Empiezo por un hecho concreto, porque conviene anclar la marea retórica en un suelo firme: en 1944, un año después de que Nicholas John Spykman hubiera entregado su alma al Creador, apareció en Nueva York un volumen breve, editado por Helen R. Nicholl, con prólogo de Frederick S. Dunn y mapas de J. McA. Smiley, titulado The Geography of the Peace. La obra no era un tratado exhaustivo, sino la destilación de una conferencia y unas notas, un testamento intelectual de un profesor de Yale que había consagrado su vida a una pregunta incómoda: ¿por qué Estados Unidos, aparentemente protegido por dos océanos y una barrera de desierto y hielo, se veía arrastrado una y otra vez a guerras que comenzaban en Europa o en Asia? Spykman murió sin ver impresa su respuesta, pero la respuesta quedó ahí, como una profecía laica, para escándalo de idealistas y regocijo de realistas. Pues bien, antes de entrar en materia, permítanme una digresión que no es tal: recuerden a aquellos romanos del Bajo Imperio que, mientras los bárbaros acampaban a las puertas de Roma, discutían sobre la naturaleza de la Trinidad o sobre si el alma es inmortal; no muy distinto es el espectáculo de ciertos liberales de nuestro tiempo, que mientras el poder se reorganiza en bloques continentales y las rutas marítimas vuelven a ser arterias de imperio, se entretienen en disputas sobre pronombres y baños neutros. Volviendo a lo que nos ocupa, The Geography of the Peace es un libro que habla de poder, de cerco, de equilibrio, de bases navales, de mares marginales, de rimland y heartland, y lo hace con una frialdad de cirujano que a muchos les parecerá cinismo y a unos pocos, lucidez.
Spykman no era un hombre de fe progresista. Había leído a Mahan, a Mackinder, a Haushofer, y había comprendido que la geografía no es un decorado neutral, sino un condicionante férreo de la política exterior. Su tesis central, que repite hasta la saciedad, es que Estados Unidos está geográficamente cercado por la masa euroasiática, África y Australia, y que su seguridad depende de impedir que una sola potencia o coalición domine el rimland de Europa y Asia. Si eso ocurriera, el Nuevo Mundo quedaría estrangulado, y la libertad, la propiedad y la búsqueda de la felicidad, esos ídolos de barro que los idealistas creen garantizados por la ONU o por la historia, se convertirían en ceniza. Para Spykman, la geografía no determina todo, pero sí condiciona las opciones; la tecnología modifica el significado del espacio, pero no elimina la importancia de las bases, las rutas y los recursos. La aviación, esa maravilla que algunos creían capaz de abolir la distancia, no transforma el Ártico en una autopista comparable al Atlántico o al Pacífico; Alaska y Groenlandia ganan importancia como vestíbulos, pero el tráfico transpolar seguirá siendo un hilillo ridículo frente a los miles de barcos que cruzan los océanos. Quien haya leído a Chesterton entenderá que hay cosas que no cambian: la naturaleza humana, la sed de poder, la necesidad de defender lo propio.
El libro se abre con una crítica al idealismo. Spykman no cree que la paz se logre con buenos deseos ni con la Sociedad de Naciones. La seguridad de los Estados, dice, depende de la capacidad de movilizar fuerza; la moral y el derecho importan, pero no bastan. La anarquía internacional es un hecho; no hay autoridad superior a los Estados; la responsabilidad final recae sobre cada uno. Por eso critica a los que proponen un super-Estado mundial: presupone una comunidad de valores que no existe; es un蓝图 para un futuro lejano, no una guía para el presente. También critica la seguridad colectiva: cada Estado debe estar dispuesto a ir a la guerra por una obligación escrita, pero las interpretaciones varían, y las grandes potencias no renunciarán a su propia seguridad para confiar en promesas ajenas. La conclusión es amarga pero realista: solo las grandes potencias, actuando por su propio interés, pueden garantizar un orden. Los pequeños Estados no cuentan; su independencia dependerá del poder de los grandes.
