género negro.
Centrándome ya en “Las hermanas coloradas”, seguramente su libro más conocido y además avalado por el Nadal, me atrevo a especular que es el más original de la serie. Hay algunas diferencias con sus iniciales novelitas y demás cuentos, primero ya no se sitúa en las décadas de los años 20-30 sino que es coetáneo con la fecha de la escritura, en 1969; y, sobre todo, la acción se desplaza a Madrid, aunque la mayoría de los personajes son oriundos de Tomelloso emigrados a la capital dando una sensación de cierta familiaridad aldeana. Plinio, más avejentado, sufre una crisis personal y el alejamiento de su tierra la hace más intensa su melancolía. Sus disquisiciones filosóficas sobre la vida, o “senequeces” como se dice en su pueblo, ocupan una parte importante de la trama y abarcan varios temas. Desde el plano personal (identidad, la familia, recuerdos militares de juventud en Madrid, preocupación por la muerte o la capacidad profesional) hasta cuestiones más generales. Este último apartado es donde encontramos el análisis social y la “vena larriana” del autor. García Pavón pone en solfa una variedad de aspectos sociales, psicológicos y políticos: la deshumanización y el anonimato que generan las grandes ciudades frente a la solidaridad de la “gente rústica”; las costumbres “bárbaras” de los pueblos; el carácter español con sus ideas caducas, la represión sexual (alusiones al homosexualismo), el machismo y el instinto materno; las rencillas ideológicas y la siempre presente y nunca cicatrizada herida de la guerra civil; o el empleo burocrático que posibilita unas sinecuras inverosímiles y de difícil conciliación en una comunidad moderna. Otro punto crucial es la prosa y el lenguaje empleado por el literato manchego. El mencionado humorismo es evidente en los diálogos y descripciones (humanas y materiales) provocando no pocas sonrisas y alguna que otra carcajada. Con un estilo sencillo, ágil y directo pero de una gran riqueza léxica, ya que el autor reproduce a la perfección el habla propia de los lugareños con sus dichos y palabras con retranca, expresiones de doble sentido, coplas y canciones, y, cómo no, con los consiguientes errores lingüísticos. El caso criminal, la desaparición de unas ilustres tomellosanas, está dentro de los cánones argumentales del género, con sus dosis de intriga, incluso con matiz siniestro, pistas desconcertantes, reunión de sospechosos y final explicativo. Plinio tiene su método detectivesco propio. Confiando más en su inteligencia innata y astucia, el denominado “pálpito”, que en los avances de la ciencia en materia criminalística, y especialmente con más seguridad en el descernimiento y conocimiento de la psicología humana que elucubrar fantasiosas teorías sobre las huellas e indicios que descubre.
Para poner punto final, sólo referiré brevemente (y muy comedido) la serie de televisión realizada poco después de las publicaciones, en 1972, y basada en diversos escritos sobre el agente municipal. Dirigida por Antonio Giménez Rico y con guión del mismo director y su amigo José Luis Garcí. Poco bueno que decir, en mi opinión, pues solamente se salvan los actores principales (Antonio Casal como Plinio y Alfonso del Real como Don Lotario), los secundarios y la ambientación. Lo principal, el texto como adaptación, deja mucho que desear, no desarrollando bien la trama y dejando en el tintero varias pormenorizaciones necesarias para una coherente historia. Puede que la culpa de este desbarajuste sea el escaso metraje de cada capítulo, unos 25 minutos. En concreto para la versión de “Las hermanas coloradas” se dividió en 3 episodios, sin embargo ni con ese tiempo extra se consiguió una decente traslación. Una pena, se merece algo mejor una figura como Plinio.
Con sus más y sus menos. Es una novela de finales de los 60, precursora de la novela policíaca española. En ella Plinio y Lotario, un policía y su ayudante, investigan la desaparición en Madrid de dos sesentonas pelirrojas de Tomelloso, su pueblo.
Mezcla mucho el lenguaje pueblerino de los protagonistas con algunos párrafos en los que el protagonista reflexiona sobre la fugacidad de la vida, la situación de España y otros temas profundos, lo cual no me ha encajado muy bien. Además, la forma en la que habla de las mujeres o del colectivo LGTBIQ+ ha envejecido horriblemente mal.
Buen libro de esos que cuentan y aportan, existe una gran diferencia con las policiacas actuales, muy bien escrita, con muy buenos tiempos, sin ruido, nueces y con transfondo en boca de Plinio.
