Veintiocho años de matrimonio caben en un coche. También caben un funeral, una discusión que probablemente ya se ha tenido otras cien veces, un hijo que no ha resultado como sus padres imaginaban y la obstinación de una mujer convencida de que, con el empujoncito adecuado, todavía puede arreglar la vida de los demás.
Maggie e Ira Moran salen de Baltimore para asistir al funeral del marido de Serena, la mejor amiga de Maggie. Es un viaje de ida y vuelta que debería ocuparles apenas una jornada, pero Anne Tyler se impone el reto de meter dentro casi tres décadas de matrimonio, dejando que una carretera, unas cuantas paradas y algún desvío vayan abriendo poco a poco una vida compartida. Todo se sostiene sobre dos personas que llevan tanto tiempo juntas que conocen de memoria los defectos del otro y casi podrían anticipar la siguiente frase antes de que el otro abra la boca.
Y Maggie llega al viaje ya lanzada. Poco antes ha oído en la radio a una mujer cuya voz y circunstancias cree reconocer como las de Fiona, su exnuera, y de unos pocos indicios construye inmediatamente una historia completa. Puede estar equivocada —de hecho, equivocarse nunca ha sido un obstáculo demasiado serio para Maggie—, pero cuando una posibilidad encaja con lo que desea, adquiere enseguida para ella una consistencia muy parecida a la de un hecho.
Maggie es uno de esos personajes que producen el deseo simultáneo de abrazarlos y esconderles las llaves del coche. Impulsiva, sentimental, entrometida y dotada de una capacidad casi sobrenatural para interpretar la realidad de la manera que mejor convenga a sus esperanzas, está convencida de que muchas vidas podrían enderezarse si sus propietarios aceptaran un poco de ayuda. La suya, naturalmente. Especialmente la de Jesse, su hijo: Fiona, su exnuera, y Leroy, su nieta, siguen ocupando en la cabeza de Maggie mucho más espacio del que Jesse probablemente desearía.
Lo estupendo es que Tyler nunca convierte esa intromisión en una simple excentricidad simpática. Maggie quiere a la gente de verdad, pero querer a alguien no concede automáticamente el derecho a decidir qué le conviene. Sus pequeñas manipulaciones, sus exageraciones y esa tendencia a completar con imaginación las partes de la realidad que no le gustan forman parte del mismo impulso que la lleva a cuidar de quienes quiere. Maggie interviene en lo que sucede a su manera: interpreta, corrige, rellena huecos y, cuando la realidad se pone especialmente antipática, intenta negociar con ella. Puede emocionarnos precisamente por la intensidad con que quiere a los suyos y, unas páginas después, conseguir que deseemos apartarla de ellos durante una temporada. Uno acaba comprendiendo por qué Maggie hace lo que hace sin necesidad de absolverla cada vez que lo hace. Y eso, tratándose de personajes, suele ser bastante más interesante.
Hay también un motivo más personal en esa compulsión por recomponer vidas ajenas. Los hijos han crecido, empiezan a vivir cada vez más fuera del alcance de Maggie y la familia que durante años ocupó el centro de sus días ya no necesita de ella de la misma manera. Su insistencia en volver a unir a Jesse y Fiona puede leerse también como resistencia a ese desplazamiento: arreglarlos a ellos significaría, en cierto modo, recuperar un lugar para sí misma.
A su lado está Ira, práctico, reservado, poco amigo de convertir cada emoción en una asamblea general. Donde Maggie imagina lo que podría ser, Ira suele atenerse a lo que hay. Donde ella añade unas gotas de esperanza, Ira suele aparecer con la botella de realidad. Pero Ira tampoco es simplemente el hombre sensato encargado de recoger los platos rotos de Maggie. Quiso ser médico y acabó dejando ese proyecto atrás para asumir responsabilidades familiares; también él sabe bastante de vidas que toman una dirección distinta de la imaginada, solo que ha aprendido a llevar esas renuncias con mucho menos ruido. Hasta las canciones que silba funcionan como pequeñas fugas: donde Ira no habla, la música acaba diciendo alguna cosa por él. Podría parecer que Tyler ha construido un matrimonio entre dos incompatibles, pero después de veintiocho años la incompatibilidad también puede acabar formando parte del mobiliario doméstico.
Una de las cosas que más me gustan de Ejercicios respiratorios es la distancia desde la que observa el matrimonio: todavía se ven las grietas, pero también todo lo que las rodea. Maggie e Ira discuten, se irritan, se conocen demasiado y a veces parecen hablar desde países distintos. Sin embargo, entre esas fricciones existen códigos privados, costumbres, gestos aprendidos, lealtades que ya ni siquiera necesitan explicarse. En una pareja larga, ambos tienen que ir haciendo sitio a las sucesivas versiones del otro. Después de tantos años, hasta sus diferencias forman parte del mecanismo con el que funciona la pareja. Y conviene no confundir ese roce continuo con un matrimonio sostenido únicamente por la costumbre: por debajo de las discusiones hay afecto, complicidad y una conciencia muy firme de pertenecer el uno a la vida del otro.
