Sería injusto decir que Hernán Rivera Letelier es un desconocido en materia de literatura chilena de los últimos tiempos. Ganador del Premio Alfaguara de Novela en el año 2010, Rivera Letelier se está integrando a la galería de los mejor escritores chilenos de los últimos años. Así lo amerita, con obras como "Himno del ángel parado en una pata" (1996), "Fatamorgana de amor con banda de música" (1999) y con "Donde mueren los valientes" (1999), que reune 52 de sus relatos, agrupados en cinco partes, los cuales hablan acerca de lo cotidiano, lo efímero en que a veces se puede personificar la muerte. Quizás en forma de un cigarro consumándose, o en forma de una "prostituta cariñosa", la muerte es un elemento que acompaña tanto al lector como a cada protagonista de los relatos. Pero no es una muerte distinta a la que conocemos: se diría más bien que es el lado tierno de la muerte, ya que hay relatos en donde los elementos de ternura son una condición sine qua non de ella.
Hablando más con un tono de profundidad, diría que cada parte de la obra representa los elementos típicos de la idiosincracia chilena, elementos que van en el ADN de la chilenidad. Con la primera parte, que empieza con "Por favor, Brando, no te hagas nunca famoso", un cuento que narra cómo los poetas no son las blancas palomas que aparentan ser. En realidad, si de ponerle un tópico a esta primera parte, sería el de "infidelidad" o de "sexo", ya que las historias contadas aquí hablan de amantes en un cuarto de motel ("Irene") o de algunos gestos subidos de tono ("La estatua de sal" o "La amante"). Es decir, lo picarezco que puede llegar a ser el hombre se refleja en estos siete primeros relatos, en donde Rivera Letelier pone a la mujer como objeto innegable de deseo masculino.
En la segunda parte, Rivera Letelier nos habla de relatos que van (co) relacionados con lo cotidiano, lo urbanísticamente cotidiano que puede resultar el estar redondeando la muerte. Con "Donde mueren los valientes", "La construcción" y "Sala de espera", Rivera Letelier describe espacios tan comunes como la habitación de un hombre de oficina o situaciones tan rutinarias como esperar nuestro turno en un hospital público. Aún así, lo que nos entretiene es la manera en que Rivera Letelier aborda de maneras diferentes estos espacios o situaciones de la vida cotidiana. "El publicista", "Los condenados", "Hoy murió un viejo en la plaza" o "El perro que nunca tuve" son los mejores ejemplos de lo que se quiere decir en esta segunda parte.
Existe una latente intertextualidad en los siete siguientes relatos de la tercera parte. Por ejemplo, "De noche y boca arriba" nos recuerda, inevitablemente, al conocido cuento de Julio Cortázar, "La noche boca arriba"; "El tristísimo final de los tres tristes tigres" es una paradoja del famoso trabalenguas, y "El evangelio según el loco Santana" es una parodia a los evangelios encontrados en el Nuevo Testamento. Por lo tanto, esta tercera parte nos hace dar cuenta de que el chileno es un copycat: un copiador o imitador de otras cosas, generalmente extranjeras.
Más que jugar con los colores, en la cuarta parte, se juega con el contraste de ellas. Por ejemplo, en "La albina del oficio", en donde "la albina" y el protagonista (que adquiere un color oscuro por su trabajo) se mezclan en varios momentos del cuento. O como "Blanco que te quiero blanco" (Alusión a Federico García Lorca), en donde la locura del protagonista le da color a su entorno. También se derivan (de la "coloridad" de esta parte) apariciones de la nada ("Algo jamás visto", "Aparición en el mercado persa"). Veredicto: El chileno no es ni blanco, ni negro, sino gris, la mezcla de ambos.
Por último, en los siete últimos relatos de la quinta parte, encontramos un quiebre de reglas y costumbres. De toda índole: Religiosa ("Plegaria por el nuevo rico", "¿Que veinte años no es nada?"), ética ("La muerte se divierte", "Lentes oscuros/Gafas ahumadas") e incluso deportiva ("Colo-colo campeón"). Así, sale a relucir otro rasgo del chileno: Su capacidad de humor, de reírse hasta de lo más sagrado. Por lo tanto, así, en estas cinco partes se depuran los cincos rasgos del chileno: Pícaro, cotidianamente inamovible, imitador, gris (ni blanco, ni negro) y humorístico: Cinco cualidades que hacen del chileno un hombre valiente, que no tiene miedo ni de morir. Por lo tanto, no tiene motivos para dejar de ser lo que es.
Recomendado sólo para aquellos valientes que no le tienen miedo a morir, aunque no tengan estas cinco cualidades.