Poética de la permanencia (Comentario, 2020)
No es nuevo narrar la memoria desde las cosas. Sabemos, con íntimo terror, que van a sobrevivirnos. Cuando nuestro polvo se mezcle con el olvido, seguirán aquí los platos, las cucharas, los trapos. El ladrillo que observó nuestro primer latido continuará infracto mientras nuestro corazón se disgrega. Tenue castigo la consciencia de saberlo. Tenue consuelo contarnos a través de ese rastro de objetos. En una doble espiral, envolviendo y desenvolviendo una madeja de cosas cotidianas, Nell Leyshon compone esta novela: la historia de un hijo, de su madre, de su familia desparecida durante la invasión alemana a Polonia. Las cosas que guardan la experiencia, un bosque donde se funde lo esencial de la vida, un salto en el tiempo y, desde la distancia, la belleza del retorno para habitar la certeza de una historia, de alguna historia, capaz de reconstruirnos, de devolver el rostro a quienes se tragó la Historia.
Más allá de su estructura, de jugar en ese caracol apostándole a una poética de la permanencia, me gustó de esta novela la calidez de su propuesta. El amor abriéndose paso entre la confrontación de la sobrevivencia, el amor siendo capaz de retar nuestra idea del mundo para romper con la frontera de universos esféricos individuales para poder, más allá de sus barreras, tocar las realidades de quienes amamos con la certeza de que en ese contacto se resuelve la importancia de ser quienes somos. De narrar la historia que narramos. De mantener la memoria que mantenemos.
Quien busque una lectura donde la ternura sea base, aquí podrá encontrarla. La mejor ternura, por supuesto, esa que se mantiene contrastada en la potencia del terror, esa que no deja de lado lo obsceno del mundo al mirarlo, esa que no cierra los ojos ante la sangre, la violencia, la pérdida. La ternura que se construye en lo arduo de los bosques, donde flores diminutas y aromáticas conviven al pie del tronco derribado por el trueno.