Hacia mediados o finales de enero, sentí la necesidad de leer algo que tuviera historia y una trama llena de lo que comúnmente se conoce como salseo. Y cuando eso pasa, hay un autor con el que sabes que vas a acertar de fijo: Alexandre Dumas padre. Tenía “La guerra de las mujeres” desde hace muchísimos años (más de los que me gustaría recordar) cogiendo polvo en mis estanterías, y reconozco que en más de una y más de dos ocasiones lo había sacado con el fin de leerlo, pero siempre había pasado algo que había conseguido que cambiase de opinión y devolviera el libro a su lugar a la espera de su oportunidad. La cual por fin ha llegado. Hacía mucho que no leía a Dumas padre (no hay que olvidar que su hijo, con el mismo nombre, también fue escritor, siendo su obra más conocida la romántica y lacrimógena “La dama de las camelias”); es un autor que relaciono con mi adolescencia y que me trae muy gratos recuerdos. Así que, por todo esto, cogí el ejemplar con muchísima ilusión y con muchas ganas de disfrutarlo.
Ahora os explico si lo conseguí o no.
Francia, mayo de 1650. La guerra de la Fronda ha puesto a la mitad del país en armas contra la otra mitad, en un conflicto que enfrenta a la corona con la familia de los príncipes de Condé en su lucha por conseguir más poder e independencia. Mientras que las circunstancias han obligado a las mujeres de cada clan a ponerse al frente del combate y dirigir la contienda, un joven caballero quedará en fuego cruzado por el amor de dos damas. El caballero Canolles intentará prosperar en medio de la guerra civil mientras se debate entre los sentimientos que le producen la astuta e intrigante Nanon de Larrigues, amante y consejera de uno de los realistas más fieles; y la viuda Claire de Cambes, una de las figuras de mayor confianza de la princesa de Condé.
Nos encontramos ante una novela en la que nunca dejan de pasar cosas, plagada de personajes y llena de enredos y, sí, de salseo. Hay un momento (o varios) durante la lectura en que uno se siente dentro de un caleidoscopio literario, rodeado de manchas de luz y sonidos que tiran de él de un lado a otro, ya que a lo largo de toda la narración no paran de aparecer diferentes frentes a los que hay que prestar atención por la manera en que todos, de una forma u otra, están conectados entre ellos. Pero lo bueno es la manera en que Dumas consigue que te lo pases muy bien leyendo lo que al principio parece, como yo os acabo de señalar, una obra de teatro de enredos en la que los protagonistas terminan vinculados unos con otros de las formas más rocambolescas posibles. Nunca se sabe con qué nos va a salir el autor de nuevo cuando menos te lo esperas, pues a nivel argumental apenas hay un respiro.
Decía Alexandre Dumas (tal y como aparece en una página de la Wikipedia sobre una de sus novelas a la que próximamente vamos a hacer mención) que: “Comienzo trazando una historia. Intento hacerla romántica, conmovedora, dramática, y cuando el alcance de emociones e imaginación ha sido logrado, busco en los anales del pasado hasta encontrar un marco en el que situarla”. Y esa es la clave para que componga novelas en las que el marco histórico es únicamente el trasfondo en el que discurren los acontecimientos que va narrando. Es de sobra conocido que Dumas usa la historia como excusa para sus romances, tomando prestado de ella todo lo que puede interesarle o parecerle más llamativo, y modificándolo a placer según sus gustos o necesidades literarias. Nadie se enfrenta a sus tomos esperando encontrar una lección de historia y una cuidada ambientación. Pero, a cambio, el lector se encontrará con relatos que, siglos después de su publicación, aún mantienen intacto su colorido y su encanto, su increíble capacidad de transportarte a sus argumentos y hacer que te entregues plenamente al acto de leer. Y en eso hay que reconocer que uno de los autores más vendidos y leídos de las letras francesas no ha perdido para nada su vigencia y frescor con el tiempo. Con el aliciente de que esta obra, “La guerra de las mujeres”, está ambientada en un periodo de la historia de Francia tan convulso como atrayente: la guerra de la Fronda. Se conoce con este nombre al conjunto de diversas rebeliones que hubo en contra de la corona en el periodo que abarcó la regencia de Ana de Austria durante la minoría de edad de su hijo, Luis XIV, el futuro Rey Sol, en sus primeros años como soberano. Esta nobleza, capitaneada entre otros por la familia de los príncipes de Condé, buscaba enfrentar el incremento de autoritarismo que, durante los últimos mandatos reales, se había implantado en Francia, especialmente durante el gobierno de Luis XIII con el cardenal Richelieu como hombre fuerte del reino.
