De la mano de tres generaciones de una familia manchega asistimos, a lo largo del siglo XX, a un vital recorrido lleno de intimidad, de congoja y de encanto. El abuelo Palancas y su familia vivían una lenta existencia asentada en el amor a la naturaleza y en una sabiduría heredada de los antepasados y su historia. La balada del abuelo Palancas es la historia de cómo la guerra civil y la posguerra atormentaron a los protagonistas de esta familia pero no los quebraron. El autor despliega una especial destreza en el dibujo de personajes inolvidables y en la evocación de los horrores de la guerra civil y de la obstinada posguerra.
Un libro cargado de metáforas y descripciones, para mi no ha sido muy fácil de leer sobre todo por su carencia de capítulos, esto hacía que se me hiciese algo pesado. De todas formas es un libro lleno de riqueza por el trasfondo de la historia con la vida cotidiana de los protagonistas y la reflexión sobre la vida y la muerte.
Llegar por primera vez a Félix Grande a través de Balada del abuelo Palancas es como abrir una ventana a un pasado que, sin haber vivido, se siente propio. El libro —mitad memoria, mitad homenaje y poema narrativo— se ofrece como una historia íntima donde el autor reconstruye la figura de su abuelo, un hombre humilde marcado por la dureza de los años que le tocó vivir y, aun así, lleno de una dignidad luminosa.
Lo primero que me sorprende es el tono: Grande no escribe como un biógrafo distante, sino con la cercanía del nieto que intenta atrapar los últimos hilos de una voz familiar. Hay un pulso emotivo que se sostiene palabra a palabra, sin caer en sentimentalismos fáciles.
La obra respira un ritmo casi musical; se nota que Grande es, ante todo, poeta. El lenguaje es cálido, lleno de imágenes y cadencias que elevan la historia sin desfigurarlo todo en metaforismos. Al contrario, el poema-narración consigue que la figura del abuelo —Palancas— se convierta en un símbolo: el del superviviente anónimo de la España pobre, castigada, pero también resistente.
Lo más logrado quizás sea la manera en que Grande convierte la memoria personal en memoria colectiva. Aunque no conozcas al autor ni compartas su historia familiar, es fácil sentir que estás leyendo sobre tu propio abuelo, o sobre cualquiera de esos hombres silenciosos que sostuvieron la vida sin reclamar protagonismo.
No conocía a Félix Grande antes de leer este libro, que me recomendaron hace dos o tres años como una lectura interesante para los alumnos de historia contemporánea. Y, desde luego, lo es: quizá no es su principal objetivo, pero el autor traza un recorrido narrativo que atraviesa la Guerra Civil, el franquismo y la Transición a la altura de una familia (la suya) en un pueblo manchego (Tomelloso). Félix Grande fue un poeta fantástico y este libro, en el que, de alguna manera, revive a su abuelo y se reconcilia con su padre, resuelve con humor, ternura y sensibilidad la historia de una memoria familiar que cualquiera vería irrelevante, pero que consigue convertir en una epopeya casi heroica. Podría decirse que esa es una de las claves de la novela: lo normal, lo prosaico, lo cotidiano, puede alcanzar una dimensión heroica. El abuelo Palancas, trabajador de una bodega, primero, y pastor, más adelante, aparece como una figura gigantesca, bruto, bueno, justo, sabio (a su manera), cachazudo. El primer capítulo me sigue pareciendo tremendo.
El libro seria estupendo si tuviera 100 ó 200 hojas menos. Me gusta la historia, pero Felix Grande hace unas descripciones demasiado largas para ser soportadas.