No sabía exactamente qué esperar de esta novela después de haber disfrutado tanto de Un hijo, pero como no podía ser de otra manera, la secuela no defrauda. Desde el principio, sentí que la novela tenía ese mismo toque especial de Alejandro Palomas, una sensibilidad que hace que lo cotidiano se convierta en algo profundamente emotivo, con una narrativa perfecta y delicada, pero apasionada, que te hace sentir parte de la historia, pero como ocurre con las segundas veces, no me sorprendió tanto como Un hijo.
Esta vez, la historia gira en torno a Nazia, la amiga de Guille, el inolvidable protagonista de la primera parte. Mientras Guille sigue siendo esa luz que ilumina a los que lo rodean, Nazia es un personaje que duele. Su historia, contada también desde varias perspectivas, me hizo pensar en tantas realidades invisibles que viven niños y familias que luchan por adaptarse a nuevas vidas, a veces cargando secretos que pesan demasiado para su edad. Lo interesante fue cómo pasas de la ternura a la tensión y al final te encuentras con una mezcla de emociones difíciles de describir.
La habilidad de Alejandro Palomas para hablar de temas tan serios y duros como la inmigración, el abandono o la falta de comunicación, de una manera que nunca se siente forzada, es un don, porque está historia es más visceral, debido a las injusticias sociales que vemos en otras culturas, que la nuestra no puede normalizar.
Una vez mas, el desarrollo de la historia a través de los ojos de 3 niños de 9 años, resulta gratificante y entrañable.
Como interpretan y razonan estos pequeños, sobre situaciones de adultos que tienen que vivir, cubriéndolas de fantasía para poder entender que les está ocurriendo, te demuestra lo poderosas que pueden llegar a ser estas pequeñas mentes.