''Musashi, encontrémonos de nuevo, pero la próxima vez... sin tener que arriesgar nuestras vidas''
Inshun, cautivado por la grandeza y serenidad del nuevo hombre que tiene delante, arroja su lanza primero hacia su adversario. Pero esa lanza que era una extensión de su fuerza y del talento puro, ahora presenta dudas. Frente a el no está el mismo Miyamoto Musashi, sino alguien que ha mirado de frente a la muerte y, en lugar de quebrarse para siempre, ha descubierto el valor incalculable de su vida. Entonces ocurre la reflexión que ha marcado su vida, como el trascurso de la obra. ¿Dónde está su fuerza? ¿En el duelo a muerte contra un rival igual? ¿Bajo ese contexto desarrollará una fuerza perfecta? Intercambian un golpe y entonces Musashi vence a Inshun y le deja moribundo. Es aquí cuando Musashi suelta ese ser salvaje y bullicioso que escondía en su interior y volvimos ver a un Musashi sin control, donde a pesar de haber asestado el golpe definitivo, no se siente ganador. Allí en el letárgico silencio tras el duelo, es cuando Inshun empieza a ver, allí va a enfrentar a unas heridas que no tienen curación. Va a volver a enfrentar su pasado.
Durante los años de su niñez, Inshun no era Inshun. Era Shinosuke, un niño con una pureza indómita en el que no quería presenciar la violencia en los entrenamientos de su padre Mitsuda con Inei Hozoin. La lanza no le interesaba, a pesar de la insistencia de su padre con heredarla junto a su casa. Pero aquel equilibrio se quebró de forma brutal: un hombre mató a su padre y violó a su madre. Desde ese fatídico día, Shinosuke se ocultó tras su lanza y detrás de una nueva identidad: Inshun Hozoin. Su lanza se convirtió en un muro para contener su debilidad y culpa, buscando en un combate a muerte la ilusión de sobrepasar ese trauma que tanta carga le hace. Así nació Inshun, no como guerrero, sino como un niño que se encondía de sí mismo, donde muestra un paralelismo con Musashi brutal.
Tras presenciar esto, Inshun comprende algo que siempre había negado: su verdadera fuerza nunca estuvo en la lanza ni en la sangre derramado, sino en los vínculos que, aunque intentó ignorar, lo sostuvieron todo este tiempo. La amistad con Agon y los compañeros del templo, la ternura y el amor que le entregó Inei, su maestro... todo aquello lo libraba de la oscuridad que traía la soledad. Allí en ese despertar, Inshun al fin comprendió la última y más valiosa enseñanza que intentó darle su maestro: su fuerza es que nunca estará solo.
Musashi despierta después del duelo y sigue vivo un día más, entonces es hora de que retome su viaje, agradece al viejo Inei todo lo que ha hecho por el, y se va de Nara con una verdad innegable: Inshun es algo más que un rival a batir, para el es un amigo, un lazo que lo conecta con algo más humano que la gloria del combate.
De vuelta a Osaka, en otro rincón del camino, Matahachi aparece. Frente a su madre, cargado de vergüenza, deudas morales y tras la sombra de la fama que se está labrando Musashi, se sigue ocultando en Sasaki Kojiro. Bajo esta máscara, se erige una armadura de mentiras contra el peso de haber mancillado el nombre de su familia y haber traicionado a sus dos amigos de la infancia.
Y aquí, tras el choque de sus destinos, Musashi junto a Jotaro, parten a la tierra de los Yagyu en busca de respuestas, donde la obra nos devuelve la pregunta que atraviesa todo el camino del protagonista: ¿Dónde reside la fuerza en Miyamoto Musashi? Para Inshun ha sido clara: su verdadera fuerza no estaba en la lanza ni en el combate, estaba en los vínculos que lo salvaban de la soledad. Musashi en cambio, todavía camina en la otra orilla. Pero esta pregunta, repetida en cada duelo, pensamiento y paso lo acerca la esencia de lo que debe ser... su fuerza.