What do you think?
Rate this book


294 pages, Kindle Edition
Published May 1, 2019
«Comencemos por el principio: los elevados niveles de endeudamiento e inflación son, en realidad, dos caras de una misma moneda. No hay muchas vueltas que darle: cuando permanentemente se gasta más de lo que se recauda alguien tiene que poner la diferencia. Y las únicas dos maneras de hacerlo son pidiendo prestado o dándole a la máquina e imprimiendo muchos más billetes de los que la economía en realidad precisa. Es nuestra propensión a tener déficit lo que ha generado tantos años de una economía que se endeuda cada vez más y tiene alta inflación.»
«De nuevo, tener déficit no siempre es malo, pero tener siempre déficit sí lo es. Y eso es lo que nos pasa a nosotros. No estamos en rojo por un diagnóstico keynesiano: no importa si la economía crece a tasas chinas o precisa un impulso extra, siempre caemos en déficit. Tampoco es fruto de un Estado pequeño que debe resolver cosas para crecer de manera sostenida más adelante. De hecho, seguimos teniendo déficit a pesar de que el Estado tiene más plata que nunca en su historia. Vivimos en rojo porque no importa cuánta plata se recauda, la gastamos mal. Tenemos déficit permanente porque subgestionamos algo tan grande e importante como el Estado. Hasta que no lo entendamos seguiremos conviviendo con la inflación o el endeudamiento, pero también con otros problemas que se desarrollan en los próximos capítulos.»
«Hoy uno de cada tres argentinos y casi la mitad de los menores de diecisiete años se encuentran sumidos en la pobreza, y ello ocurre mientras el Estado tiene más recursos que nunca antes en su historia. Esto nos debe hacer reflexionar. Cuando gastamos en cosas innecesarias estamos —explícita e implícitamente— condenando a muchos compatriotas a no recibir otras. Esas decisiones son inmorales porque implican no dar lugar a demandas más importantes y más urgentes. Es hora de restablecer otras prioridades en nuestro gasto público. Todo aquello que no contribuya directa o indirectamente —repito, ni directa ni indirectamente— a reducir el número de pobres y mejorar la calidad de vida a la mayoría no debería considerarse prioritario.»