Nuestro Ecuador tropical está atravesado por la Cordillera de los Andes, lo que produce una variedad de climas, alturas y vegetación, aún más, provoca una gama diversa de costumbres, acentos, y tradiciones. Aunque Ecuador posea 4 regiones naturales, la Costa y la Sierra se llevan (injustamente) la preponderancia; a lo largo de la historia republicana, un marcado regionalismo ha dividido el país entorpeciendo proyectos políticos, sociales y/o de desarrollo. Los conglomerados económicos y sus alianzas familiares y clientelares sumieron al país, por décadas, en una lucha por la hegemonía entre los hacendados conservadores de la Sierra y los latifundistas comerciantes liberales de la Costa. La escaramuza entre militaristas, conservadores y liberales se extendió desde el origen de la República en 1830, hasta los inicios del Siglo XX, cuando nuevas fuerzas políticas y movimientos sociales e ideológicos emergieron en la arenga pública; en esta etapa histórica surgieron algunos de los nombres y personajes más célebres de la historia ecuatoriana como Gabriel García Moreno, Eloy Alfaro, Juan Montalvo o Juan León Mera, y se escribieron algunas de las obras literarias más representativas del canon de la literatura clásica ecuatoriana, como esta novela: “A la Costa, Costumbres ecuatorianas” del ambateño, Luis A. Martínez. Publicada en 1904, es una obra bisagra que representa una ruptura con el romanticismo precedente, y que siembra las bases realistas que sostienen el auge de la literatura del realismo social de la Generación del 30. Por supuesto, “A La Costa” no es una obra perfecta, sin embargo, sus méritos le asignan un lugar privilegiado en la historia de la literatura ecuatoriana, veamos sus pormenores.
Además de escritor, el ambateño Luis Alfredo Martínez, fue pintor, agricultor, montañista y político de corte liberal, ocupó varios cargos públicos y administrativos bajo la tutela de Eloy Alfaro, entre los que destacan Teniente político de Mulalillo, Ministro de Instrucción Pública y Administrador del Ingenio Valdez en Milagro. Su estadía en la región litoral le permitió conocer de primera mano la situación de los montuvios, algunas de sus costumbres y formas de vida; pero no pudo reflejarlas en su complejidad en la novela debido a su corta mirada clasista/regionalista. En este periodo enfermó de polineuritis malaria (como Salvador, protagonista de A la Costa), quedó paralizado y postrado en una cama; sin embargo pudo recuperarse gracias a los cuidados de su esposa, Rosario Mera Iturralde, hija de su primo Juan León Mera, a quien dicto la novela “A la Costa”, durante la convalecencia.
La trama de “A la Costa” sigue la vida de Salvador Ramírez, serrano empobrecido después de la muerte de su padre y que, sin perspectivas de futuro, emprende el viaje a la región litoral para trabajar en una cacaotera hasta encontrar una felicidad efímera en los brazos de su joven esposa Consuelo. La novela está dividida en dos partes: la primera, la parte serrana, narrada en tono costumbrista, es muy crítica con la religión, relata la niñez, adolescencia y juventud de Salvador en su seno familiar: un hogar conservador ultra-católico que mira con desdén los desafíos políticos del nuevo Siglo y que prohíbe a sus hijos, Salvador y Mariana, las relaciones con Luciano, joven liberal amigo del muchacho, que se convirtió en el primer amor de la hija. El carácter y el atractivo voluptuoso de Mariana no pudieron encerrarse en los dogmas y rosarios, escapó violenta para entregarse, antes de misa, a Luciano el prohibido; quién dudó, pero al final rasgó la membrana. Deshonrada frente a una sociedad machista, la muchacha se refugió en Rosaura, vieja alcahueta que detrás del disfraz de beata, ocultaba sus intenciones embusteras: organizar encuentros sexuales entre sacerdotes y jovencitas. Mariana quedó atrapada con el célibe Justiniano, con el buen pastor que no dudó un instante en desafiar todo orden espiritual para violar a la pequeña, a la rosa tierna que quedó marchita. Después de la muerte de su padre, humillada, rota, perdida, Mariana siguió el camino, denostado por el autor, de la prostitución; Salvador por su parte, luego de enlistarse, fracasar y decepcionarse del ejército conservador, desertó para tomar el rumbo “A la Costa”.
En esta primera parte, luce a primera vista una de las virtudes del autor: su ira, su coraje para visibilizar y denunciar las injusticias que percibía a su alrededor. “Estamos ante algo que nunca hubo [en la novela ecuatoriana previa a Martínez]: indignación y pasión; cólera […] En Martínez la cólera se hace novela. He aquí la novedad. […] La cólera hará que esta novela sea precursora del relato ecuatoriano del Siglo XX: el realismo social” (Rodríguez Castelo, 1984). Una cólera que lo lleva a escribir: “La religión y la libertad, dos fantasmas engañosos que han tragado generaciones mil, sin haber podido nunca, ni la una ni la otra, enjugar las lágrimas de la humanidad”. Por supuesto, esta indignación surge desde su perspectiva liberal, por tanto, la iglesia católica es atacada, al igual que sus ministros, oficiantes y practicantes. Aunque Martínez buscó distanciarse de sus predecesores románticos, a través de un lenguaje directo, incluso violento evitando el lenguaje poético, no lo consiguió del todo debido a que el narrador de su novela regresa una y otra vez al romanticismo, al detallar y describir, no, al pintar los paisajes de la sierra y de la costa con palabras. Si bien la trama amorosa de la primera parte es un pretexto para desatar su rabia y criticar al “trasnochado romanticismo”, no postuló nada novedoso en torno a la mujer; al igual que en el romanticismo, la redujo a una criatura sin profundidad que se debate entre la santidad y la perdición, entre la virtud y el pecado, entre la pureza y el arrebato: una visión machista que dicta cómo se debe comportar una mujer y que condena a quien se sale de la norma, aún más, que estigmatiza la perdida de la virginidad femenina como el peor de los tropiezos. Por eso Martínez se quedó en la bisagra del romanticismo/realismo, por su visión machista/conservadora de la mujer y porque en su faceta de pintor, fue uno de los pocos exponentes del romanticismo pictórico ecuatoriano. Martínez no fue un escritor que pintaba, fue un pintor que escribía.
