“Esa colección de besos, caricias, orgasmos y penetraciones sobre mi piel y la de otros, ese trasiego de carne, ese restregarme con los demás, son todos elementos de un catálogo extraño, pero tan mío como mi propio nombre o mi fecha de nacimiento. Configuran el álbum de lo que he sido. No soy sino un fragmento de pieles compartidas, de momentos de goce efímeros, de suavidad y lujuria, de abrasión pasional. Un saco de cenizas eternamente calientes vestido con retales de carne magreada. Más la vergüenza, la sensación de ser inadecuada, impura, indecente, perdida, guarra, viciosa. Y si eso es lo que soy, aquí lo expongo. Mi catálogo de desnudeces unidas por el hilo de una historia invisible”. Lola Beccaria
“Una mujer desnuda” es una novela inquietante. Las confesiones de Martina Iranco son por demás, perturbadoras. La famosa e influyente abogada y ministra Martina Iranco desnuda su alma y su cuerpo en un texto arrollador, enfermizo, cobijado por esa pasión salvaje de la juventud, por esos sentimientos furtivos y confusos de la adolescencia, por esa necesidad vital de convertir en carne los afectos, con esa pericia literaria de su autora, la galardona escritora española Lola Beccaria. La narración es un viaje a los orígenes, a los remotos confines del recuerdo, a los parajes ignotos donde se combinan por primera vez el amor, el sexo y el placer. “Una mujer desnuda” es una novela cercana a lo erótico, que linda lo prohibido, que atraviesa callejones vedados con delectación voluptuosa para encarar una verdad: “el sexo trae el paraíso a la tierra de los mortales”. El sexo es un círculo de intimidad que se desata inesperado, adoptando diversas formas y maneras, vicios y deseos, fantasías y pecados; sin embargo, ninguna definición alcanza cuando se catalogan las prácticas en filias y fobias. La dimensión totalizadora de un concepto patológico omite las conjugaciones, las variantes, las complicidades y los acuerdos infinitos del goce. “Una mujer desnuda” es una obra de heridas sangrantes, el testimonio de Martina en su faceta más íntima y oscura; porque desde niña entendió que la rectitud en las apariencias permite crear una vida interior más profunda, sublime, imperiosa, abandonada a los designios del cuerpo y sus secretos. “Una mujer desnuda” podría leerse como una apología a la pedofilia, o como una exploración literaria de la sexualidad infantil, que a través de la ficción escudriña en sus complicados trances, conectando causas y consecuencias, infancia y adultez, en una travesura de la memoria que se retrotrae para descubrir que solo en la madurez le damos sentido a la niñez, atisbando como en duermevela, entre el sueño y la pesadilla, los traumas y monstruos generados.
Martina Iranco dispone de una noche para recoger y escribir los fragmentos de su pasado, constatando que sus únicos recuerdos, los que merecen la pena, se asocian con el sexo. Educada desde pequeña “como un trofeo que se exhibe por sus logros” se convirtió en una mujer poderosa en la esfera pública, y un objeto sexual perfecto en la privada. Cuando aprendió a controlar sus esfínteres, descubrió que las convenciones sociales van en contra de los placeres naturales: de la orina y su micción. Sus padres fríos, abisales, impenetrables como barreras: una madre ausente, y un padre que por temor a despertar apetitos sexuales por su hija dejó de tocarla, acariciarla, besarla. La vida de Martina, como la de todos, es una constante búsqueda de afecto, una travesía que viene signada por los avatares de la niñez, una infancia sin cariño será un terreno fértil para las flores de la perversión. Si el afecto no llega por la vía del hogar, termina llegando por otras vías, confundiendo el amor filial con el amor carnal, el beso del padre con el beso del amante, el abrazo familiar con el abrazo pasional. Para Martina, un padre debe despertar la sensualidad de su hija en el candor hogareño, caminando en una cuerda floja de mimos, consejos y caricias que demuestren cariño sin deseo, protección sin apetito, amor con respeto y fraternidad. Muchos padres resbalan, dice Martina, caen al abismo del crimen, el abuso o la violencia; mientras otros por temor, se alejan para siempre negando el regazo de un padre compañero de ternura y comprensión. Martina cayó en la trampa, encontró en el roce de la carne el afecto ansiado, el sexo se convirtió en un mecanismo para activar el amor, un mecanismo intermitente que se prende entre las pieles; pero se apaga pronto después de arder, dejando un vacío inmenso en forma de cenizas.
La narradora rememora sus experiencias afectivas y sexuales como un descubrimiento, aventura y transgresión. Desde los delicados encuentros con Damián, doctor que perpetra el primer afecto, las primeras caricias, los primeros juegos sexuales para recoger el néctar de una niña de 8 años; hasta los arrebatos interminables con Hernán, el padre de una amiga, a sus 16. “Martina doble, el monstruo de dos cabezas, una con un cerebro y otra con un coño en forma de corazón”. Las descripciones conectan lo erótico con lo sentimental, deteniéndose en la interiorización de las experiencias, analizando la configuración de la intimidad femenina, abordando al sexo como un detonante del amor, encadenando para siempre el afecto y la pasión. Una niña amada será un adulto que sabe amar; una niña no amada no aprende a amar, podría confundirá sus cauces en el devenir, y llegar al extremo de la ninfomanía o de la castidad. “Una mujer desnuda” es una historia que incomoda por su falta de moral, una novela polémica, de múltiples interpretaciones, que como una mujer desnuda, espera amar y ser amada en sus lectores. Algunos por supuesto huirán apabullados, otros nos quedaremos hasta el final: confundidos, excitados, inquietos, perturbados, asustados por Martina Iranco y su confesión, por Lola Beccaria y su transgresión, por el desafío de mostrar la sexualidad como una forma del autodescubrimiento, sin tapujos, eufemismos, ni pudor. “Una mujer desnuda” nos desnuda de prejuicios para vestirnos de corrupción. Id con cuidado.
“Y a mis ojos, la belleza era igual a la intensidad, la belleza era igual al presente, igual a sentir la posesión y la entrega durante el instante mágico, tan rabiosamente real, de entrada de lenguas en mi boca. La belleza era iguala dejar caer mis párpados y ciega recibir a cuantos me hicieran el regalo de meter su salivante órgano en mis fauces de pantera […] única dama al servicio de los miembros masculinos del grupo, iba siendo premiada por todos, uno detrás de otro, veinte y con lengua, en una orgía de bocas que ya no distinguía, con los labios inflamados por el roce, llena de babas manifiestas, empapada de fluidos y extasiada ante el poder de mi boca, que llamaba a mis caballeros a comerme, a morrearme, a lamerme, a succionarme. […] Tras la batalla, cuando ya no quedaba lengua virgen en aquel juego, cuando mi boca era ya un charco desecho y yo no sentía más que el recuerdo vivo de cientos de serpientes moviéndoseme por dentro, paladeaba todavía esa presencia ajena en mi interior, lo que hacía que yo no fuera solo yo, sino yo más los otros. Y curiosamente conseguía, en insólita paradoja, ser de verdad yo, o sentirme yo como en ninguna otra circunstancia de mi vida”.
Lola Beccaria