Un libro imprescindible de la narrativa boricua y caribeña del siglo XX. Con gran maestría hace usos del lenguaje, así como de la ironía y el humor negro al presentar al Puerto Rico rural de la década del treinta. A veces da miedo por lo poco que ha cambiado nuestro país en casi un siglo. Lo peor es que el Puerto Rico rural sigue siendo invisible no tan solo para el gobierno, sino que para la literatura boricua y los autores del sigo XXI. Belaval, sin duda es un gran maestro de la narrativa a la par con Juan Bosch, entre otros grandes narradores antillanos e hispanoamericanos. Un grande. Enorme. Por si fuera poco, su uso del lenguaje campesino de la época fue un viaje por mis propias memorias de la infancia y adolescencia rurales. Mi abuelita usaba muchas de estas palabras que tanto mi madre usaba y yo todavía uso, aún luego de haberme mudado a la ciudad. Los personajes de estos cuentos se han mudado todos a mi memoria. Serán muy difíciles de olvidar. Qué grande, Belaval. En la actualidad creo que la escritora española Cristina Sánchez Andrade, autora de El niño que comía lana quizás pueda asemejarse un poco a la genialidad de Belaval. Recomendadísimo.
Posiblemente uno de los mejores libritos de cuentos jamás escritos en Puerto Rico. Belaval con gran destreza narrativa nos sumerge en la miseria de aquel Puerto Rico de las décadas del 30 y 40, presentándonos un campesinado sumido en la miseria y asediado por el monocultivo de las centrales azucareras norteamericanas. Una propuesta literaria audaz, al mezclar el habla pueblerina con la culta, con una ironía tan oscura como brillante.
Es, hasta el momento, una de las mejores antologías de la cuentística puertorriqueña. La literaturización de la miseria que experimenta el jíbaro durante la década del cuarenta a causa del desplazamiento industrial, la muerte de los niños, las tormentas plataneras y la dura americanización que aún asimila la dudosa identidad puertorriqueña. Es un texto macabro, duro y cómico a la vez. Lo recomiendo al cien.