Hay algo prodigioso en la poesía de Concepción de Estevarena (1854-1876): brillantes por su altura poética, sus versos nacen de la vocación inquebrantable de su autora frente a la prohibición expresa de su padre. Ante la adversidad, la escritura se le revela paradójicamente como un terreno seguro, donde la reflexión sobre el hecho poético es necesaria para encontrar la paz y para tomar impulso. Su equilibrio entre lo meditado y lo inevitable, su posicionamiento en los poemas de temática amorosa, su capacidad para sintetizar y reelaborar la estética del Romanticismo tardío y su extraordinaria calidad hacen de ella un ejemplo raro y muy valioso.
Este librito de Concepción de Estevarena tiene el mérito de rescatar a una poeta romántica que escribía en las paredes de la cocina a escondidas de su padre y quedó sepultada en la historia literaria española por otros románticos como Bécquer o de Castro. Y la portada, de Francisca Pageo, es una delicia. Así que, aunque sus versos melancólicos y claramente románticos en lo formal no sean mi estilo predilecto (al igual que no lo son los de los otros románticos más conocidos), el simple hecho de rescatarla del olvido, y de una manera tan bella, hace que me alegre de tener este poemario.