Me resulta difícil reseñar este libro. Si bien reconozco los conflictos que puede generar en algunos lectores, me pareció terriblemente avanzado para su época (fue publicado en 1869). Por esa razón, quisiera ilustrar con palabras del propio autor parte del análisis por él elaborado.
Antes de comenzar, me gustaría también señalar la enorme influencia que tuvo su esposa, Harriet Taylor, reconocida por él mismo en su Autobiografía, en el desarrollo de sus ideas respecto de la cuestión de género.
A PARTIR DE AQUÍ, LA RESEÑA CONTIENE CITAS
Mill sostiene que la relación entre el hombre y la mujer es una de sujeción (en favor del primero, claro), y pone en duda las estructuras sociales que así lo determinan.
La posición de la mujer es muy diferente de la de otras clases de súbditos. Su amo espera de ella algo más que servicios. Los hombres no se contentan con la obediencia de la mujer: se abrogan un derecho posesorio absoluto sobre sus sentimientos.
En la actualidad, en los países más adelantados, las incapacidades de la mujer son, con levísimas excepciones, el único caso en que las leyes y las instituciones estigmatizan a un individuo al punto de nacer, y decretan que no estará nunca, durante toda su vida, autorizado para alcanzar ciertas posiciones.
La subordinación de la mujer surge como un hecho aislado y anómalo en medio de las instituciones sociales modernas: es la única solución de continuidad de los principios fundamentales en que estas reposan; el único vestigio de un viejo mundo intelectual y moral, destruido en los demás órdenes, pero conservado en un solo punto, y punto de interés universal, punto esencialísimo.
Mill es positivista, y como tal, hace hincapié en que las instituciones deberían sustentarse en la evidencia y argumenta que la inferioridad de la mujer no ha sido demostrada. Sin embargo, su desarrollo sí ha sido condicionado, por lo que no es posible conocer la verdadera naturaleza femenina.
Los amos de las mujeres exigen más que obediencia: así han adulterado, en bien de su propósito, la índole de la educación de la mujer, que se educa, desde la niñez, en la creencia de que el ideal de su carácter es absolutamente contrario al del hombre; se la enseña a no tener iniciativa, a no conducirse según su voluntad consciente, sino a someterse y ceder a la voluntad del dueño. Hay quien predica, en nombre de la moral, que la mujer tiene el deber de vivir para los demás, y en nombre del sentimiento, que su naturaleza así lo quiere: preténdese que haga completa abstracción de sí misma, que no exista sino para sus afectos, es decir, para los únicos afectos que se la permiten: el hombre con quien está unida, o los hijos que constituyen entre ella y ese hombre un lazo nuevo e irrevocable.
Desde que parte de la humanidad está o parece estar constituida según cierto patrón, así sea el más imperfecto e irracional, damos en creer que ha llegado a ese estado en virtud de tendencias naturales, aun cuando resalten claramente las circunstancias extrínsecas que produjeron el estado social y que ya han cesado de imponerlo.
Lo menos que se puede pedir, es que la cuestión no se prejuzgue por el hecho consumado y la opinión reinante, sino que quede libre, que la discusión se apodere de ella y la ventile desde el doble punto de vista de la justicia y de la utilidad: pues en esta como en las demás instituciones, la solución debiera depender de las mayores ventajas que, previa una apreciación ilustrada, pudiese obtener la humanidad sin distinción de sexos.
Dicen que la idea de la igualdad de los sexos no descansa más que en teorías, pero recordemos que no tiene otro fundamento la idea opuesta. Todo cuanto se puede alegar en su favor, en nombre de la experiencia, es que la humanidad ha podido vivir bajo este régimen, y adquirir el grado de desarrollo y de prosperidad en que hoy la vemos. Pero la experiencia no dice si se habría llegado más pronto a esta misma prosperidad, o a otra mayor y más completa, caso que la humanidad hubiese vivido bajo el régimen de la igualdad sexual. Por otro lado, la experiencia nos enseña que cada paso en el camino del progreso va infaliblemente acompañado de un ascenso en la posición social de la mujer, lo cual induce a historiadores y a filósofos a considerar la elevación o rebajamiento de las mujeres como el criterio mejor y más seguro, la medida más cierta de la civilización de un pueblo o de un siglo.
Lo que se llama hoy la naturaleza de la mujer, es un producto eminentemente artificial: es el fruto de una compresión forzada en un sentido, y de una excitación preternatural en el otro.
Resulta que acerca de esta difícil cuestión de saber cuál es la diferencia natural de los dos sexos, problema que, en el estado actual de la sociedad, es imposible resolver discretamente, casi todo el mundo dogmatiza, sin recurrir a la luz que puede iluminar el problema, al estudio analítico del capítulo más importante de la psicología: las leyes que regulan la influencia de las circunstancias sobre el carácter. En efecto: por grandes, y en apariencia imborrables, que fuesen las diferencias morales e intelectuales entre el hombre y la mujer, la prueba de que estas diferencias son naturales, hoy no existe; no se encontrará aunque la busquen con un candil.
También se refiere a las consecuencias de esa sujeción y el modo en que afecta las relaciones entre las personas.
La verdad es que, desde el momento en que un ser humano está bajo nuestro dominio y autoridad, mal podríamos pedirle sinceridad y franqueza absoluta. El temor de perder la buena opinión o el afecto del superior es tan fuerte, que, aun teniendo un carácter muy recto, se deja uno llevar, sin notarlo, a no mostrar si no el lado más bello, o siquiera el más agradable a sus ojos; puede decirse con seguridad que dos personas no se conocen íntima y realmente sino a condición de ser, no solamente prójimos, sino iguales.
