En los últimos tiempos saltan a la prensa noticias como la censura del cartel de una exposición de Egon Schiele, se genera debate en torno a un cuadro de Balthus o a la Lolita de Nabokov... ¿Nos invade una oleada de neopuritanismo? ¿Se instaura el triunfo de la corrección política? ¿Asistimos a un cambio de paradigma moral, al triunfo de la censura y la autocensura? ¿O acaso lo que se está produciendo es una descalificación y hasta criminalización de la protesta? Este libro explora las verdaderas amenazas a la libertad de expresión, que no vienen de minorías, feministas u ofendidos, sino del poder político y legislativo. Porque señalar despectivamente al ofendidito no hace sino criminalizar su derecho, nuestro derecho como sociedad, a la protesta.
Lucía Lijtmaer Paskvan (1977, Buenos Aires, Argentina) es una periodista y escritora nacida en Argentina y criada en Barcelona ciudad donde se exiliaron sus padres. Es especialista en cultura pop desde la perspectiva de género.
Apología del ofendidito. “Ofendiditos” analiza el uso reciente y la historia cercana de términos como (neo)puritanismo, corrección política y “ofendidito”. La tesis principal del texto, como ya indica el subtítulo, es que estas expresiones buscan (o tienen el efecto de) criminalizar la protesta. Desde un punto de vista argumentativo, el ensayo resulta confuso y en ocasiones contradictorio. Adopta, además, un claro enfoque partidista. El siguiente fragmento es ilustrativo: “Todos estos casos siguen una misma dinámica: el eslabón más alto de la jerarquía utiliza los medios a su alcance para realizar una crítica, la que sea, contra un movimiento o grupo social. Cuando este reacciona criticándole con sus propios medios -ya se el activismo digital, la argumentación mediática, la legislación vigente o, por qué no, el humor-, el primero le acusa de censurarlo, de difamarlo o de malinterpretarlo.” Tres aspectos llaman la atención. Por un lado se indica “todos estos casos”, pero la autora ha descrito un único caso (el de Jordan Peterson amenazando con demandar por difamación a una a académica por una entrevista en el medio estadounidense Vox1). Segundo, la autora, que se declara contraria a la criminalización de la protesta, parece aquí muy cómoda con la idea de que se use la legislación para contestar a una crítica (¿no es esto, exactamente, criminalizar la protesta? Finalmente, la dinámica indicada es, de hecho, típica del fenómeno “ofendidito”: activistas critican duramente a una persona o suceso; otros comentaristas señalan la crítica como exagerada y desacertada, tildando a los que la emiten de “ofendiditos”; los “ofendiditos” se consideran agraviados (y alguna periodista escribe un ensayo descalificando esta crítica como criminalización). Parece claro que a Lijtmaer la crítica le parece legítima o criminalizadora según quien la emita. En otros fragmentos del texto la autora incide en la idea de que los que critican al "ofendidito" son personas poderosas, descalificando y atacando con el término a grupos "oprimidos" (alineándose así con la narrativa oprimido-opresor tan popular en la izquierda contemporánea). Sin embargo, en los ejemplos ofrecidos a lo largo del texto, los “atacantes” son comentaristas independientes salidos de internet (Pantomima Full, Un Tio Blanco Hetero o Jordan Peterson) o columnistas, y las “victimas” del uso de estos términos son personas con gran poder cultural (la entonces política y ahora ministra Montero, el British Film Institute o la Manchester art Gallery). Una cuestión interesante que plantea la autora es el uso de "ofendidito", de manera casi exclusiva, para criticar actitudes que vienen de posiciones usualmente consideradas de izquierda (no se llama ofendiditos a los que se ofenden si un cómico se suena con la bandera de España, pero sí a los que lo hacen por un chiste de gitanos). Para Lijtmaer esto parece ser evidencia de que el uso del término tiene una agenda política (conservadora, de (ultra)derecha) oculta y debe por tanto ser rechazado. Una hipótesis alternativa, que hubiera sido interesante explorar, es que el uso de este nuevo término responde a una nueva realidad: las