4,5⭐
Una novela cruda y descarnada de las que te dejan con el corazón dolorido. De las tres novelas que he leído de esta autora es la que más me ha gustado.
Dice la sinopsis:
En el centro de esta novela hay un niño de doce años: Théo, hijo de padres separados. El progenitor, sumido en una depresión, apenas sale de su caótico apartamento, y la madre vive consumida por un odio sin fisuras hacia su ex, que la abandonó por otra mujer. En medio de esa guerra, Théo encontrará en el alcohol una vía de escape. A su alrededor se mueven otros tres personajes: Hélène, la profesora que cree detectar que el niño sufre maltrato a partir del infierno que vivió en su propia infancia; Mathis, el amigo de Théo, y Cécile, la madre de Mathis, cuyo tranquilo mundo se tambalea después de descubrir algo inquietante en el ordenador de su marido... Todos estos personajes son seres heridos. Marcados por demonios íntimos. Seres que caminan hacia la autodestrucción, y a los que acaso puedan salvar las lealtades que los conectan.
¿Qué es lo que destaco?
El título, "Las lealtades", que son el eje central, y la definición tan completa de "lealtades" que nos ofrece la autora al comienzo del libro.
La prosa, directa, sin florituras, cruda como lo que narra. El ritmo es ágil. No tiene muchas páginas y se lee bien.
La trama se articula en torno a cuatro personajes, dos niños de doce años, Théo y Mathis, y dos adultos, Hélène, la tutora escolar de ambos y Cécile, la madre de Mathis. Hélène y Cécile nos van a hablar en primera persona, Théo y Mathis por medio de un narrador equisciente. Uno de los aciertos del libro es precisamente esta elección diferenciada de narradores. Las dos adultas hablan por sí mismas, desde sus convicciones y su madurez por muy cuestionable que esta sea. Los dos preadolescentes, inmaduros por definición, no saben cómo lidiar con lo que les ha tocado en suerte; actúan como los niños que son.
Estamos ante una novela de personajes que toman malas decisiones.
Théo es un niño cuyos padres divorciados comparten su custodia. Sus dos progenitores no se tratan, tienen una vida compleja y el niño teme que el uno sepa lo que pasa en la del otro. Está solo en medio de una situación imposible, con sus lealtades divididas, sin poder recurrir a nadie y sin saber cómo gestionar. El alcohol será su manera de escapar tanto como de pedir auxilio a gritos.
Mathis es el amigo y compañero de colegio de Théo. Bebe con él, aunque lo hace más por amistad y por lo que tiene de transgresión, que por cualquier otra razón. Es el único que conoce la situación de Theo y aunque incapaz de valorar el riesgo que corre, llega un momento que teme por él. Sus lealtades están divididas entre guardarle el secreto a su amigo (lealtad entre iguales tan propia de esta edad), o contar lo que ocurre a un adulto.
Hélène, la profesora, detecta algo raro en Théo, pero mediatizada por su propio pasado, no sabe mirar y diagnostica mal. Su lealtad hacia su alumno está empañada por su obsesión.
Cécile, la madre de Mathis, descubre que ambos beben. Hija de un alcohólico se lo oculta a su marido (que a su vez tiene tela), por temor a que se la culpe por haberlo heredado de ella. Ella sabe cuál es su deber y hace un intento de llevarlo a cabo, pero sumida en sus propios problemas matrimoniales, no pasa de eso, de un intento. La negligencia de esta mujer, su dejadez, fue lo que más me indignó. Cécile es leal solo a sí misma por mucho que crea serlo a su hijo.
Me ha gustado el final abierto. Este tipo de finales, por lo general, no me agradan, pero reconozco, que para esta novela, es más que apropiado.
¿Y qué me ha gustado menos?
Delphine de Vigan escribe muy bien, pero siempre me resulta un poco distante, un poco fría. Entiendo que es una apreciación subjetiva.
En conclusión. Una novela cruda, dura, descarnada y bien contada. Recomendable.