El análisis de Spykman se apoya en un método cartográfico que hoy parece profético. Dedica un capítulo entero a las proyecciones: la Mercator centrada en Europa, la acimutal equidistante, la ortográfica, la gnomónica, la sinusoidal, la Mollweide, la Miller. Critica el eurocentrismo del mapa tradicional y propone el Miller centrado en el Hemisferio Occidental. Los mapas no son neutrales; elegir una proyección es elegir una perspectiva política. La tierra es redonda, pero los mapas planos distorsionan; el estratega debe saber qué distorsión acepta y por qué. En un mundo donde la aviación y el poder naval se disputan el globo, la cartografía es un instrumento de poder. Spykman no se limita a describir; prescribe. Su mapa ideal es el que muestra la posición de Estados Unidos entre Europa y Asia, con el Atlántico y el Pacífico como rutas vitales, y con el Ártico como frontera secundaria. Los que se enamoraron del mapa polar, dice con sorna, creyeron que el mundo era más redondo por el norte, pero la realidad es que los centros de población y poder siguen en las latitudes medias; el hombre prefiere un entorno cooperativo, no el hielo eterno.
La geopolítica de Spykman se articula en torno a dos conceptos: heartland y rimland. El heartland es la llanura central de Eurasia, dominada por Rusia; el rimland es la franja costera de Europa, Oriente Medio, India y China. Mackinder había dicho: “Quien controla Europa oriental rige el heartland; quien rige el heartland rige la Isla Mundial; quien rige la Isla Mundial rige el mundo.” Spykman corrige: “Quien controla el rimland rige Eurasia; quien rige Eurasia controla los destinos del mundo.” La diferencia no es baladí. Para Spykman, el heartland no es la clave absoluta; lo decisivo es el rimland, porque allí están los recursos, la población, la industria, los puertos, las rutas marítimas. El heartland es una prisión de hielo y estepa, con ríos que desembocan en el Ártico, sin acceso al mar abierto; su poder es limitado. El rimland, en cambio, es anfibio, rico, codiciado, y por eso es el campo de batalla secular entre el poder terrestre y el poder marítimo. Spykman analiza las zonas de conflicto: la presión del heartland hacia el rimland, los conflictos intra-rimland, la rivalidad marítima vs. anfibia, el papel de los mares marginales. Y concluye que Estados Unidos debe impedir que una potencia hegemónica unifique el rimland; si lo hace, el cerco se cerrará.
El libro dedica páginas brillantes a la distribución de los potenciales de poder. Spykman no se limita a la geografía física; analiza el clima, las lluvias, la producción de trigo y arroz, el carbón, el hierro, el petróleo, la energía hidroeléctrica, la densidad de población, la producción industrial. Compara el Viejo y el Nuevo Mundo: Eurasia tiene más área, más población, más recursos; América tiene menos, pero está más unificada, más industrializada, más rica en energía mecánica. La conclusión es que Estados Unidos no puede dormirse; su superioridad no es abrumadora. La distribución de poder da al Viejo Mundo mayores posibilidades de ejercer fuerza; el Nuevo Mundo debe compensar con alianzas, bases e inteligencia estratégica.
Spykman analiza la Segunda Guerra Mundial como una lucha por el control del rimland. Alemania y Japón intentaron unificar el rimland por la fuerza; Estados Unidos, Gran Bretaña, Rusia y China lucharon por impedirlo. La guerra se libró en dos triángulos: el europeo y el asiático. Cada uno tenía dos lados anfibios y uno continental. Rusia y China aportaron el poder terrestre; Gran Bretaña y Estados Unidos, el poder naval y aéreo. La logística fue decisiva. Spykman critica a los que creían que el avión de carga reemplazaría al barco y al tren; la realidad es que el poder aéreo depende de bases, de suministros, de combustible, de repuestos. La libertad de los aviones es engañosa; están atados por cuerdas invisibles a los pozos de petróleo de Texas, a las presas hidroeléctricas, a las minas de bauxita. La guerra global exige coordinación, unidad de mando, cooperación entre fuerzas. La coalición es más difícil de mantener en la paz que en la guerra; el enemigo derrotado, unido por el interés de obtener las mejores condiciones, es un negociador duro. Spykman advierte que la paz de coalición es más difícil que la guerra de coalición.
