Me hice con este libro a raíz de la excelente reseña que Labijose le otorgo y la aún más sorprendente pésima opinión que les merece al resto de reseñistas habituales. La disensión, el alimento de las almas inquietas y los masoquistas como este que os habla. Así que me dije, estando como está la política que menos que ver cómo nació y cómo la practicaron los senadores romanos. Ahora me queda claro que los políticos no han perdido ni un ápice de su hijoputismo, solo su astucia e inteligencia.
Esta es la historia de Cicerón, el gran orador romano y una de las figuras públicas más importantes de la historia de la República Romana y, por que no ir más allá, de la historia de occidente. Un homine novo, que venía a significar un recién llegado del pueblo llano, un hidalgo de provincias que ascendió a lo más alto gracias a su retórica, su conocimiento del derecho romano y las intrincadas y complejas relaciones humanas y la caprichosa naturaleza del poder. Una figura fascinante, sin duda, pero ante todo política, es decir, un maquiavélico hijo de perra que sabia muy bien a que ascua acercar su sardina y bajo que sombra cobijarse; un hombre de principios flexibles y firme sentido de la moral, siempre y cuando esta coincidiera con sus intereses; un hombre ambicioso, batallador, inteligente, taimado, intrigante con el que es muy difícil empatizar. Un político, vaya, pero qué político.
La historia nos la cuenta su fiel secretario -y esclavo- Tiro, inventor de la taquigrafía con que conseguía transcribir con precisión las largas peroratas de su señor y de los senadores romanos. En estas memorias, un Tiro muy anciano relata la trayectoria de Cicerón desde su labor como abogado hasta su ascenso como cónsul, en las que presenciamos como el retórico va escalando dentro del senado valiéndose únicamente de su elocuencia. No hay nada que no pueda conseguir con las palabras, le recriminan a Cicerón. Y es muy cierto. Para lograr convertirse en el gran abogado del pueblo de Roma es capaz de llevar a juicio a un gobernador por corrupción en uno de los casos más importantes de su tiempo, que es lo que ocupa el primer tercio de la novela. Luego, en un giro de 180º , cambia todos sus principios democráticos para con el pueblo y siembra las semillas del imperio que vendrá apoyando la candidatura Pompeyo como comandante único del ejercito. Por suerte, hay un breve momento de integridad en el que Cicerón se mantiene firme en sus principios gracias al nacimiento de su primer hijo varón. Y no quiero revelar tampoco mucho más pues, aunque tampoco nada de lo que diga puede considerarse un destripe, no voy hacer una mejor semblanza del personaje protagonista en esta reseña que la novela.
Junto que el retrato de Cicerón, las batallas dialécticas en el senado son lo mejor de la novela. De hecho, la contundencia de las argumentaciones contrastan mucho con el estilo en que está escrito el resto de la novela. En efecto, Robert Harris no es precisamente un esteta; mejor dicho, hay muchos pasajes en los que el estilo es directamente desagradable, no pretendidamente desagradable, sino simple, limitado, carente de sustancia y, lo que es peor, cargado de anacronismos. Esto último, usado como recurso estilístico en ciertas obras con ambientación histórica -que NO históricas-, suele gustarme mucho por sus posibilidades cómicas. Sin embargo, cuando tenemos pretensiones de retratar fielmente un periodo histórico concreto, y nos esforzamos en pulir las descripciones, representar cada detalle arquitectónico, los usos y costumbres de cada clase social, los objetos y utensilios que maquillan la vida del pueblo llano y la aristocracia, si logramos realizar el mejor de los frescos de una época, digo, no podemos caer en el error de no adecuar el lenguaje. No hablo de imitar y escribir la obra como si fuéramos un escritor del periodo del que queremos hablar, como hace Juan Eslava Galán en su Búsqueda del unicornio, pero si al menos configurar un trampantojo creíble. Al igual que aplaudí el cuidadísimo uso del lenguaje de Susanna Clarke en Jonathan Strange y el señor Norrell, la forma en que hablan los personajes de Harris no me llevan a su Roma republicana, por lo demás, perfectamente descrita y convincente. Es una desperdicio pulir tanto el continente y dejar el contenido contenido. Es como tocar un cencerro al final de una sinfonía o pintarle un bigote a la Gioconda.
Por lo demás, le doy la razón a Labijose: es una historia buenísima. Prueba de ello es que voy a continuar con la saga, aunque desafortunadamente ya sepa que esto va a acabar como el rosario de la aurora.