Entretenida novela costumbrista entre Madrid y La Mancha. Lo mejor: la reproducción del habla de unos y otros, la retahíla de expresiones populares y las desternillantes descripciones por boca de Plinio del resto de personajes.
Hay que tener en cuenta que esta novela se escribió en 1970, en una época... convulsa, por decir algo, con muchas cosas por cambiar y pocas ganas de hacerlo o ninguna idea de cómo hacerlo, con una ideología un tanto misógina, xenófoba, homófoba y hasta machista, dosificada en distintas proporciones según el dueño de la misma. Digo que hay que tener en cuenta todo eso porque sólo así se entienden muchas de las secuencias de la obra y los diálogos entre los protagonistas. Y eso si se entiende, porque utiliza un castellano tan rico, tan manchego y tan en desuso que muchas veces es complicado seguir el hilo. Sí me han gustado, y mucho, las reflexiones que hace el autor en boca o mente de Plinio, aunque hay que contextualizarlas en esa época de nuestra historia. Y en cuanto a la historia "detectivesca" pues entretenida, sin más.
La trama "policial", si puede decirse así, no es muy elaborada, pero el libro es un relato de la España de mediados del siglo pasado y en ese sentido ha habido cosas que me han sorprendido, como que el autor se permita un personaje femenino que disfruta del sexo, o que se asuma con relativa normalidad la presencia de un homosexual.
El libro está muy bien escrito, aunque la abundante jerga manchega me despistaba en ocasiones, y en otras la acción se veía interrumpida por las disquisiciones filosóficas y vitales del protagonista o por la lectura de las largas cartas que recibía durante su estancia en Madrid para resolver la misteriosa desaparición de las hermanas coloradas, tomelloseras como él. Tengo la impresión de que en otro momento había disfrutado más las sesudas introspecciones de Plinio, ha sido mala pata que en el libro que tenía antes entre manos (la Escolomancia), las instrospecciones de la prota fuesen un rollazo, porque eso ha hecho que recibiese con suspicacia las de Plinio, pese a ser mucho más fundadas y razonables.
En el primer capítulo la trama atrae, pero las expectativas pronto se desvanecen. No se aprovecha el choque entre los métodos del detective de Tomelloso y su acompañante con los de Madrid, la crítica social se limita a unos superfluos comentarios sobre el estilo de vida capitalino y el costumbrismo que desplaza frecuentemente la acción principal se limita a contar algunas anécdotas que han envejecido mal y a describir a algunos personajes anclados en aquella época. El caso a investigar es flojo como para recomendar esta novela, solo curiosa de leer por su rico léxico.
En las primeras páginas ya cumple los tópicos del escritor de derechas, maricones muy maricones de los que reírse, viudas que están de pan y moja, que les producen morbo, ese humor casposo. A ver si mejora. Pues no, faltaba la sirvienta, que habla mal, como no, los pobres ya sabemos somos todos unos analfabetos. Ah, y la extranjera que como no se entera de nada, nos reímos con ella. El humor facilón. De la dictadura no hace mención para criticarla, pero sí del republicano de izquierdas claro, que pasa 30 años escondido en su casa, como si fuera bobo o miserable. Totalmente prescindible.
García Pavón en estado puro. Las peripecias de Plinio y don Lotario son la quintaesencia de lo más puramente creado por este escritor manchego, que por hacer uso del lenguaje coloquial quizá se confunde con la falta de calidad. Ha sido un enorme placer disfrutar de estas aventuras detectivescas con la esencia de nuestro terruño. Muy recomendable, ya que el Premio Nadal fue bien merecido, además de ser incluso recomendado por la que estrenase dicho Certamen, doña Carmen Laforet.
Retrato de la sociedad muy preciso, visto a ras de suelo, con bastantes momentos de lirismo en la prosa. La solución del enigma pasa a un segundo plano mientras vemos las evoluciones de los detectives por una fauna de personajes que reconocemos de inmediato.
La escusa de un caso policiaco le sirve a García Pavón para retratar una España todavía anclada en un pasado negro pero con la esperanza de un futuro más esperanzador. Una imagen costumbrista que, a ratos, ha envejecido mal.
Sobre todo mola el retrato costumbrista y su retórica demente, la historia creo que no le interesa apenas ni al escritor pero se echa un rato gracioso con esto.