Con respecto a este último punto, señala que el desconocimiento del hombre sobre la naturaleza de la mujer debería impedirle la asignación de un rol determinado. Y aquí reside para mí el punto fundamental de su análisis: reconoce expresamente el privilegio masculino. Creo que es digno de mención ya que hoy en día no son muchos los que se sienten inclinados a hacerlo (más allá de que las circunstancias han cambiado e incluso mejorado notablemente).
Si he insistido tanto en las dificultades que impiden al hombre adquirir verdadero conocimiento de la condición real de la mujer, es porque sobre este punto, como sobre tantos otros, opinio copiae inter maximas causas inopia est, y porque hay pocas probabilidades de adquirir ideas razonables acerca de este asunto, mientras los hombres se jacten de comprender perfectamente una materia de que la mayor parte no sabe nada y que por ahora es imposible que ni un hombre ni toda la colectividad viril, conozca lo bastante para tener el derecho de prescribir a las mujeres su vocación y función social propia.
No hay medio de averiguar lo que un individuo es capaz de hacer sino dejándole que pruebe, y el individuo no puede ser reemplazado por otro individuo en lo que toca a resolver sobre la propia vida, el propio destino y la felicidad propia.
(...) no pedimos en favor de ellas ni privilegios ni proteccionismo; todo lo que solicitamos se reduce a la abolición de los privilegios y el proteccionismo de que gozan los hombres.
Mill esgrime además una defensa coherente acerca de los derechos políticos de la mujer, tanto para elegir a los funcionarios como para ocupar cargos. Es cierto que por momentos su tono puede resultar paternalista y sus afirmaciones muchas veces están basadas en verdades de la época que la ciencia ha contribuido a desterrar (o a afinar, en algunos casos). Sin embargo, considero que sería injusto descartar sus ideas solo porque no podía saber lo que está a nuestro alcance 150 años después.
En el sumario del capítulo XXVII (que, estimo, será poco popular), el autor escribe que Los emancipadores de la mujer han de ser varones. Acto seguido explica por qué es así, según su entendimiento:
Las mujeres son hoy los únicos seres humanos en quienes la sublevación contra las leyes establecidas se mira mal, se juzga subversiva y reprobable, como en otro tiempo el que un súbdito practicase el derecho de insurrección contra su rey. La mujer que toma parte en un movimiento político o social que su marido desaprueba, se ofrece para mártir sin poder ser apóstol, porque el marido tiene el poder legal para suprimir el apostolado. No es dable esperar que las mujeres se consagren a la emancipación de su sexo, mientras que los varones no estén preparados para secundarlas o ponerse a su cabeza. El día llegará; pero hasta que llegue, ¡compadezcamos a la mujer generosa capaz de iniciar la redención de sus compañeras de cadenas!
¿Paternalista? Es muy probable. ¿Racional? Sí, desde su óptica. ¿Equivocado? Bueno, la historia ha demostrado que Mill otorgaba en este sentido poco crédito al género femenino, pero lo cierto es que las luchas no han sido gratuitas para las mujeres y todavía tienen sus costos, a pesar de que muchas permanecen firmes en el objetivo de la emancipación, tal como debe ser.
Lo que a mí me ayudó a digerir esta idea es que a lo largo de las páginas anteriores (que no son pocas) se dedica a diagnosticar la situación de la época y a proponer soluciones con base en la igualdad; soluciones que, en definitiva, tienden al empoderamiento final de la mujer. No creo que una reseña sea el lugar idóneo para expresar opiniones, sin embargo, debo admitir que entiendo que el acompañamiento (no la dirección ni la instrucción, pero sí el caminar codo a codo) por parte de los varones es fundamental para lograr la igualdad.
Finalmente, Mill enumera (no exento aquí de cierto lirismo) los beneficios que la igualdad de género supondría, tanto dentro del matrimonio como para la humanidad toda.
¡Cuán dulce pedazo de paraíso el matrimonio de dos personas instruidas, con las mismas opiniones, los mismos puntos de vista, iguales con la superior igualdad que da la semejanza de facultades y aptitudes, desiguales únicamente por el grado de desarrollo de estas facultades; que pudiesen saborear la voluptuosidad de mirarse con ojos húmedos de admiración, y gozar por turno el placer de guiar al compañero por la senda del desarrollo intelectual, sin soltarle la mano, en muda presión sujeta!
La regeneración moral del género humano no empezará realmente hasta que la relación social más fundamental se someta al régimen de la igualdad, y hasta que los miembros de la humanidad aprendan a consagrar el mayor cariño, la más santa adoración, la amistad más indestructible, a un ser igual suyo en capacidad y en derecho.
La ambición de mando será siempre una fuerza que deprave a la especie humana, hasta que llegue el día en que todo individuo mande en sí propio, ejercitando derechos legales que nadie le dispute; y esto solo podrá suceder en países donde la libertad del individuo, sin distinción de sexos, sea una institución respetada, orgánica, indiscutible.
Es cierto que para el feminismo actual esta obra puede haber quedado corta, pero creo que es justo reconocer el mérito de un autor que a mediados del Siglo XIX se atrevió a cuestionar lo que muchos consideraban justo y natural. Sería lógico que a las lectoras les chocaran ciertos conceptos que Mill da por sentados, pero considero que eso no es suficiente para desestimar de plano el libro, y de ahí mi calificación.