Eduardo, un triste funcionario aficionado a los documentales, vive un apático matrimonio en el cual la comunicación brilla por su ausencia y donde sus dos hijos no paran de jugar en la PlayStation a juegos cada vez más violentos. Es por ello por lo que, cuando en el Ministerio donde trabaja le ceden un apartamento por medio de oscuros chanchullos, Eduardo encuentra en él una vía de escape. Desde ese apartamento, a doce pisos, treinta y seis metros de altura, con su cafetera y su televisión nuevas, Eduardo descubre en las noticias cómo en su añorada España, donde estuvo viviendo y donde conoció a su mujer, la crisis económica y una bacteria devoradora de billetes siembran el caos.
En la editorial Barrett hay vida más allá de Panza de burro. Y vaya que si la hay. Santiago Ambao es un autor argentino que, aunque residió durante unos años en España, su huella literaria se refleja sobre todo en su lugar de origen. Al igual que sucedió con Panza de burro y su madrinazgo por Sabina Urraca. En esta ocasión, es Sara Mesa la que hace de esa interesante figura de los Barrett, de editora por un libro.
Treinta y seis metros es lo que podrían considerarse una novela de oficinistas. Como viene suceder en este tipo de narraciones la frustración, la alienación se convierten en lugares comunes. El personaje principal es un trabajador de un ministerio. Parece ser que en el universo literario de Ambao los ministerios se convierten en elementos habituales
. Una novela muy acorde con nuestro tiempo, de corrupciones y soledades. Estos elementos, sin embargo, ocupan solo la superficie de una historia que tiene mucho más. Por ejemplo, una narración muy cercana a la ciencia ficción y al mismo tiempo a nuestro tiempo, que habla sobre bacterias y pandemias.
Pero más allá de lo que escribe, Ambao demuestra ser un maestro en lo que guarda en silencio. Treinta y seis metros permite tantas lecturas como capacidades tenga un lector. Y más allá de su muy decente y cuidada narrativa, de su capacidad de radiografiar un tiempo o su facilidad para entretener, es esto lo que hace que se trate de una obra que requiere un mayor hueco en el panorama actual.
Luca lo miró, ahora con una expresión en la que Eduardo interpretó sadismo, aunque pronto comprendió que se trataba de euforia. Se preguntó si el sadismo y la euforia eran limítrofes.
Este libro es la genialidad de lo no dicho, o por ahí de lo dicho en silencio, entre líneas, con otras palabras.