Garcés expone sobre un lienzo crítico un dibujo póstumo del mundo, de un ser humano desesperanzado que vive bajo el martirio constante de la finitud de la vida. Relaciona esta idea con la imagen de la “retropía”, la idealización de un pasado que observamos como un chaleco salvavidas en la lejanía del oleaje mientras la sociedad lucha por sobrevivir desamparada en un mar de dudas. Un escenario extremista que nos ha convertido en seres indiferentes. Indiferencia como producto de un sentimiento constante de caducidad, la sociedad del “hasta cuando”.
“¿Hasta cuándo tendré empleo? ¿Hasta cuándo viviré con mi pareja? ¿Hasta cuándo habrá pensiones? ¿Hasta cuándo Europa seguirá siendo blanca, laica y rica? ¿Hasta cuándo habrá agua potable?
¿Hasta cuándo creeremos aún en la democracia?... Desde las cuestiones más íntimas hasta las más colectivas, desde lo individual hasta lo planetario, todo se hace y se deshace bajo la sombra de un «hasta cuándo». Aunque la historia se haya puesto en mar-cha, seguimos sin tener futuro”.
Saturación de información, de acceso a ella y de necesidad constante de una opinión. Necesitamos opinar y tomar bando en poco tiempo, sin haber tenido tiempo para “digerir” lo recibido. Nos convertimos sin darnos cuenta en loros que repiten con una melodía tediosa lo que el partido político de turno publica en redes sociales, rodeado de inyecciones constantes de dopamina plastificada para que nuestra atención logre memorizar el mensaje.
“El hecho de tener una opinión neutraliza la exigencia de tener que ir un paso más allá para que pueda ser puesta en cuestión. Todas las opiniones valen lo mismo porque son eso: opiniones. Estandarizadas en cuanto tales, pierden toda fuerza de interpelación y de cuestionamiento”.
Carga contra la idea utópica del solucionismo; un mundo en el que no haya problemas porque todo esté delegado a unas máquinas que se ocupen de hacerlo todo. Si no tenemos algo que solucionar, algo que nos obligue a mirarnos al espejo, ¿cuál es el sentido de vivir? Es una idea platónica, que pone lo negativo en un cajón intentando tacharlo de innecesario cuando eso negativo da sentido a lo positivo, al crecimiento, a la individualidad.
“¿Es esto vivir? Es una pregunta, como él mismo escribía, que está al alcance de cualquiera y que puede aparecer en cualquier contexto de vida. No apela a una objetividad calculable sino a una dignidad que siempre puede ser puesta en cuestion […], afirmar que el tiempo de la humanidad puede llegar a agotarse pero que lo humano es precisamente aquello que no está acabado”
¿Su solución? Una nueva ilustración radical, un movimiento de duda frente a los dogmas inculcados que nos impiden tener una crítica, un pensamiento propio y por lo tanto una razón de ser.
“su crisis está directamente relacionada con la distancia que se ha abierto entre lo que sabemos, acerca del mundo y de nosotros, y nuestra capacidad de transformar nuestras condiciones de vida. Hemos constatado históricamente que saber más, tener más educación, más información, etc., no nos hace más libres ni éticamente mejores. Tampoco ha contribuido a forjar unas sociedades más emancipadas. De ahí la profunda desproporción que nos asalta y que hace de nosotros analfabetos ilustrados”.
Muy muy muy muy buen libro, denso en algunos puntos pero que refresca.