Escribo reseña unos días después de haber terminado un libro que, pese a su brevedad, no pierde por ello una profundidad mágica. En primer lugar, creo que influye el hecho de que no haya leído casi nada de espacialidad y urbanismo más allá de las palabras que le dedica al asunto Jameson en su libro sobre la Posmodernidad -magníficas, por otra parte- en el hecho de que me haya sorprendido tantísimo. Lefebvre, aunque en ciertas ocasiones del libro recae en esa inexplicable tendencia de los franceses del XX a escribir de forma obstinadamente oscura y enrevesada, es capaz de pensar la concepción del espacio urbano de una forma rompedora, y, lo más interesante, inaugurar una escisión casi insoslayable entre la ciudad, no como concepto sino como realidad social, y lo urbano, en tanto que condición inexorable de la vida en la misma que a la vez se disocia por mediación del Capital. Aunque de vez en cuando se echa en falta un nivel menor de abstracción y un aterrizaje más concreto con ejemplos, ilustra de una forma bastante explicativa como la distribución del espacio urbano es la forma de una especificidad histórica muy concreta que se inaugura con la Revolución Industrial. El capítulo más extenso, el de "El derecho a la ciudad" propiamente dicho, es también y con diferencia el más agudo y claro, que no solo diagnostica las lógicas que divorcian el espacio de sus ocupantes sino que traza una línea de superación del urbanismo. El urbanismo es una policía, what I say.