corrientes mayoritarias de la izquierda, antaño defensoras de la libertad de expresión (y de ofensa), ahora tienden, desde una posición cultural dominante, a querer ponerle coto en nombre de limitar la ofensa o las ideas "problemáticas" (mientras tanto las corrientes conservadoras son más consistentes en querer limitar la libertad de expresión si esta entra en conflicto con el orden establecido). En relación a esto, la autora sugiere, al explorar la historia del término "corrección política" que realmente este es una invención de la ultraderecha. En el epílogo, sin embargo, reconoce que esta descripción es errónea ("Un compañero me aconseja leer a Richard Rorty. Tiene sus reparos con mi descripción de lo políticamente correcto como una invención de la ultraderecha. Tiene razón, no debería considerarse una conspiración orquestada"). Reconocer su error le honra, pero, ¿no debería reescribir el libro (o al menos la sección relevante) si ella misma lo considera incorrecto? Quizás no, si el objetivo del libro no es hacer un análisis certero del fenómeno al rededor de la idea de "ofendidito", sino dar argumentos a los del propio bando, ya convencidos, y criticar a los del bando opuesto, mostrando así la propia virtud y alineamiento ideológico. También hay algunos errores factuales. Se nos dice (refiriéndose principalmente a los Estados Unidos): "... la expresión políticamente correcto: en los noventa se circunscribía a un mundo académico estadounidense muy concreto, considerado doctrinario, y en los dos mil reflota, con un nuevo significado, para referirse a una multitud informe de recatados y censuradores". Sin embargo, la discusión sobre la corrección política era bastante común ya en los noventa. Por ejemplo, el programa “Politically Incorrect” de Bill Maher se emitió desde 1993 hasta 2002 con gran éxito y recibiendo varios premios. Se hace también una referencia a la afirmación, no por repetida mil veces menos engañosa, de que las denuncias falsas por violencia de género en España son el 0.01%. En realidad ese es el porcentaje de denuncias que acaban con la denunciante condenada por denuncia falsa; el porcentaje que acaban con el denunciado condenado es, en torno al 70%2. Tan engañoso es decir que solo el 0.01% de las las denuncias por violencia de género son falsas como decir que el 30% lo son. En definitiva, el libro tiene poco interés como tratado sociológico, pero quizás pueda servir como documento ilustrativo de las guerras culturales que nos envuelven a comienzos del siglo XXI.
《A história avisa-nos. O neopuritanismo é sempre conservador e aponta baterias contra quem mais reclama liberdade. A ironia do Feroz Analista ofendido contra o ofendidinho não pretende outra coisa senão recuperar a sua centralidade perdida no discurso dominante e reafirmar aquilo que define o «bom gosto», determinar aquilo de que se fala ou não e, sobretudo, como se fala disso. Da sua tribuna, tudo o que é diverso é histérico e, portanto, impugnável. Por outro lado, ao espernear contra as mudanças sociais e a crescente pluralidade de vozes, mascara os verdadeiros problemas de liberdade de expressão que temos no nosso país e o fantasma que percorre a Europa: o fascismo. Tudo o resto, assim como o que é sólido (e, por que não, como as bruxas), dissipa-se no ar.》
«Ofendidinhos» parte de uma proposição pouco debatida e pertinente: a ideia de que a extrema-direita procura descredibilizar e deslegitimar o direito ao protesto, minando assim a oposição. E Lijtmaer não está errada ao afirmá-lo. Mas este ensaio tem algumas fraquezas a um nível que não é elementar. Não é a tese que está em causa, é a sua defesa. Primeiro porque há aqui uma clara demarcação política - que afasta este ensaio de um plano puramente analítico; depois porque há alguma insistência na formulação eles/nós, homens/mulheres, esquerda/direita como se estas dicotomias, por si só, explicassem o desvio acentuado que nos estamos a permitir como sociedade que, uma vez mais, opta pelo policiamento do pensamento. Lijtmaer esquece aqui uma coisa essencial: a ideia de que não só de uma dicotomia opressor/oprimido nasce a necessidade de controlar a narrativa - assumindo nós que é o primeiro destes dois que tem o poder de o fazer -, mas que o próprio modelo económico (capitalista) nos empurra para o autocontrolo e a autorregulação ao corroer o sentimento coletivo com retóricas de segurança e prosperidade quesãofacilmente manipuladas por este setor. É daí, de um coletivo que se sente (enganadoramente) ameaçado que acredito que nasça e se consinta esta perseguição aos ofendidinhos - definidos como elementos de oposição e crítica - que a autora compara às perseguições de deslegitimação de Salem (não sem razão):
