Nadie utiliza mi nombre completo. Nadie me conoce como Beatriz. Todo el mundo se traga con glotonería las cuatro últimas letras. Ni siquiera mi doctora, al recetarme las pastillas, lo ha escrito bien. En el día más importante de su vida, Bea ha cuidado hasta el último detalle. La carroza, el vestido, las flores, el banquete para trescientos invitados. Sin embargo, más que felicidad, Beatriz siente vértigo. Como si caminase por el borde de una lujosa piscina a la que no estuviese segura de querer saltar.
La muerte de su padre, su nueva responsabilidad en la empresa familiar, la foto de una misteriosa mujer y la secreta relación que esta guarda con el valioso collar que su madre luce en la boda acechan a Beatriz, proyectando sombras que amenazan un futuro incierto al lado de un hombre al que, se da cuenta ahora, apenas conoce.
El reencuentro con sus mejores amigos de juventud y parranda –Rubén, convertido en un famoso peluquero de estrellas, y Vero la Roja, una artista de escaso éxito pero mucho carácter– terminará de remover un intenso pasado para cuyo balance, a pesar de las apariencias, ninguno de los tres está preparado.
Un libro menos inocente de lo que parece, escrito con un humor tan afilado, rápido y brillante como las tijeras con que Rubén, uno de sus protagonistas, corta cabezas metonímica y metafóricamente. Una historia a tres voces que gira en torno a una boda y que es rabiosamente entretenida incluso para alguien a quien las bodas no gustan en absoluto.
La pluma de Daniel es ligera y deja que los acontecimientos fluyan de manera natural, por lo que se leer rápido. Se trata de una historia que te hace pensar sobre el pasar del tiempo y la amistad, de la mano de los tres amigos y protagonistas que, en medio del caos de un acontecimiento muy importante en la vida de Beatriz/Bea, se ponen a rememorar.