Cero dudas de que muchos de estos nombres históricos os suenan a alguno de vosotros, ¿verdad? Y es que “La guerra de las mujeres” tiene lugar en el mismo periodo en el que Dumas ambientó las peripecias de sus cuatro personajes más emblemáticos. De hecho, esta novela nos narra acontecimientos que se superponen a los que podemos encontrarnos en “Veinte años después”, la segunda entrega de la trilogía de “Los tres mosqueteros”, en la cual aparecen muchos de los perfiles que encontraremos en estas páginas. De hecho, para los conocedores de las aventuras y desventuras de D'Artagnan y sus compañeros Athos, Porthos y Aramis, es muy difícil que no te invada la sensación de que, en cualquier momento, estos intrépidos mosqueteros van a dejarse caer por la trama, aunque solo sea en forma de cameo; que en cualquier instante van a aparecer para pellizcarte el corazón por su simple presencia. Es lo que tiene colocar una lectura en el mismo marco cronológico que otra tan querida y leída por los lectores a lo largo de las generaciones.
Por medio de unos diálogos ágiles y estructurados con elegancia, una prosa depurada e impecable, unas tramas plagadas muy coral en las que no paran de darse acontecimientos y un cuidado acercamiento a las personalidades y psicologías de los caracteres, Alexandre Dumas se las ingenia para crear novelas de capa y espada repletas de aventuras, romances dramáticos y personajes variopintos; historias que nos llevarán a un tiempo añejo con sus luces y sus sombras. Y eso es, precisamente, lo que uno busca cuando coge una novela de Alexandre Dumas, lo que uno espera encontrar y, también, la gracia de todo el asunto: sentirse encantado con historias que no tienen nada que ver con la literatura o el mundo actual, pero que aun así tienen un "algo" que funciona y que conecta con lectores que abren estos libros muchos años después de su publicación. Algo que da que pensar cuando se recuerda que estas eran consideradas novelas menores y que Dumas era despreciado por muchos autores contemporáneos suyos por considerarle un escritor para las masas, que escribía rápido y hacía trabajos destinados a todo tipo de públicos. Y ahora, he visto cómo es uno de los grandes de las letras francesas y universales, y aún sigue siendo leído y querido. Da que pensar sobre lo que es la literatura, y más ahora que, a poco que te metas en Internet, siempre va a haber alguien que te va a decir qué es lo que se debería leer y qué autores se deberían despreciar por ser considerados de segunda.
Pero volviendo a la reseña que nos ocupa, no se puede negar que hay ciertas cosas que quizás para el lector moderno resulten anacrónicas y chocantes. Y eso es algo que siempre ha estado ahí. Yo os he dicho que he leído varias novelas de este autor, que en mi adolescencia las devoraba y que hacía mucho que no me animaba a volver a darle una oportunidad a su pluma. Y creo que el tiempo que ha pasado ha hecho que yo me haya vuelto más crítica con todo lo que consumo, y eso ha provocado que haya centrado más el foco en estas cuestiones que si hubiera cogido el libro hace varios años.
