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Segundo volumen de la bilogía que se inició con Su banana. Penélope Bloom llega a España con sus grandes bestseller. Una nueva forma de endulzar tu postre.
¿Que cómo la conocí?
A ver, un caballero no alardea.
Menos mal que yo no soy un caballero.
En primer lugar, pagué por su cereza… (su tarta de cereza, aunque no viene a cuento).
Luego la desfloré.
¿Después? Le dejé mi tarjeta de visita y salí de allí pavoneándome.
Sí, ya ves que lo nuestro fue un flechazo.
Hailey
¿Que cómo conocí a William?
Entró en mi pastelería, compró una tarta de cereza, robó un jarrón de flores (que sigo saber para qué las quería) y me dejó su tarjeta de visita.
Antes de decirte lo que hice con la tarjeta de visita, debería dejar algo claro:
William no podía haber aparecido en peor momento.
Mi pastelería iba cuesta abajo.
El asqueroso de mi ex no me dejaba tranquila.
Ah, y era una virgen de veinticinco años, un detalle con el que mis amigos no dejaban de darme la tabarra.
Arreglar el problemilla de mi virginidad con William sería como matar moscas a martillazos. Una exageración, pero de las buenas.
William estaba tan bueno que no era normal, tan bueno que las mujeres hacían cosas que tampoco eran normales. Tan bueno que me llevó a hacer locuras. Como pensar que a la mosca no le importaría morir a manos del martillo de William y de sus duros abdominales. Y ya somos dos.
Así que lo llamé.
A lo mejor lo hice en contra del sentido común. A lo mejor estaba a punto de darme un batacazo.
Sabía que acababa de meterme en un buen lío cuando soltó una carcajada y dijo con esa voz tan ronca y sensual por teléfono:
—Todavía me tienta tu cereza. ¿Haces entregas a domicilio?
200 pages, Kindle Edition
First published August 24, 2018



«Ese tío sabía que yo era virgen. Estaba claro que lo sabía. A lo mejor había un club secreto de tíos buenos que se pasaban los nombres de las vírgenes locales. O a lo mejor lo había adivinado solo con mirarme, porque era así de evidente.»
«Cuando la conocí, me pareció un desafío. Era virgen, y eso significaba que tenía algo que yo podía quitarle. Algo que no le había entregado a nadie en todo ese tiempo. El cleptómano que llevaba en mi interior se sintió atraído.»
«Era el tipo de mujer que me atraía. Había visto reflejada su lucha interna en la cara tan clara como la luz del día. Le gustó lo que veía, pero era lo bastante lista como para darse cuenta de que yo era un gilipollas. En otras palabras, esa mujer suponía un desafío. ¿Dónde tenía que firmar?»
«Sí, tenía un problemilla con la cleptomanía. No, no pensaba cambiar. Ese era el diagnóstico médico si nos ponemos puntillosos. Me gustaba robar cosas. Todo empezó cuando Bruce y yo crecimos en la pobreza, unas circunstancias que lo justificaban. Al final, comprendí que robaba cosas porque me gustaba hacerlo, no porque necesitáramos el dinero. Siempre me había visto obligado a buscar sitios donde guardar mis tesoros, y el salón de trofeos era el epítome de todo mi trabajo. Allí era donde guardaba las mejores piezas.»
«—¿Por qué tengo que ser Swayze? Quiero ser Demi Moore.
—Nos turnaremos. Al fin y al cabo, un Chamberson siempre paga sus deudas.
—¿Los Chamberson también tiran por las ventanas a los niños pequeños y se acuestan con sus hermanas?
—Depende de si el niño pequeño en cuestión se lo merecía, y solo tengo un hermano. Así que no, mi parecido con Jamie Lannister, de Juego de tronos, termina en lo de la deuda.
—Qué pena. La lucha a espada me pone muchísimo.
—Siempre puedo aprender.»
«No me consideraba una experta, pero reconocía la divinidad cuando la tocaba. Su culo era la imagen perfecta a la que todos los culos aspiraban. Era un Ferrari al lado de los Toyota Corolla de la mayoría de los hombres.»