Javier Otazu, delegado de la agencia EFE que ha vivido en Marruecos 16 años, dibuja una radiografía de un país tan cercano, pero a la vez tan lejano con respecto a España, en la que intenta resaltar algunos puntos clave sobre su sistema político, sus leyes y sus tradiciones, clarificadoras en cuanto al derrotero por el que atraviesa el vecino país en la actualidad.
Para ello se sirve de 15 capítulos, que comienzan por la figura del Moqadem, una especie de espía de barrio con amplísimos poderes. Luego nos explica el sistema de partidos actual, todos en sincronía con los tres pilares básicos de la sociedad marroquí, a saber, Dios, Patria y Rey. La irrupción del islamismo político en las esferas del poder, lo que conlleva un cierto freno a las ambiciones yihadistas de los fundamentalistas más radicales, contenidos por la figura de un monarca que allí se reserva los ministerios más importantes y todo lo concerniente a su figura (no se pueden publicar fotos de Mohamed VI sin su consentimiento). El rey ha pasado de ser “sagrado” a ser solo “inviolable”, como si ello diera un margen a una crítica que, en el caso de su figura, ni siquiera se contempla. No en vano el rey es “el comendador de los creyentes”. Y a ver quién osa meterse con él.
También hace un breve recorrido por lo que significa ser mujer en el Marruecos actual. O ser homosexual. La situación actual de la poligamia. El ramadán, y la prácticamente obligatoriedad de cumplirlo a rajatabla. También nos explica un poco en qué consiste el islamismo suní que practican, en contraposición con el chií imperante en otros países. Nos habla de las lenguas oficiales y de porqué el francés sigue siendo la lengua de los ricos y los eruditos. Del sistema educativo. Del Sáhara, fuente de interminables conflictos con el resto del planeta, y donde España ha tenido que dar su brazo a torcer, para vergüenza de propios y extraños. Y aquí las pateras y la inmigración clandestina tienen mucho que ver. Y Ceuta y Melilla también.
Y, finalmente, de cómo nos ven a día de hoy los marroquíes de la calle, con una especie de envidia sana contenida, y también de cómo nosotros seguimos viéndolos a ellos, un poco por encima del hombro. Y todo ello, porque a pesar de la vecindad, hay barreras que ninguno de los dos países nos hemos atrevido todavía a cruzar. Y así seguimos, como vecinos mal avenidos.
Cuatro estrellas, pero quizás podrían haber sido las cinco.