He dedicado todo el mes de marzo a esta novela, a Jeanne, a su historia, a su vida (novelada), a sus miedos, sus inquietudes, sus sueños, sus deseos y su final. Ayer hubiera sido su cumpleaños y hoy he querido recordarla.
Jeanne Hébuterne ha pasado a la historia, tristemente, por dos acontecimientos íntimamente relacionados: primero, por ser la útlima pareja (que no mujer) en la vida del pintor Amedeo Modigliani; segundo, por lanzarse desde un 5º piso embarazada de nueve meses.
En vida, Jeanne se sintió tremendamente desgraciada y, aunque siempre buscó su libertad y felicidad, me aventuro a creer que nunca lo consiguió. Modigliani fue su salvación y su perdición. Quizá más de lo segundo. En él encontró la libertad y felicidad que creyó merecer, lejos de su tradicional hogar, pero eso no fue más que una ilusión.
Modiglini no erá más que un pintor fracasado, pobre, 14 años mayor que ella, adictor al alcohol, a las mujeres, a la noche de París y enfermo de tuberculosis. Un aparente bohemio, vagabundo del mundo, soñador, seguidor únicamente de sus propias normas, deseos y placeres. Un pobre infeliz que no vendía ni un solo cuadro, que aparecía borracho por las calles y que solo alcanzó la fama después de muerte.
Jeanne también era pintora, pero se juntaron varios factores determinantes: era joven, era bella y era mujer. Nadie iba a tomar en serio su arte. Sus padres tenían preparada otra vida para ella-, más propia para las mujeres-, y su hermano seguía teniendo la imgen de la dulce, casta y pequeña Jeanne, incapaz de enamorarse y entregarse a ningún hombre.
¿Fue Modigliani la perdición de Jeanne? Sin duda. Ella acabó huyendo de la casa familiar para malvivir en un apartamento destartalado, sin comida, sin suministros básicos, sin dinero y siendo consciente de que Modigliani se acostaba con otras mujeres, incluso estando ella embarazada. Haciéndose cargo del alquiler, de las tareas, de agachar la cabeza ante sus padres a cambio de comida, de pasar días enteros sola porque Modigliani tendía a desaparecer con frecuencia y a hacerse cargo de él, pues estaba en las últimas fases de la tisis.
Acabó por dejar de pintar, por odiarse a sí misma, por dejar de ser Jeanne a sus ojos y a los de Modigliani, quien cada vez la retrataba más fea; por gestar dos hijos a los que no quería, por dejar de ser Jeanne, por ser la deshonra de su familia y objeto de toda clase de comentarios indecentes. Por ser la sombra de quien fue con apenas 22 años.
Dos días después de la muerte de Modigliani, incapaz de soportar el dolor ante su partida, los comentarios de sus familiares, el rechazo social y su vacío interno, embarazada de nueve meses de su segundo hijo, se lanzó al vacío desde el 5º piso de la casa de sus padres.
Modigliani fue enterrado con honores. A pesar de no tener dinero, su hermano se encargó de los gastos del funeral. Sus amigos cantaron y bebieron, celebrando la partida del gran genio de la pintura. Jeanne fue enterrada a toda prisa en la más estricta soledad, únicamente con la presencia de sus padres y su hermano. Sin oraciones, sin flores ni epitafio. Su hija había huido con un maldito que se había aprovechado de ella, había tenido un hijo sin estar casada, estaba embarazada del segundo y había sido una suicida.
¿Acaso merecía amor? ¿Acaso merecía compasión?
Diez años después de su muerte, la familia Hébuterne permitió que los restos de la joven descansaran en una tumba junto con los de Modigliani bajo el epitafio: “Compañera devota hasta el sacrificio extremo”.
En su 125º cumpleaños, te abrazo mucho, Jeanne ❤️🩹
@floresyunlibroenblanco