Inéditos algunos y publicados otros en diversos libros o periódicos, los textos -fundamentalmente cuentos- que Sánchez Ferlosio reúne en El geco presentan, en su aparente dispersión, una extraordinaria unidad. Sus protagonistas –personas, animales o paisajes- parecen, como el geco que da título al volumen, tratan de expiar y liberarse de una culpa de la que, sin embargo, no son verdaderos responsables. Todos los cuentos mantienen un severo equilibrio entre lo cotidiano y lo fabuloso, entre la ferocidad de la épica y la poesía del instante; todos permiten reflexionar sobre temas omnipresentes en la obra del autor. Así, la brutalidad del poder que impone su injusticia aparece en “El escudo de Jotán” donde se narra la historia de un pueblo que, para hacer frente al ejército de un sangriento emperador, urde una farsa que los cuervos se encargarán de poner en entredicho. El relato ofrece una sucesión de imágenes de la desde la del falso condenado a muerte a la sarcástica del emperador, pasando por la carcajada incontenible de los habitantes del Jotán. Frente a los desmanes de los hombres, los animales protagonizan algunos relatos que muestran la fuerza de los prejuicios o el rostro de la violencia. En “El reincidente”, un lobo se encamina al cielo para obtener el descanso se le negará la entrada repetidas veces con argumentos tan irrefutables como, por tópicos, hueros. “Dientes, pólvora, febrero” describe una batida de caza que regresa triunfante, porque ha muerto una loba. El silencio del animal muerto, el enemigo, contrasta con la charla banal de sus verdugos; se huele la tierra, la sangre y la derrota. Otro animal, esta vez un enorme salmón que se libera del anzuelo, vaga por las líneas de “El paraíso de las cosas perdidas”; el frustrado pescador podría pactar con el diablo para recuperar su pieza, pero finalmente tomará una decisión inesperada… La abrumadora fuerza de la historia y la necesidad de relativizar su testimonio determinan relatos como “El peso de la historia”, “Teatro Marcello”, “La gran muralla” o “El pensil sobre el río Yang Tsé o la hija del emperador”. “Y el corazón caliente” es la crónica burlesca de un accidente de carretera en un paisaje helado, y una subversión de la parábola del buen samaritano. “Los lectores del ayer” y “La construcción del puente” forman parte del material inédito de la “Crónica de las Guerras Barcialeas”. A través de la disputa sobre el número de éstas o alrededor de las discrepancias entre grágidos y atánidas sobre como construir un puente, Sánchez Ferlosio nos ofrece una impresionante meditación sobre la verdad y la historia o sobre la conveniencia de sacrificar la calidad en nombre de la eficiencia.
Hijo del escritor y uno de los principales ideólogos del falangismo Rafael Sánchez Mazas y de la italiana Liliana Ferlosio, nació en Roma, donde su padre era corresponsal del diario ABC. Es hermano del filósofo y matemático Miguel Sánchez-Mazas Ferlosio y del poeta y cantante Chicho Sánchez Ferlosio. Estudió en el colegio jesuita San José de Villafranca de los Barros y posteriormente cursó filología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid, en la que obtuvo el doctorado. En 1950 se hizo novio de la escritora Carmen Martín Gaite, a quien había conocido en la universidad. Se casaron en octubre de 1953 y terminaron separándose amistosamente en 1970. Juntos tuvieron una hija, Marta, que falleció en 1985 a la edad de 29 años.
En el ámbito literario, Ferlosio fue miembro del Círculo Lingüístico de Madrid, junto con Agustín García Calvo, Isabel Llácer, Carlos Piera y Víctor Sánchez de Zavala. Por otro lado, junto a autores como Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, la propia Gaite y Alfonso Sastre, fue fundador y colaborador de la Revista Española. Todos ellos compartieron una poética realista que presentaba notables influencias del neorrealismo italiano.
Sánchez Ferlosio contribuyó a esa corriente con una de las obras más significativas de la literatura española de la posguerra: El Jarama, (1955), aunque su primera novela fue Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951), narración de sesgo fantástico sobre un niño que deja de ir a la escuela después de escribir en un alfabeto ininteligible y que va componiendo su propia realidad a través de extrañas andanzas que lo alejan de la órbita de la norma y el castigo.
Cuidada selección de prosas, relatos y fragmentos narrativos de Ferlosio.
Sirven para dar buena cuenta del virtuosismo en el manejo del lenguaje que llegó a alcanzar. No gustará tanto a los fanáticos de lo que debe ser un relato, tan limitados en contenido y forma que no conciben más que fórmulas anquilosadas.
Personalmente me han gustado mucho la serie final: los de los lobos y los de "Yndias"; los primeros, por el contrario, se me hicieron algo densos, y eso que no hay ninguno que sea muy largo.
No me terminó de convencer. Algo ampuloso y arrogante, le da muchas vueltas al lenguaje descuidando la trama, como si de un concurso estético se tratara y no de contar una historia. Sobre el final toma forma al desarrollar una trilogía lobuna realista, más es poco para lo que esperaba.