《O ofendidinho é o novo alvo de chacota que substitui a senhora de meia-idade que nos vê do sofá lá de casa. Este estereótipo, bem conhecido e usado no setor do audiovisual, caricaturiza aquela senhora da província que não percebe de política nem de sofisticações, para quem são realizadas as comédias familiares e as telenovelas da tarde. Uma figura simples, um ser significante ao qual se podem atribuir todo o tipo de atitudes e gostos, já que o poder está em quem define, não no sujeito em si.》
Onde a autora e jornalista leva todos os pontos é no escalpelizar dos métodos de desacreditação dos movimentos sociais - sobretudo se falarmos em movimentos de classe trabalhadora, movimentos com um núcleo jovem e ativismo de género - os quais são muito rapidamente apelidados de fascistas por se mostrarem críticos de elementos/figuras de poder. Esta retórica, aliás, é muito frequente num regime democrático e funciona precisamente porque a acusação é como um rótulo que vai consumindo a legitimidade do acusado (isto se não lhe assentar como uma luva, caso em que passa a ser desfraldado como bandeira). Ser democrata e ver-se acusado de fascista, assusta. E é fácil jogar com esse medo.
《Todos estes casos seguem a mesma dinâmica: o elo mais alto da hierarquia utiliza os meios ao seu dispor para lançar uma crítica, seja ela qual for, contra um movimento ou um grupo social. Quando este reage criticando-o com os seus próprios meios - seja o ativismo digital, a argumentação mediática, a legislação em vigor ou, porque não, o humor -, o primeiro acusa-o de o censurar, difamar ou de deturpar as suas palavras.》
As minhas reservas em relação a este ensaio acabam por se relacionar com a sua execução (confusa e contraditória) e não com o seu conteúdo. Lijtmaer centraliza a sua análise e aperta demasiado o foco para conseguir sustentar a premissa. Não basta dizer que é apanágio da extrema-direita trabalhar a retórica da desacreditação, é preciso contextualizar a reescrita histórica que se está a presenciar. Esse é, parece-me, o tópico essencial.
《...há agora um novo referencial temático nos meios de comunicação: Vox, Bolsonaro, Salvini, Hogar Social Madrid, a Fundación Nacional Francisco Franco, Hazte Oír, Jim Goad e Jordan Peterson tornam-se primeiro objeto de reportagens informativas e depois de entrevistas nas quais podem difundir a sua mensagem escudando-se, claro, na liberdade de expressão: as suas ideias começam a fazer parte, muitas vezes sem contraponto, da opinologia do clique e dos painéis de comentadores. O fascismo, a extrema-direita e os discursos de ódio instalam-se como temas de debate equidistantes.》
Porque permitimos a existência e convivência de partidos de ideologia fascista nas bancadas parlamentares? Porque damos tempo de antena a movimentos extremistas? Porque temos tanto medo de proteger a democracia? Porque permitimos que a defesa dos valores democráticos seja atacada por retóricas ocas e agredida por elementos destabilizadores? Procurar entender como e porque permitimos a normalização de princípios racistas, sexistas e discriminatórios, claro, não cabe no espaço de um pequeno ensaio, mas seria importante abrir essas portas. Uma análise histórica (e não só política) fazia aqui falta. Mas isto não desmerece o texto que a autora nos traz. Criar espaço para debater estes temas - debater como antónimo de silenciar - é cada vez mais pertinente. Basta espreitar a secção de comentários estranhamente apaixonados do Goodreads (a sério, espreitem a amostra pequena, mas boa) para perceber que este não é um debate inócuo. Louvo a coragem!