La segunda parte, más visceral y desgarradora, nos cuenta los pormenores de un Salvador desahuciado que termina como trabajador de la cacaotera “El Bejucal”, en la región más infernal de la costa ecuatoriana, donde el calor, las víboras, los mosquitos, la suciedad, las enfermedades y el salvajismo humano no dan tregua. Martínez pinta cuadros de costumbres que son verdaderos documentos históricos en torno al comercio, el transporte y la producción del cacao, detallando los pormenores de los procesos agrícolas y pintando la exuberancia del agro tropical, de sus nítidas aguas y de sus misterios. Después de los primeros tormentos y vejámenes, Salvador se adaptó al trabajo de la finca; y aunque Fajardo, el administrador montuvio de la hacienda se portó arisco y envidioso, también encontró en Roberto Gómez, ayudante del administrador, y en su hija Consuelo, el alivio a las fatigas. Poco tiempo después y gracias al beneplácito del dueño del “Bejucal”, Salvador y Consuelo recibieron los permisos y el estipendio para el matrimonio; por supuesto, Fajardo no se quedó de brazos cruzados y sembró las intrigas que llevaron a las balas. Cuando al final la fortuna parecía sonreírle a Salvador, cayó abatido por las fuerzas telúricas del trópico, ante las cuales el ser humano es insignificante.
Las concatenadas y contrastadas descripciones de los paisajes, las costumbres y las gentes de la Sierra y la Costa plantean una primeria idea de país; ya no un conglomerado de haciendas y latifundios, ya no ciudades independientes y desconectadas sino un estado nacional que aunque dividido por una cordillera, responde a un vínculo histórico y cultural. En palabras de Jorge Enrique Adoum, A La Costa es la “primera expresión de la voluntad de ver y explicarse el país”, un intento literario y político valioso, postulado desde la óptica de su época: una dimensión machista, clasista y regionalista que redujo a la mujer, al obrero, al trabajador, al agricultor, al campesino y al costeño a un objeto configurado para el uso y abuso del patrón blanco. Más allá de sus virtudes y defectos, “A la Costa” es la defensa de un proyecto político liberal para el Ecuador, que además de ser un producto y un reflejo de su tiempo (Sinardet, 1998), convocó a la búsqueda de un hombre nuevo en un nuevo espacio (con la muerte de Salvador muere el viejo Ecuador (Sinardet, La geografía cultural de Luis A. Martínez: espacios e identidad, 2020)), y mostró la soledad vital que acompañó a su autor, Luis Alfredo Martínez, en conexión con el espíritu de la naturaleza.
En efecto, una de las mayores virtudes de la novela es su descripción mágica y mística de los paisajes ecuatorianos que se pintan como fuerzas superiores e inalterables, ocasos que guardan la tragedia humana, horizontes de esperanzas, colores vivos, exuberancia y plenitud: un lirismo paisajista de elevación moral que conducen a lo sublime: “al invitarnos a aprehender una suerte de absoluto de la creación, a captar algo sagrado que suele escapársele al hombre […] la naturaleza sorprende, seduce, asusta, despista, provocando sentimientos de toda índole que apuntan a lo irreductible, a la imposibilidad de conocerla definitiva y totalmente. (Sinardet, 2020, pág. 30). Salvador la conoce al final, mientras, exhala su último suspiro, en la última línea de la novela: “la cara tomó una expresión beatica y bellísima, y los ojos vidriosos quedaron fijos en el Chimborazo, que allá, en el confín del paisaje inmenso, resplandecía con los últimos rayos del sol” (Martínez, 1984). “A la Costa, costumbres ecuatorianas” es una novela costumbrista de ambición realista que tiene toques autobiográficos y de Bildungsroman en un contexto ideológico y político que puso a la literatura al servicio de la construcción de un estado nacional desde la óptica liberal. Una apuesta literaria bisagra entre el romanticismo anterior y la generación del realismo social: ya vendrían De la Cuadra, y el triunvirato de “Los que se Van” para reivindicar, desde su complejidad, los dramas, riquezas y miserias del pueblo montuvio y del cholerío del litoral. Por eso “A la Costa” se ha ganado, con todo el merecimiento, su sitial como un clásico de las letras del Ecuador. Leed “A la Costa” porque la historia de América está en nuestras novelas y no en nuestros libros de historia.
Bibliografía
Martínez, L. A. (1984). A la Costa, costumbres ecuatorianas. Quito: Editorial Printer Colombiana.
Rodríguez Castelo, H. (1984). Prólogo: "A la Costa". En L. A. Martínez, A la Costa (págs. 1-13). Quito: Editorial Printer Colombiana.
Sinardet, E. (1998). A la costa de Luis A. Martínez: ¿la defensa de un proyecto liberal para Ecuador? Bulletin de l'Institut français d'études andines, 285-307.
Sinardet, E. (enero-junio de 2020). La geografía cultural de Luis A. Martínez: espacios e identidad. Kipus. Revista Andina de Letras y Estudios Cuturales(49), 26-40.