En el caso concreto de “La guerra de las mujeres”, tengo que reconocer que me he sentido bastante incómoda con la manera en que Dumas representa a sus caracteres femeninos. Incluso aunque dedique tanto tiempo y mimo a las descripciones psicológicas de sus dos protagonistas principales, Claire y Nanon, y las trate con amabilidad y bajo una luz favorecedora, las dos no dejan de ser lo que se promete desde prácticamente las primeras páginas de la obra: dos mujeres que podrán tener sus propios intereses y ambiciones, con personalidades marcadas y fuertes, poseedoras de grandes cantidades de valor e inteligencia que ponen al servicio de lo que quieren. Pero, a pesar de todo, ambas quedan coartadas por el influjo que tiene el amor que desarrollan hacia Canolles, el gran héroe trágico de esta historia. Canolles es valiente, generoso y muy digno; de hecho, ya nos lo advierten en la introducción que acompaña la edición en que he leído el libro (del sello Penguin Clásicos), tiene mucho en común con D'Artagnan, se dan un aire en personalidad y encanto y, sobre todo, en lo beneficiados que les hace lucir la pluma de Dumas. El que esté debatiéndose entre el amor de dos damas y fluctúe según las circunstancias y la manera en que repercuten en él los influjos que le van llegando, es algo perfectamente perdonable y aceptable, pues ¿qué hombre no tendría derecho a sentirse así en el juego del amor? Que Canolles se sienta inclinado por Claire o por Nanon según como gire el viento es algo perfectamente excusable porque, pobrecito, qué difícil es encontrarse entre dos mujeres. Pero ah, lo absolutamente normal es que tanto Nanon como Claire, pese a la fuerza de sus personalidades, sus múltiples habilidades y dones y su firme adherencia a sus creencias (ya sea en su deseo de prosperar y sobrevivir, o en su fe en la causa de los Condé), no dejan de ser mujeres enamoradas; y por lo tanto es "lógico" que acaben dejando todo de lado para ayudar y querer al bueno de Canolles. Casi casi, Dumas nos presenta esta situación como su obligación moral. O lo que es peor, lo único que pueden y deben hacer. Porque para algo son mujeres, tienen una sensibilidad especial y una enorme capacidad de amar. Y la verdad es que me parece terrible la manera en que dos personajes tan bien perfilados y tan interesantes acaban convirtiéndose, a medida que va avanzando la narración, en dos sujetos pasivos cuyo único fin es conseguir el amor del caballero y salvarle, cuando tienen tantos motivos para ser figuras perfectamente independientes y plenas sin necesidad de estar tan ancladas en sus sentimientos y en ese triángulo amoroso que, realmente, es muy importante a nivel de trama y de desarrollo de los implicados. De hecho, con un título como “La guerra de las mujeres”, era imposible que entre capítulo y capítulo no apareciera un buen plantel de féminas con personalidades marcadas y muy diferentes entre ellas, que serán esenciales para toda esta historia. Y es que, por unos motivos y otros, los dos grupos cuyos enfrentamientos dividen Francia han perdido o no pueden contar con sus cabezas masculinas visibles, y son ellas las que toman las riendas y manejan todo el cotarro. Un escenario irresistible e intenso que Dumas sabe manejar con gracia y eficacia, rellenando los huecos que los libros de texto ignoran o dejan al margen con escenas entretenidas, coloridas y elegantes. Incluso aunque muchas veces hable de estos caracteres femeninos con condescendencia e incluso en un tono de burla, que quizás busca rebajar su grandeza recordándonos que, al fin y al cabo, estas mujeres están tan a merced de la delicadeza y el sentimentalismo como cualquier otra de la vida real. De hecho, el título de la novela hace referencia a la forma en que la contienda está en manos de las esposas y madres de los principales implicados, y es comentado en alguna otra ocasión con tono de sorna y con un poquito de desprecio. Una pena absoluta si me preguntáis.