Sin desmerecer el texto en sí, que me parece muy útil para sacar conclusiones muy interesantes y necesarias para entender el mundo en el que vivimos, no puedo dejar de pensar que la autora viene a decir que la crítica solo es válida si quien la emite tiene el carnet de válido emitido por alguna asociación próxima a la moralidad de moda. Y, para mí, esto se parece mucho a la censura. Y no me gusta nada que desde tarimas que se erigen adalides de la libertad de expresión y el buen hacer vengan a vendernos este cuento de que solo algunas opiniones son válidas y el resto deben cancelarse. ¿Donde está la izquierda punky?
Puta el libro malo jajajajajaja. Pelea con un tremendo mono de paja, que son los fascistas malos machistas neoconservadores caca pichí, con una colección de lugares comunes que dan pa hacerle un apéndice al diccionario de Flaubert. Si es que se trata de eso. Yo no he leído a Flaubert. Por lo menos ese libro no. Se manda unas tesis históricas que son pero pa cagarse de la risa, como que el concepto de puritanismo es el religioso americano y ahí pasó a los neconservadores, sin evolución intermedia. Dice (creo que literalmente) que desde su origen religioso casi nadie utilizó el concepto. Por supuesto, recordé a H.L. Mencken, que murió en los 50 del siglo pasado y su cita citable que consiste en definir puritanismo como "the haunting fear that someone, somewhere, may be happy", pero hay 100 mil referencias más, muchas sobre la prohibición de alcohol de los años 20, que uno podría recordar para subrayar la estupidez de la afirmación. Lo mismo la idea de que la lectura "tradicional" de la historia de las brujas de Salem es sobre la subyugación femenina. Ahí estaba la hueá. Esa era precisamente la lectura que tenía en mente Arthur Miller, por el que los de este lado del mundo nos enteramos sobre ese caso. Palos para Jordan Peterson, palos para Dinesh D'Souza. Así cualquiera. La idea de que la queja contra la moralina de la izquierda actual sería una importación de una discusión gringa (real) se salta el detallito de que esa moralina tiene el mismo origen geográfico (ya que se trata de simplificar). Al final, se manda la tesis de que toda esta idea de quejarse por el moralismo de la izquierda actual es, a ver, a ver, adivine lector ... para criminalizar "la protesta social"!. Si la autora en lugar de española hubiese sido chilena se manda un colofón con la expresión "jueron loh pacoh". Mi lectura favorita de este año.
Nos hemos acostumbrado tanto a que se normalice en la guerra cultural de las redes y en la prensa el uso de términos como “puritanismo” o “censura” que impresiona que Lucía Lijtmaer señale algo que de tan evidente quizás pasa desapercibido: se habla de “caza de brujas” cuando precisamente se denuncian conductas en las que las víctimas son mujeres y hay algún contenido sexual. Este breve ensayo toca algunos de los asuntos fundamentales de este momento pero sobre todo es más interesante cuando retrocede a rastrear los origines de la caracterzación peyorativa de la ideología de izquierda, de género o de minorías culturales como “corrección política” para caricaturizarla como radical.
Apenas 100 paginas le bastan a Lucía Litjmaer para indagar en el origen y la evolución de ciertos conceptos que tanto leemos hoy en día: puritanismo, ofendiditos, políticamente correcto o linchamiento. La periodista, presentadora y cómica da un vistazo revelador sobre como se ha confeccionado a lo largo de los años este sistema global, destapando incoherencias y trampas que han ido dejando por el camino.
Este breve ensayo se compone de un prólogo que nos expone su tesis, para desarrollar todo su contenido en cuatro breves capítulos centrales y dar su postura más abierta en el epílogo. Por tanto, “Ofendiditos” no trata de aleccionar en ningún momento, si no que prima su afán de exponer los hechos. Es verdad que el tono es mordaz e invita a pensar, pero es que el contenido da más que para ello.