El acceso de Estados Unidos a Eurasia es otro tema central. Spykman rechaza la idea de que el Ártico será la ruta principal. Las distancias de círculo máximo cruzan el Ártico, pero el clima, la falta de bases, la logística, hacen que el tráfico transpolar sea mínimo. Alaska y Groenlandia son importantes como vestíbulos aéreos, pero no transforman el Océano Ártico en un mediterráneo. La razón de su importancia no está en la geografía económica del Ártico, sino en la geografía militar del Báltico y del Mar del Japón. Estados Unidos tuvo que ir a Siberia y China por Alaska, y a Rusia europea por Islandia y Murmansk, porque Japón y Alemania bloqueaban las rutas directas. La ruta septentrional es un desvío alrededor de los enemigos. Que exista y pueda volarse es valioso, pero no es una autopista. La conclusión es que Estados Unidos dependerá de sus comunicaciones navales a través del Atlántico y el Pacífico. La efectividad de ese acceso determinará su política exterior.
En la zona transatlántica, Spykman propone una alianza estrecha con Gran Bretaña y Rusia. Francia sola no basta; Rusia será la potencia terrestre más fuerte del continente; mientras no busque la hegemonía sobre el rimland europeo, la URSS será la base continental más efectiva para mantener la paz. Las tres superpotencias juntas son los únicos garantes efectivos de la situación europea. Estados Unidos debe buscar bases en Groenlandia, Islandia y Dakar, no por expansionismo, sino por equilibrio. El arriendo de tierras para bases, sin transferencia de soberanía, es la fórmula. Gran Bretaña se opondrá a perder el monopolio de los accesos marítimos, pero ganará un compromiso político vinculante. Estados Unidos quedará restringido por el poder naval británico, lo que evitará aventuras excesivas. Es más fácil concebir a Estados Unidos como aliado de Gran Bretaña y Rusia que como participante libre en un sistema de seguridad europeo.
En la zona transpacífica, la situación es diferente. Con la derrota de Japón, China quedará como el Estado más grande y poderoso de la región. La independencia de Filipinas, Java o Birmania dependerá del poder occidental. Rusia y el Imperio Británico ya están establecidos; Estados Unidos nunca ha tenido una base realmente efectiva. Si quiere mantener la seguridad del Oriente, debe asegurar bases navales y aéreas en los mismos términos que en el Atlántico. Alaska, las islas bajo mandato, Filipinas: un arreglo mínimo. Spykman no oculta su paternalismo: los pueblos asiáticos no pueden defenderse solos; necesitan la tutela occidental. Es un prejuicio de su época, pero no invalida su análisis estratégico.
La ideología de Spykman es el realismo político clásico. Su visión es hobbesiana: anarquía internacional, primacía del interés nacional, poder como categoría central, escepticismo sobre el idealismo, anti-aislacionismo, internacionalismo realista, anglosajonismo estratégico, URSS como aliado necesario pero potencial rival, rechazo del fascismo y del nazismo, normatividad mínima. No es un imperialista clásico; no propone conquistar el mundo, sino equilibrarlo. Pero sí es un intervencionista estratégico: Estados Unidos debe tener bases, alianzas, presencia militar permanente. La paz no se logra con buenos deseos, sino con poder. Su frase final es lapidaria: “La seguridad e independencia de este país solo pueden preservarse mediante una política exterior que haga imposible que la masa de tierra eurasiática albergue un poder abrumadoramente dominante en Europa y el Extremo Oriente.”
