Extraviarse en medio de lo conocido, mientras extrañamos hallarnos en los confines de lo ignorado, constituye una costumbre atípicamente habitual, propulsada por el temor al respeto y el desdén ante la prudencia. Nos desvivimos por mantenernos conectados a lo que nos descarga hasta la última gota de energía, al punto de separarnos con una larga línea de aquello que nutre las fibras que vibran en armonía con la más íntima plenitud.