La estructura ayuda mucho. La novela está dividida en tres partes y, después de pasar un buen trecho pegados a Maggie y a su interpretación del mundo, Tyler desplaza el foco hacia Ira. El cambio resulta revelador porque, al pasar de una conciencia a otra, aquello que parecía evidente empieza a admitir otra lectura. Y de paso nos obliga a desconfiar un poco de la seguridad con que habíamos aceptado la versión de Maggie. El matrimonio Moran contiene dos relatos simultáneos y ninguno posee por completo la verdad. Ira parece mucho más apegado a la realidad, pero tampoco ocupa un lugar privilegiado desde el que juzgarla: él también mira desde sus silencios, prejuicios y renuncias. Hasta los recuerdos compartidos llegan con pequeñas discrepancias, como ocurre en las familias de verdad cuando dos personas cuentan la misma Navidad y uno empieza a sospechar que asistieron a fiestas distintas.
Y todo esto sucede con una prosa que parece sencilla hasta que uno intenta averiguar cómo consigue hacer tanto ruido con tan poco estrépito. Tyler tiene un oído magnífico para las conversaciones familiares, para las observaciones pequeñas y para esa comicidad que nace de ver a seres humanos comportándose exactamente como seres humanos. Trabaja además peligrosamente cerca de un territorio donde, contado de otra manera, podría parecer que no sucede gran cosa: un viaje, un funeral, discusiones domésticas, paradas en la carretera. La diferencia está en la precisión con que observa qué hace cada personaje cuando nadie cree estar viviendo un momento importante.
Aquí hay humor, a veces tan visible como en el episodio de Mr. Otis y la rueda, donde la disposición de Maggie a intervenir en la vida ajena alcanza cotas particularmente gloriosas. Pero Tyler rara vez necesita buscar la carcajada. Produce más bien esa sonrisa de reconocimiento que aparece cuando alguien hace una estupidez y pensamos que, dadas las circunstancias adecuadas, tampoco nosotros podemos presumir demasiado. El libro está lleno de situaciones en las que dos personas se empeñan simultáneamente en imponer al mundo su versión de lo sucedido, y Tyler sabe extraer de esa obstinación una comicidad casi física.
También hay melancolía. El funeral que pone en marcha el viaje introduce desde el principio la conciencia del tiempo transcurrido y de las vidas que acabaron siendo diferentes de lo previsto. Maggie e Ira no son dos ancianos haciendo balance, pero ya han vivido lo suficiente para descubrir que algunas aspiraciones se abandonan sin ceremonia. Ira sabe algo de eso por experiencia propia; Maggie, menos inclinada a aceptar que algo haya terminado, prefiere seguir buscando la manera de darle otra oportunidad. Los hijos crecen y toman caminos propios. Los amigos envejecen o mueren. Ciertas decisiones dejan de poder corregirse. Otras continúan pareciendo corregibles únicamente porque Maggie Moran todavía anda cerca.
Quien haya leído Reunión en el restaurante Nostalgia o El turista accidental reconocerá enseguida el territorio de Anne Tyler: familias corrientes, afectos expresados con una torpeza considerable y personajes capaces de convertir una comida, un viaje o una conversación aparentemente insignificante en el lugar donde se decide algo importante. Pero Maggie está en las antípodas del repliegue de Macon Leary. Si él intenta reducir la vida para que deje de hacerle daño, Maggie necesita ampliarla, meter las manos en ella, recolocar personas y convencer al mundo de que aún puede salir mejor de lo que parece. Los dos, cada uno a su manera, son criaturas muy Tyler. En Ejercicios respiratorios, Tyler concentra ese mundo narrativo en apenas veinticuatro horas.
Y el título parte de algo muy concreto: los ejercicios respiratorios que Maggie enseña a Fiona durante el embarazo para ayudarla a afrontar el parto. Resulta difícil imaginar algo más propio de Maggie que intentar enseñar a otra persona incluso cómo debe respirar cuando llegan las contracciones.
Pero Tyler deja que esa imagen crezca. Para el parto existen ejercicios, ritmos, instrucciones. En cambio, acompañar durante décadas a otra persona, aceptar que los hijos vivirán como quieran y soportar que la realidad se empeñe en seguir sus propios planes exige otra clase de aprendizaje. Aun así, sigue intentándolo. Sigue tomando aire, interviniendo, equivocándose, volviendo a empezar.
Maggie e Ira llevan veintiocho años improvisando. Han aprendido, al menos, a no quedarse sin aire al mismo tiempo.
DC