Las limitaciones del libro son evidentes. Spykman es determinista geográfico, aunque matice; estatocéntrico, aunque hable de coaliciones; elitista y militarista, aunque invoque la paz; paternalista y colonial, aunque critique el expansionismo nazi. No prevé la descolonización, la Guerra Fría nuclear, la globalización, el terrorismo, el cambio climático. Su libro es breve, basado en una conferencia; no agota los temas. Pero su valor es inmenso: anticipó la contención, influyó en la OTAN, en la política de bases, en la geopolítica estadounidense. Se le cita en debates sobre Eurasia, China, Rusia, el Indo-Pacífico. La geografía crítica le acusa de naturalizar el poder, legitimar el intervencionismo, convertir el espacio en instrumento de dominación. Y algo de razón tienen. Pero quien ignore a Spykman, ignora una de las claves del siglo XX y de este siglo XXI que ahora comienza.
Permítanme cerrar con una digresión final. Hay quienes creen que la historia se acabó, que las ideologías murieron, que la geografía ya no importa porque vivimos en la nube. Spykman, desde su tumba, se ríe de ellos. La tierra sigue siendo redonda, pero los hombres siguen siendo lobos para el hombre. Los mares siguen siendo rutas de poder; las montañas, barreras; los recursos, tentaciones. Quien controla el rimland rige Eurasia; quien rige Eurasia controla los destinos del mundo. No es una profecía, es una sentencia. Y como toda sentencia, se cumple sin necesidad de que nadie la crea. El progreso solo avanza para cavar su propia fosa. Quien niega la naturaleza, termina siendo devorado por ella.
It's a bit over-rated but still a must read: not for the answers it gives, which are often wrong, but rather for the ways it goes about trying to answer questions which anyone working on geostrategy must ask. He more or less revives Mackinder, updates him, and adds lots of maps. Spykman's materialist foundation (geography) keeps him from getting too lost, but doesn't change the fact that Mackinder's fundamental thesis is wrong. But to see that you must look up Mackinder and read my review of him there.
Here's the 1944 edition. It's written by a man who knows the USA will win the war, and is studying why it did in order to shape the peace.
In that regard it's visionary but shallow: he doesn't really take up trade or ideology. He was at Yale so he had outsize influence.
spykman menulis buku ini untuk menyanggah teori Heartland karangan Harold mackinder.
sebaliknya spykman menyebut bahawa siapa yang menguasai rimland (pesisir eropah dan asia) akan menguasai dunia bukan heartland (rusia).
spykman juga menyarankan kepada amerika apa yang perlu dibuat selepas perang dunia kedua untuk mengekalkan hegemoni amerika.
Bawah ni ulasan gpt
Kesimpulan paling ringkas
Apa yang Spykman tulis pada tahun 1944 hampir sepenuhnya menjadi dasar sebenar Amerika Syarikat hari ini, dan politik dunia sekarang memang ikut pola geopolitik Rimland.
Spykman responds to Mackinder's Heartland thesis with the Rimland thesis, and it holds up far better against 20th century geopolitical reality. Where Mackinder saw the Eurasian interior as the pivot of world power, Spykman argued the coastal rim (Western Europe, the Middle East, South and Southeast Asia, the Far East) was where power was actually contested and organized. The Cold War demonstrated this : containment was fought almost entirely along the rimland, not the heartland.
He also anticipates the postwar US strategy of denying regional hegemony to the Soviet Union and China (in Mearsheimer's terms), laid out well before the vast network of American overseas military bases made that strategy visible on a map (Probably the US Post WWII Foreign Policy was influenced by his work).
Seven decades old and really more of a big pamphlet on old-school geopolitics than anything else, this gets four stars essentially for the maps, which put too many modern books to shame.