Es una casualidad pero que me da mucha satisfacción estar escribiendo esta reseña en el lugar de los hechos. Si bien no es una novela del estilo que más me gusta, la disfruté mucho porque me abrió las puertas a un conflicto que, aunque no es novedoso, no puedo decir que conocía.
Román Rodolfo Rovirosa, el personaje principal, es doctor en Historia Comparada de las Religiones y ateo. Lleva varios años viviendo en el municipio de Sololá, zona que tiene como vista el Lago Atitlán y sus volcanes, en Guatemala, y comienza una investigación sobre un conflicto de tierras en el que está involucrada la iglesia Católica.
La novela histórica abre con la carta del personaje dirigida al papa Francisco para alertarlo respecto a una causa de expropiación de tierras por parte de la diócesis de la iglesia Católica de Sololá y Chimaltenango a los cofrades mayas kaqchikeles. Las cofradías son en Latinoamérica instituciones impuestas por España para controlar las poblaciones conquistadas y que se han vuelto refugios de la cultura maya. A pesar de que los cofrades tienen las escrituras de los terrenos a su nombre, la iglesia deliberadamente les roba las tierras. Los cofrades son excomulgados y, como solo un cofrade puede representar legalmente a una cofradía, la iglesia Católica asignó, diríamos a dedo, a un vecino de Canjá sin ningún tipo de vínculo significativo con la iglesia ni con los reales cofrades para que firme la entrega de las tierras. En el 2015, el caso llegó a los tribunales de la capital del país.
Rovirosa hará un trabajo de campo, cenará con los mayas, escuchará a la gente y sus creencias y rituales prehispánicos, y defenderá a quienes buscan nada más que justicia y paz. Los invito a leer la última novela del autor guatemalteco y a conocer lo que sucede en este pequeño y bellísimo país de gente hermosa.