Muchas de las virtudes que elogia Augé son cosas que, intuitivamente, sabemos quienes andamos (o anduvimos alguna vez) en bici: la apreciación del espacio, del tiempo, un redescubrimiento de uno mismo a través del cuerpo, y conciencia de los otros, la autonomía y libertad. A partir de la experiencia personal, esboza las conexiones entre ciclismo y humanismo, aunque sea de una forma muy general e intuitiva, sin entrar en detalle.
Lo que me pareció más interesante es la explicación del mito, surgido después de la segunda guerra mundial, del ciclismo como deporte popular. Plantea la forma en que la bicicleta deja de cumplir la misma función en los sectores populares, y el deporte ciclista deja de nutrir el imaginario colectivo - influenciado también por el doping y medicalización del deporte. Pierde ese heroísmo, se derrumba el mito, y por tanto la utopía.
Aun así muchos recuerdan, y evocan ciudades más amables, movilizadas en bicicletas (aunque como señala Augé, no son completas fantasías, nombrando varios ejemplos). El principal desafío que encuentra es poder conciliar las exigencias del megapolo planetario y la ciudad concebida como un lugar donde se vive con un ritmo cotidiano.
Es un libro interesante, aunque breve. Deja picando muchas interrogantes que no desarrolla - sobre la historia de la bicicleta, los movimientos sociales, la conexión con la liberación de la mujer, o cómo llegar a estos futuros posibles "utópicos". Si bien hace una crítica al urbanismo que sitúa la cultura motorizada en el centro, esquiva la crítica al sistema capitalista más profunda que moldeó nuestras urbes (clasistas, individualistas, etc) en primer lugar, que considero sería muy necesaria.