Tiene uno metido el pueblo hasta las cañas de los huesos, hasta el último rodal del pecho. Soy un paleto de cuerpo entero, un paleto aterido por aquel aire, aquellas voces, aquellos ojos y aquellos alientos. No hay tierra buena ni mala. No hay más que la de uno. Con la tierra pasa lo que con la madre o con los hijos. El que vive lejos de sus solares vive con medio corazón perdido. Le falta ese anclaje profundo del terreno que todavía no se sabe qué es.
Mucho costumbrismo y a veces es agradable leer tantas expresiones y palabras de la zona donde crecí y donde vivo, pero como trama no tiene mucho que aportar. Refleja a la perfección el machismo de la época, me quedé un poco patidifusa cuando de forma literal el protagonista manda a una mujer a limpiar la casa sin dejarle hablar o ser partícipe de la conversación, cómo todas las mujeres son unas cotillas y que tienen un apetito sexual desenfrenado independientemente de su edad o de la situación. La trama en sí, es sencilla, pero a lo largo del libro no ocurre mucho misterio, solo dos páginas de cada capítulo aportan información relevante al caso, por lo que podría catalogarse más como novela irónica policíaca o incluso cómica policíaca, porque de thriller y suspense no tiene nada.
Lo mejor son el humor y el lenguaje manchego. Lo peor, lo pretencioso y farragoso de algunas reflexiones y la visión de la mujer, anticuada y machista. No es una maravilla, pero tiene su punto.
Entretenida historia. De destacar, la descripción del ambiente madrileño de los 60; las reflexiones existencialistas de Plinio, un estoico de pueblo; y el empleo de la jerigonza de Tomelloso, llena de curiosos vocablos, cuyo significado se deja entrever con cierta facilidad por su sonoridad rotunda. De la filosofía de Plinio, muy interesantes reflexiones sobre los efectos de una contienda bélica: “las guerras son enfermedades hereditarias, siempre en trance de recaída. No hay guerra sin guerra”. Es gracioso también el comentario de los españoles: “El español tiene mucha imaginación para salvar el momento, ninguna para variar el camino”. Certero.
Esta vez cambia el escenario en el que Plinio va a resolver su misterio. En lugar de el Tomelloso de La Mancha, donde suele moverse, se va a trasladar a Madrid, donde va a conocer otro Tomelloso, el de los que se han marchado a la capital a vivir. Es interesante el Madrid que nos muestra, el de hace ya unos años que ha cambiado tanto que cuesta reconocerlo. También la visión de la gran ciudad de alguien que no está acostumbrado a moverse en ella. El caso corresponde a algo que ocurrió después de la Guerra Civil y que hoy nos resulta extraño, pero es mejor no dar detalles para que cada lector lo vaya descubriendo por sí mismo.
Todo empezó hace unos días. Visité a mis primos y como regalo les llevé una caja de pastas almendradas. Resultaron ser deliciosas y mirando de dónde eran, vimos que estaban hechas en Tomelloso. Ahí empezaron las bromas. Una de mis primas recordó un libro sobre un detective, acompañado de un veterinario al estilo doctor Watson, que era de Tomelloso: Las hermanas coloradas. Nos echamos unas risas con su descripción de la historia y yo quedé en buscarlo. No hizo falta, porque ellos lo tenían en casa y salí de allí con el préstamo, que ha resultado ser una magnífica lectura.
Breve, divertida, crítica. El misterio es el hilo conductor para acompañar a una serie de personajes de lo más estrafalarios y variopintos en su visita a Madrid. Allá a donde va Plinio, se encuentra con vecinos tomellosanos. No daría la sensación de estar en la gran ciudad si no fuera por la nostalgia del protagonista. Sus recuerdos nos marcan la diferencia entre los dos ambientes. Las situaciones y los escenarios, muy estrafalarios (la anécdota del bidé, la carta sobre las boinas, el cuarto de los espíritus en casa de las hermanas...), arrancan unas cuantas risas.
Nihilismo pedante y costumbrismo castellano que, en algunos momentos de lectura insomne, me han llevado a reflexionar sobre el sentido de la vida y a perturbarme, lo cual valoro bastante. Lo peor es la caricatura grotesca, creo que intencionada (lo cual es peor que si no lo fuese), del papel de la mujer en la sociedad.