Este testimonio coloca al receptor en el mismísimo lugar de quien consigue ver por dentro el abismo. Es imposible librarse del llanto y no enmudecer ante tamaña catástrofe. Consigue comunicar de una manera demoledora la secuencia completa de un hachazo descomunal del destino-azar en forma de tragedia de una persona inocente (Rodrigo), de una familia desarbolada y de un país en estado de coma (en términos políticos, ya nada volvió a ser como antes del atentado).
Demuestra que el relato testimonial, con esta estructura y los modos de expresión que adopta, es la fórmula comunicativa más eficaz de cuantas existen (la escritura queda muy por encima de las imágenes habidas y por haber).
Es un acierto conjugar el relato con tres fórmulas de escritura bien distintas: el cuaderno de bitácora (diario personal); los apuntes de un narrador más sereno que comenta, y los documentos (históricos) muy bien dosificados y colocados oportunamente.
El motivo central del relato acaba siendo la lucha denodada contra el olvido que deviene en una manera clara y distinta de permanecer vivos, erguidos y testigos de un desastre perfectamente evitable. El eje es la ausencia y la nostalgia por quien(es) nos han arrebatado, pero acaba resultando una forma imprevista de vivir y resistirse ante la muerte definitiva de otro modo original por lo vivificante, y ejemplar, porque se resiste al manejo, tanto melodramático como político, de los medios de comunicación.
Aquí se destaca el mérito de quien es capaz de seguir en pie ante el embate más fuerte y traidor que a un ser humano le puede deparar el destino. Y que se niega a rendirse ante la muerte y la encara valientemente con el recurso de la memoria activa y compartida. Y demuestra con documentos que aquello era evitable, y denuncia así el cinismo del poder político establecido.