«Sé que es una especialidad de la botánica, pero todas las descripciones biográficas deberían ser como la de los árboles, de principio a fin: desde el suelo que nos vio nacer por primera vez, hasta los lugares donde hemos ido esparciendo semillas y seguimos dando fruto»
Es difícil asegurarlo, pero sospecho que así como la epistolar es mi género literario favorito dentro de la ficción, los diarios son mis preferidos en la no ficción. Este es uno así: el diario de una bibliotecaria de colegio ─caluroso, a juzgar por su obsesión con el ventilador─ y su relación con los libros que “guarda” y las personas que la visitan ─a la biblioteca, no necesariamente a ella─. Así nos enteramos de los ensayos humanistas que encuentra «perdidos y derrotados» entre libros de estadística y su deseo por salvarlos, del niño que parece verla como una bruja y que le hace cambiar sus hábitos cafeteros diurnos, de los comején que amenazan con acabar con los libros, de los niños que la hacen sentir ignorante mientras juegan ajedrez o de las obras que leyó mientras hacía su trabajo.
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Es un libro que se nota ─o por lo menos eso me gusta pensar─ no fue escrito para ser publicado. Es personal pero sin ser denso ni cursi; por el contrario, es refrescantemente ágil. Es una pequeñita pero suficientemente amplia ventana a la vida de una bibliotecaria y su biblioteca, sin romanticismo ni idealismos exacerbados o falsos, pero sin perder esa fascinación por los libros.
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Uno no suele conocer a las escritoras que lee. Algunas están muertas y, las que no, a lo más que se puede aspirar es a pedirle una firma, hacerle una pregunta en alguna feria del libro, escucharla en algún evento o, en el mejor de los casos, volverse su pupilo literario. Esto no fue lo que pasó con ella, con Yessica Chiquillo, a quien si bien “conocí” en un encuentro literario organizado por mi librería favorita, este no fue el típico y ortodoxo espacio en el que la escritora monologa sobre su obra sino una tardeada con té y galletitas en el que se habló pura y deliciosa mierda. De hecho, lo primero que supe de ella no fue ni su inspiración, ni su proceso creativo, ni su narrativa, ni su opinión sobre la industria editorial: fue el fastidio tan berraco que siente por el proceso de reportar su gestión, mes a mes, para poder recibir el pago de docente. Si: lo que me acercó a ella fue el compartir esta libertaria cruz de ser contratista.
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Cuando finalmente la leí, un par de semanas después ─y no gracias a esa tertulia literaria─, me sorprendí al encontrar en su narrativa el mismo tipo de expresiones que le vi durante las onces: honesta, aguda, graciosa, sarcástica, inteligente y sin pretensiones.
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De ella sé, además de su desprecio por la burocracia, que odia hacer inventario, que fue bibliotecaria de colegio ─de esa experiencia sale este libro─, que es docente universitaria y que es literata. También que este ha sido el primer libro que le han publicado ─apuesto que no será el último─ y que ahora también está publicando en El Malpensante. Supe que es de Barranca y de familia inmigrante, pero nada de esto último se refleja en su narrativa, no en este libro por lo menos. O que se siente identificada con Clementina, la curiosa protagonista del libro de Pennypacker, lo cual si que se plasma en sus letras.
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No tengo dudas de que algún día publicará un bestiario de los trámites burocráticos, pero antes de eso no puedo esperar a leer una eventual primera obra de ficción; promete ser exquisita.
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