Qué bacán leer una novela santiaguina que sea en Puente Alto y la Pintana, el sector oriente ya está muy sobrerepresentado. Son 3 relatos delirantes, aventureros, divertidos y llenos de rabia, que le tapan la boca a tanta literatura marginal paternalista anterior. Si bien no es un texto pulcro y perfectamente editado la trama se va armando lentamente y de forma muy original. Lo recomiendo mucho.
Hay una voz muy potente y profunda que alude a lugares y sensibilidades bien crudas, marginales, muchas veces con giros cargados de un humor bastante ácido. Sin embargo, a ratos se cae principalmente por su estructura media bolañesca y sus constantes discursos o posturas políticas que funcionan como críticas sociales muy amargas, resentidas y sobrecargadas de intelectualismo que intentan forzar siempre algo chistoso o anecdótico. La primera parte me pareció la más sincera y cercana en la que a pesar de encontrar personajes bien peculiares y complejos, es fácil conectar con ellos y situarlos en este futuro o realidad distópica que se va mostrando de manera sutil, como trasfondo y no como postal turística, sin olvidar lo humano. El resto del libro, al carecer de esta humanidad del principio, se vuelve pesado y redundante, se siente que se mencionan los personajes de la primera parte y algunos temas polémicos sólo como gancho, sin profundizar en ninguno mientras que se prepondera el discurso político y se usan excesivamente siglas o títulos de canciones que caricaturizan y critican a ciertos movimientos políticos y artistas actuales de una manera caprichosa que intenta ser cómica y no lo logra. Aún así es un libro que vale la pena leer, sobre todo por varios fragmentos en los cuales se usa un lenguaje poético muy propio y visceral.
Tres o más historias en una prosa atropelladora y potente, en la que se mezcla el pasado y el futuro de Chile, el cine, los abandonos. Algunas secciones me gustaron más que otras (la primera parte parece mucho más trabajada que la parte de los sueños o los dibujos), pase por profunda risa y por profunda tristeza, pero cuando ya te agarras de un trozo de la historia fragmentaria -o más que historia, una suerte de escena-, el libro te lleva solo.