"Ofendiditos" se me antoja un texto más que recomendable si quieres conocer la trayectoria de muchas de las cosas que vivimos y leemos hoy en día. Todos estamos conectados, ya lo decía Carl Sagan.
En una primera lectura creí que yo no entendía el planteo, en una segunda me di cuenta de que en muchas partes es confuso y no se entiende del todo a dónde quiere ir con algunas referencias históricas que si bien son interesantes no logran integrar un hilo argumental. La posición que plantea es la critica a quienes utilizan términos como "ofendiditos" o "neopuritanas" para desvalorizar la denuncia de sectores del feminismo que ponen en evidencia situaciones de violencia de género, abusos, discriminación, etc. Acompaño mucho de lo que dice la autora, creo que vivimos un tiempo en los que quienes tienen más poder mediático o social determinan lo válido e inválido, incluso para habilitar cómo una persona vive determinado hecho o situación, que esa desvalorización del sentimiento o valor del reclamo es un recurso usado habitualmente. Si bien el libro tiene información interesante, creo que le faltó una vuelta de tuerca a la argumentación, al funcionamiento de la estructura total y en muchos momentos más que argumental parece panfletario.
Solo puedo decir que: sin presunciones ni moralismos, Lucía Lijtmaer expone y contextualiza la eterna lucha del poder e infantilización hacia aquellos que, desde que venimos al mundo, estamos privados de unos privilegios que unos pocos amasan desde hace generaciones y no desean ceder ni un milímetro.
Irregular. En moltes ocasions m'ha faltat context, desenvolupament, i una connexió més lògica per lligar temes. Les conclusions m'han semblat incomplertes.
Argumentos sólidos para explicar un fenómeno complejo, generalizado y tan fácil de enmascarar. "Desde su tribuna, todo lo diverso es histérico, y, por lo tanto, impugnable". Para releer en unos años.
Leer este "ensayo" es una sensación constante de "you have been PSOEd" pero con Podemos.
Sé que se publicó en 2019, cuando el tema de la corrección política era muy candente. Pero qué hartura. Y aun así, sigue siendo un tema que a la gente le sigue pareciendo relevante y actual. Nadie puede negar el peligro de la ola reaccionaria que nos está acechando, que niega derechos básicos y encima si te quejas acuden a la libertad de expresión. Pero es que esto no deja de ser una competición de pataletas entre la derecha e izquierda socialdemócratas.
Cuando se habla de corrección política, generación de cristal, "es que ya no se puede decir nada porque un colectivo se siente ofendido y te denuncia"... cada hala ideológica se lo lleva a su terreno: "el ofendidito eres tú". La singularidad de este texto es que está escrito claramente por alguien que se posiciona en el hala izquierda de la socialdemocracia española, probablemente Podemos o Sumar. Por lo tanto, los ofendiditos y contra los que carga son los humoristas rancios, los streamers reaccionarios y los políticos de derechas.
Ella reivindica el derecho a la protesta. La protesta: publicar un tuit. Cualquier crítica a la izquierda es, según sus palabras, básicamente para hacernos los chulos porque es la moda tío. Los resultados nefastos de la izquierda no tienen nada que ver en esto, qué va. Ella no se pregunta por qué cada vez hay más gente cansada de esta izquierda moralista y blanda. Para qué.
Pero sin duda lo que más decepciona de este ensayo simplón y carente de profundidad es la falta de autocrítica hacia su propia ideología o partido político afín (como pasa siempre con la izquierda española). Es decir, la autora tiene los santos ovarios de hablar de ola reaccionaria, el fascismo que recorre europa, Hogar Social Madrid, Hazte Oír, Vox... cuando es precisamente la izquierda socialdemócrata la que ha dejado que estas organizaciones anden a sus anchas con total libertad sin ningún tipo de confrontación efectiva. Porque la izquierda socialdemócrata es la principal causante de la desmovilización obrera que hay en España desde hace décadas. Y hay una parte en la que tiene el valor de quejarse de la Ley Mordaza, cuando han sido sus partidos afines de izquierdas (los que prometieron tomar el cielo por asalto) los que dentro del gobierno no han hecho absolutamente nada por intentar abolirla.