De todas maneras, no hay que olvidar que Dumas es lo que es: un autor básicamente de romances que compone historias llenas de escenas caballerescas, tramas de amor de corte trágico y enamorados destinados a la fatalidad, al sufrimiento y a los duelos de espada. Son obras donde se da mucha relevancia al honor y a la dignidad de los personajes y a la importancia que estos le dan a su lugar en el mundo y su posición social, plagadas de diálogos rimbombantes, arabescos argumentales y humanos, y de personalidades profundamente astutas y complejas. Y que también contienen muchas dosis de humor y de sátira. Es cierto que hay figuras femeninas que son tratadas con cierto tono de burla, pero lo mismo se puede decir de ciertos personajes más rastreros, ya que muchos de ellos están ahí para relajar una trama con muchos momentos intensos y llena de impasses y giros de guion. Y además cuenta con un elenco coral muy variado en el que destacan nuestros tres protagonistas y algunos personajes históricos tan relevantes para esta historia como lo fueron para el devenir de Francia. También hay que decir que sobresale un carácter que será fundamental para la historia y su final: el de Roland de Cauvignac; una de esas personalidades extravagantes que funcionan muy bien dentro de la narrativa por su capacidad tanto de hacernos reír como de conseguir que las situaciones den un vuelco radical, con un encanto especial que justifica algunas de sus locuras y ambiciones. Y que, además, para mí ha sido el que mayor desarrollo ha tenido durante toda la lectura. Así que un aplauso para él.
Tengo que reconocer que, aunque es un libro que, a grandes rasgos, me ha dejado muy buen sabor de boca, esperaba mucho más de él. Yo creo que esto se debe a los buenos recuerdos que tengo de las novelas que en su momento leí de Alexandre Dumas y cómo las disfruté. Y quizás ahora, sencillamente, este autor ya no sea para mí. O simplemente he cogido un libro suyo que no ha terminado de convencerme tanto como me hubiera gustado. Y es que la lectura de “La guerra de las mujeres” ha sido para mí como una montaña rusa. A veces para bien, otras para mal. En el sentido de que ha habido momentos en los que estaba muy dentro de la obra, disfrutándola totalmente y mordiéndome las uñas por saber qué es lo que iba a pasar a continuación. Y en otros momentos, el libro se me hizo pesado, tedioso y falto de auténtico interés, sintiendo que la historia se estancaba un poco y había mucha "paja" introducida entre sus páginas. Yo creo que esto se debe a algo que es conocido por cualquier lector de Dumas: que este era un autor que vivía de sus publicaciones por entregas. Es decir, publicaba (como era muy habitual en Inglaterra y más allá, y de ahí se extendió por el resto de Europa) los capítulos de sus libros en semanarios y revistas, obligando a los lectores a comprar cada número y a esperar un tiempo para saber cómo iban a continuar las peripecias. Y esto equivalía a que le interesaba alargar estas publicaciones, ya que cobraba por palabras. De ahí que en muchos momentos se note que hay fragmentos para rellenar y dilatar la lectura que realmente no aportan nada a la obra, aunque sí lo hagan a las arcas de su autor. Y esto, la verdad es que en esta ocasión me ha pesado un poco, ya que ha provocado que hubiera momentos en los que no tenía mucho interés por un libro al que reconozco muchas cosas entrañables, pero que siento que no ha terminado de ser para mí totalmente.
Con todo esto no quiero decir que “La guerra de las mujeres” haya sido para mi una lectura decepcionante, para nada. Como os decía antes, el balance es muy positivo y no ha mermado el cariño que siento hacia Alexandre Dumas padre ni las ganas que tengo de leer más obras suyas. La novela es vibrante, sabe ser amena cuando va directa al grano y tiene unos personajes muy bien construidos. Es intensa en el sentido de que empieza siendo una comedia de enredos para ir deviniendo, lenta pero implacablemente, en un auténtico drama que deviene en un final melancólico. Me ha gustado mucho y, de hecho, le he visto potencial para una obra de teatro (que, por lo que tengo entendido, ya en su momento se estrenó poco tiempo después de su publicación) o incluso para alguna película o serie de televisión. No será mi libro de Dumas favorito, pero sí que lo recomiendo.