Esta sagaz escritora, periodista y ensayista española intenta entender porqué ciertos discursos de los políticamente correcto hoy pasan a la vereda de sentirse desplazados/as u ofendidos/as. Casi una lectura de lo que ocurre hoy en Chile con el escuálido movimiento “Amarillos por Chile”. Discursos de antaño que parecen querer implantar la lógica de que sus ideas son igual de válidas que el resto: segregación, racismo, discriminación hacia la comunidad LGTBIQA+, entre otros. Con su gran exponente que ha sido el ex presidente Trump, esta periodista analiza los casos españoles (incluso nombra a Chile con el análisis que realiza Tomas Jocelyn-Holt ante el movimiento feminista; como un ofendidito más) para entender que lo que se intenta restringir es la libertad de la protesta, de no estar de acuerdo con lo que antes se creía válido. No es que no puedas expresarte o tener libertad de expresión como se ha querido plantear el dilema, sino que que hoy ya no puedes decir las bárbaridades que piensas y sientes cuándo afectan y discriminan a un otro u otra. Un ensayo pequeño pero que te permitirá entender un poco este discurso de cristal ante las nuevas ideas que están emergiendo en el mundo y en: ¡Hora buena!
Ayer de aprobó un retroceso brutal en los derechos reproductivos de las mujeres en USA mientras que la extrema derecha está alzándose en todo el mundo apoyada por la redes sociales que nos iban a volver más inteligentes. Es importantísimo leer este tipo de ensayos, dejárselo a cuanta más gente mejor e intentar desactivar como sea a todos esos villanos. Quejaos. Quejaos mucho.
¡Excelente análisis! Necesario, pero insuficiente. Su defecto es que cierra de manera abrupta. Sus virtudes son muchas: rastrea los orígenes de las trampas que hoy plantean los defensores del status quo, reconoce el valor de la protesta, analiza los mecanismos (muchas veces legales) para silenciar palabras disidentes.
4,5. Muy buen ensayo. Los censores y los puritanos; esas especies que han visto amenazados sus privilegios patalean y tratan de reafirmar sus viejos poderes. Cuantas veces no hemos escuchado: “Ahora con la corrección política no se puede decir nada”. Un texto de urgencia para una sociedad que ve eso con lo que termina el libro, el fantasma del fascismo.
Como dice alguna review que he visto por ahí, es una pena que esto no lo vayan a leer quienes más deberían leerlo. Un texto muy necesario, aunque a veces un poco confuso en la argumentación. Me ha hecho pensar en todos los presentadores de este país que blanquean la ultraderecha (ya sabéis quien digo)...
Conteeeeeeexto pliiiiiis. Tal vez lo relea después de haber investigado más del tema, pero la verdad es que me faltó más info para poder captar lo que la autora quiere decir. Está en español, pero siento que está en otro idioma jaja. Digamos que entendí un 75% pero no sé cómo se puede aplicar a mi contexto que supongo es distinto al de España sobre sus conflictos de protesta.
Está muy bien si lo fuese a leer la gente que de primeras no está de acuerdo con lo que dice Lucía. Peeero todes sabemos que solo lo vamos a leer quienes sí que estamos de acuerdo. Y a mi, personalmente, no me ha aportado nada nuevo.
Es una lectura rápida, la temática puede hacerlo algo pesada pero no es una lectura complicada. Quedo con un mal sabor de boca respecto a la sociedad, y sin ganas de leer sobre temas sociales. Si se define un tema como eje central en el texto, sería la libertad de expresión. Este texto no se polariza ni intenta decirte que es lo correcto, pero señala directamente a los polos de la discusión. Hace una presentación de situaciones e información sin imponer un punto de vista, para que el lector tenga una perspectiva mas amplia. Mi conclusión al leer este ensayo, es que en los temas sociales se maneja una filosofía de que el que grita mas fuerte tiene la razón, cuando realmente nadie sale ganando. La radicalización de cualquier punto de vista solo nos lleva a gritarnos "Cállate" unos a otros.